La Yegua Que No Podía Caer Porque Aún Protegía a Su Cría

Junco volvió hacia ella, como si quisiera decirle que el suelo no dolía, que no había cuerda, que el aire era libre.

Alba bajó la cabeza y cruzó.

No corrió.

No fue una escena de película.

No hubo música ni aplausos.

Solo una yegua flaca, con cicatrices en el cuello, entrando despacio en un prado limpio.

Pero yo lloré.

Lo hice sin ruido, sentado en mi taburete, con las manos apoyadas en las rodillas.

Marta estaba detrás de mí.

No dijo nada.

A veces la gente buena sabe cuándo callar.

Desde aquel día, Alba empezó a cambiar de otra manera.

No de golpe.

Nunca de golpe.

Primero dejó de apartarse cuando pasaba cerca.

Luego permitió que le tocara el cuello, muy poco, apenas unos segundos.

Después empezó a esperarme por las mañanas junto a la puerta.

Junco, por supuesto, ya me esperaba desde antes, pero no por cariño.

Por los cordones de mis botas.

Aquel potrillo tenía una obsesión con mis botas viejas. Las mordisqueaba, tiraba de ellas, me empujaba con el hocico y luego salía corriendo como si yo fuera a perseguirlo.

Un día lo hice.

Corrí detrás de él cuatro pasos y casi me dejo los pulmones.

Junco dio un salto ridículo y Alba, por primera vez, soltó un sonido que casi parecía risa.

No sé si los caballos se ríen.

Pero juro que aquella tarde ella se rió de mí.

Con el tiempo, la historia fue corriendo por el pueblo.

Algunos venían a mirar desde la verja. Yo no dejaba que nadie entrara sin calma. No quería convertir a Alba y Junco en curiosidad de domingo.

Pero aceptaba ayuda.

Una mujer dejó sacos de pienso en la puerta del taller.

Un matrimonio trajo zanahorias.

Un chico que apenas hablaba me ayudó a reforzar la valla y trabajó dos horas sin mirar el móvil ni una sola vez.

Un día apareció una niña con su abuelo. Tendría ocho o nueve años. Llevaba una bolsa pequeña en las manos.

“Es para la yegua”, dijo.

Dentro había manzanas.

Le expliqué que no podía darle muchas, que había que tener cuidado con la comida.

La niña asintió muy seria.

Luego miró a Alba, que estaba al fondo del prado.

“Mi abuelo dice que usted la salvó.”

No supe qué decir.

Su abuelo me miró, esperando mi respuesta.

Yo negué despacio.

“No. Ella salvó al pequeño primero. Yo solo paré el coche demasiado tarde.”

La niña frunció el ceño.

“Pero paró.”

Aquellas dos palabras me dejaron clavado.

Pero paró.

A veces los niños dicen las cosas sin adornos y por eso duelen menos.

O duelen mejor.

Esa noche pensé mucho en ello.

Pensé en la carretera estrecha.

En el poste.

En los tres días.

Y pensé también en el cuarto.

Porque sí, había llegado tarde.

Pero había llegado.

Y quizá la vida no siempre te permite corregirlo todo. Pero a veces te deja hacer algo con lo que queda.

Un mes después, Marta me propuso llevar a Alba y Junco a una finca más amplia durante el verano. Un lugar tranquilo, de confianza, con terreno abierto y sombra natural. Yo sabía que era lo mejor.

También sabía que me iba a costar.

No dije nada al principio.

Marta me conocía ya.

“Diego, no los estás perdiendo.”

“Ya lo sé.”

“Entonces ¿qué te pasa?”

Miré hacia el prado.

Junco estaba intentando morder una rama demasiado alta para él. Alba lo observaba con paciencia de madre cansada.

“Que no sé quién soy sin ellos aquí.”

Marta suspiró.

“Eres el mismo hombre. Solo que ahora paras.”

Aquello me hizo sonreír un poco.

El día del traslado llegó.

Esta vez no hubo cuerda vieja ni prisa.

Abrimos el remolque, dejamos la rampa baja y pusimos paja limpia dentro. Junco subió primero, curioso, como siempre.

Alba dudó.

Se quedó al pie de la rampa.

Yo no tiré.

No levanté la voz.

Solo me puse a un lado y esperé.

Ella me miró.

No sé cuánto tiempo estuvimos así.

Quizá fueron dos minutos.

Quizá fueron veinte.

Luego Alba dio un paso hacia mí.

Bajó la cabeza y apoyó su frente contra mi pecho.

Sentí su respiración caliente en la chaqueta.

Yo levanté la mano despacio y le acaricié el cuello, justo al lado de las cicatrices.

Esta vez no se apartó.

“Tranquila, chica”, le susurré, igual que aquel primer día. “Esta vez vamos contigo.”

Y subió.

En la finca nueva, Junco salió disparado al prado.

Corrió como si quisiera alcanzar todos los meses que le habían robado antes de nacer.

Alba salió detrás, más despacio.

Se detuvo en medio del campo, levantó la cabeza y miró alrededor.

No había poste.

No había cuerda.

No había una carretera estrecha con coches pasando de largo.

Solo espacio.

Y su cría viva.

Al cabo de un rato, Alba hizo algo que nunca le había visto hacer.

Se tumbó.

Primero dobló las patas con cuidado. Luego dejó caer el cuerpo sobre la tierra. Junco se acercó, olió su cara y se quedó a su lado.

Yo me llevé una mano a la boca.

Marta me puso una mano en el hombro.

“Ahora sí”, dijo.

No necesitó explicar nada.

Durante meses, Alba había dormido poco y de pie, como si el mundo pudiera romperse si ella cerraba los ojos.

Aquel día se tumbó porque por fin creyó que podía descansar.

Y yo entendí que ese era el verdadero final feliz.

No verla correr.

No verla engordar.

No verla con el pelo brillante.

El verdadero final feliz era verla confiar lo suficiente como para dejar de sostenerlo todo.

Desde entonces voy a verla cada semana.

Junco ya no parece un junco. Ha crecido fuerte, descarado, con el pecho ancho y la mirada limpia.

Alba sigue teniendo sus marcas.

No se han borrado.

Pero ya no mandan en ella.

A veces se acerca cuando llego y me registra los bolsillos buscando algo. Otras veces me ignora por completo, que también es una forma muy digna de estar en paz.

Yo he cambiado poco por fuera.

Sigo con serrín en la ropa.

Sigo pagando facturas.

Sigo siendo un hombre normal de cincuenta y cuatro años en un pueblo pequeño de la Serranía de Cuenca.

Pero ya no paso igual por los sitios.

Si veo algo raro, paro.

Si siento ese nudo en el pecho, no lo empujo hacia abajo.

Lo escucho.

No siempre puedo arreglarlo todo. Nadie puede.

Pero puedo mirar de frente.

Puedo preguntar.

Puedo llamar a alguien que sepa más que yo.

Puedo no esconderme detrás de esa frase tan cómoda que tantas veces usamos para no actuar:

“Alguien se ocupará.”

Porque a veces no hay nadie más.

A veces el alguien eres tú.

Y a veces, al parar el coche, no solo salvas a una yegua y a su cría.

A veces también salvas la parte de ti que estaba aprendiendo a no sentir nada.

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