Salió primero pensando que podría sujetarse al vehículo y ayudar a Elena.
La corriente le arrancó las piernas del suelo.
Elena intentó seguirlo.
Durante unos segundos quedó agarrada al marco.
Luego otra corriente la desprendió.
Carlos consiguió tomar su mano.
Los dos desaparecieron corriente abajo.
Lucía seguía dentro.
Canela también.
La perra tenía una salida por la parte delantera.
No la utilizó.
El portabebés de Lucía se había separado de la base y había caído al piso trasero. La bebé quedó oculta bajo una manta y una pañalera.
Canela se quedó en el asiento mientras el agua subía.
Arañó las puertas.
Arañó los cristales.
Ladró.
Se movió hacia la salida delantera.
Y regresó.
Una y otra vez.
Cuando el agua le llegó al pecho, buscó puntos más altos dentro del vehículo, pero nunca se alejó mucho del lugar donde estaba Lucía.
Nosotros encontramos la camioneta unos catorce minutos después.
Éramos un pequeño grupo de motociclistas que, durante las inundaciones, ayudábamos de forma voluntaria a mover víveres y apoyar en tareas sencillas donde los equipos de emergencia lo necesitaban.
Nadie nos había informado que había una familia dentro de ese vehículo.
Desde fuera solo vimos a Canela.
Por eso nos acercamos.
Y por eso, al principio, creímos que estábamos rescatando únicamente a un perro.
Cuando rompí la ventana, Canela salió.
Y volvió.
Ese fue el primer aviso.
La base vacía de la silla fue el segundo.
La manta rosa fue el tercero.
Canela no entendía cómo funcionaba una silla infantil.
No sabía por qué una parte seguía sobre el asiento mientras la otra había desaparecido.
Solo sabía que Lucía estaba abajo.
Y que todavía faltaba alguien.
Mientras llevaban a Lucía al hospital, Canela intentó seguir la camilla.
Sus patas traseras cedieron.
Tuvieron que envolverla en mantas y trasladarla a una clínica veterinaria.
La niña se fue en una dirección.
La perra en otra.
Ninguna sabía que Carlos y Elena seguían vivos.
Los encontraron casi un kilómetro corriente abajo.
Carlos había conseguido enganchar un brazo alrededor de una rama baja.
Elena estaba agarrada a parte de una cerca.
Los dos tenían golpes, cortes y un fuerte enfriamiento, pero estaban conscientes.
Su primera pregunta fue por Lucía.
La segunda, por Canela.
Durante un rato nadie pudo darles información.
Habían perdido los teléfonos y nadie sabía relacionarlos con la camioneta que nosotros acabábamos de encontrar.
Finalmente, las descripciones coincidieron.
Cuando Carlos y Elena llegaron al hospital donde atendían a su hija, yo estaba allí.
Elena apenas podía caminar.
—¿Está viva? —me preguntó.
—Sí.
Sus ojos se cerraron.
Carlos apoyó las dos manos contra una pared.
—¿Y Canela?
—También está viva. Muy cansada, pero está siendo atendida.
Elena empezó a llorar.
Después hizo una pregunta que todavía recuerdo palabra por palabra.
—¿Se quedó con Lucía?
Asentí.
—Nos enseñó dónde estaba.
Carlos se cubrió la boca.
No dijo nada durante varios segundos.
Lucía tuvo que permanecer hospitalizada.
Había tragado agua y necesitaba vigilancia médica.
Los profesionales no hicieron promesas durante las primeras horas.
Sus padres solo podían esperar.
Canela también permaneció internada.
Tenía heridas en las patas, golpes y señales de haber aspirado agua.
Al principio no quiso comer.
Se levantaba cada vez que alguien pasaba cerca de la puerta.
Uno de los voluntarios llevó hasta la clínica la manta rosa recuperada de la camioneta.
Canela la olió durante varios segundos.
Después aceptó comida.
Lucía pasó nueve días en el hospital.
Su evolución fue mejorando poco a poco.
Canela salió de cuidados veterinarios después de tres días.
Cuando las condiciones lo permitieron, organizaron un encuentro controlado entre la familia y la perra.
Carlos entró primero.
Canela corrió hacia él.
Lo olió.
Después presionó todo el cuerpo contra sus piernas.
Elena entró detrás.
Canela dio dos vueltas a su alrededor, tocándole las manos y las rodillas con el hocico.
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