La perra estaba quemada y apenas podía moverse, pero se negó a soltar al cachorro que llevaba entre los dientes
—¡Noventa segundos, Javier! ¡Cuando deje de contar, sales aunque no hayas encontrado a los perros!
Mi jefe gritaba desde la ventana mientras yo entraba en una casa en llamas de una colonia de Puebla.
Eran poco más de las tres de la madrugada.
La familia ya estaba fuera: una madre y sus dos hijos. Los tres estaban en la banqueta, desesperados, repitiendo lo mismo.
—¡Luna está adentro! ¡Acaba de tener cachorros!
Yo tenía 43 años y llevaba diecisiete trabajando como bombero. Había entrado en casas peores, pero aquella habitación tenía algo distinto.
Luna había dado a luz once días antes.
Ella y sus cuatro cachorros estaban encerrados en un cuarto de la planta baja.
Y el fuego avanzaba hacia ellos.
Entré por una ventana lateral.
Dentro casi no se veía.
Encontré a Luna en la esquina más alejada de las llamas.
Era una perra mestiza de bóxer, de unos 23 kilos. Aquella noche parecía completamente gris por el humo y el polvo.
Estaba acostada de lado.
Había curvado su cuerpo formando una especie de círculo.
Dentro de ese círculo estaban sus cuatro cachorros.
Entonces entendí lo que había hecho.
Luna no podía abrir la puerta.
Tampoco podía sacar a cuatro cachorros de once días por una ventana.
Así que hizo lo único que podía hacer.
Se colocó entre ellos y el fuego.
Su espalda y su costado quedaron expuestos al calor mientras los pequeños permanecían pegados a su vientre.
No intentó escapar sola.
Se quedó allí.
Protegiéndolos.
La piel de su espalda estaba quemada. Aun así, cuando me acerqué con el casco, la máscara y todo el equipo, Luna no gruñó.
Ni siquiera intentó levantarse.
Solo alzó la cabeza y me miró.
Después se quedó completamente quieta.
Era como si comprendiera que necesitaba ayudarme para sacar a sus cachorros.
Yo no podía cargar a una perra de aquel tamaño y cuatro cachorros al mismo tiempo.
Y mi jefe seguía contando.
—¡Sesenta!
Tomé una decisión.
Me quité la chaqueta de protección, la abrí en el suelo y coloqué dentro a los cuatro cachorros.
Junté las puntas y formé una especie de bolsa.
Después levanté a Luna contra mi pecho.
Fue entonces cuando ocurrió algo que nunca olvidé.
Mientras la levantaba, Luna bajó la cabeza hacia el paquete.
Buscó entre sus cachorros.
Y tomó con muchísimo cuidado al más pequeño de todos por la piel del cuello.
Era una hembra diminuta, color café claro y blanco.
La más débil de la camada.
Luna no quiso soltarla.
—¡Treinta!
Corrí hacia la ventana.
Llevaba el paquete con tres cachorros en un brazo y a Luna contra mi cuerpo.
Y Luna seguía sujetando al cuarto.
Salimos.
Crucé el pequeño jardín delantero y me arrodillé sobre la banqueta justo cuando mi jefe dejó de contar.
Luna seguía con aquella cachorrita en la boca.
No la soltó hasta que estuvimos lejos de la casa.
Solo entonces la dejó suavemente junto a sus hermanos.
La madre de la familia comenzó a llorar.
Sus dos hijos se sentaron en el suelo junto a Luna.
Los cuatro cachorros estaban vivos.
Luna también.
Pero su espalda estaba muy dañada.
Un veterinario nos explicaría después que, por el nivel de las quemaduras, era difícil entender cómo había conseguido mantenerse consciente.
Mucho menos proteger a cuatro cachorros.
Luna fue llevada primero a una clínica veterinaria de emergencia.
Dos días después la trasladaron a un hospital veterinario universitario que tenía especialistas en heridas y quemaduras.
El lugar formaba parte de un complejo médico grande.
A unos cientos de metros estaba también un hospital regional con una unidad especializada para personas quemadas.
Eran edificios distintos.
Pero compartían parte del conocimiento médico y algunos proyectos de investigación.
Luna permaneció hospitalizada diecinueve días.
Sobrevivió.
Yo fui a verla al sexto día.
Me presenté vestido de civil, sintiéndome un poco extraño por estar allí.
Una auxiliar veterinaria me llevó hasta donde estaba.
Luna descansaba en un espacio limpio, con una gran venda cubriendo parte de la espalda.
Sus cuatro cachorros estaban junto a ella.
Ninguno había sufrido quemaduras.
Luna los había protegido por completo.
Y debajo de su barbilla estaba precisamente aquella cachorrita pequeña que se había negado a soltar durante el rescate.
La familia ya les había puesto nombre.
A la pequeña la llamaron Chispa.
Recuerdo que pensé que era un nombre extraño para una perrita que acababa de salir de un incendio.
Años después entendí que no podían haber escogido uno mejor.
Luna sanó.
La casa no pudo salvarse, pero la familia consiguió alquilar otra vivienda en una colonia cercana.
Recibieron ayuda de vecinos y de distintos grupos comunitarios.
Luna volvió con ellos.
Le quedó una gran cicatriz desde la espalda hasta un costado.
En esa zona el pelo volvió a crecer más claro y delgado.
Pero siguió siendo la misma perra tranquila que yo había encontrado aquella madrugada.
Criaría a sus cuatro cachorros.
La familia se quedó con dos.
Los otros dos fueron entregados a familias conocidas.
Chispa fue una de las que se marchó.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






