De vuelta en la torre, Gabriel me llevó al salón más grande.
Como si ya fuera suyo… y yo también.
—Dijiste que puedes curarme —me recordó—. Hazlo.
—Va a doler —advertí.
Él clavó la mirada en mí.
—No me importa. Quémame.
Puse ambas manos sobre su espalda, cerca de la columna.
Y lo solté todo.
Él gritó.
Yo sentí que me desangraba por dentro.
La habitación se volvió borrosa.
Mis oídos pitaban.
Hasta que, de pronto…
Él se levantó.
Temblando.
Asustado.
Magnífico.
De pie por primera vez en tres años.
Dio un paso.
Luego otro.
Y se derrumbó encima de mí, jadeando, con los ojos descontrolados.
—No te vas a ir —me susurró, pegado a mi cara.
Y me besó.
Yo debí apartarlo.
No lo hice.
Pero la realidad regresó rápido.
El efecto se desvanecía.
No era una cura.
Era una carga.
Y él entró en pánico.
Cuando le dije que necesitaba descansar, que Sofía necesitaba irse conmigo… su rostro cambió.
Al día siguiente, encontré la puerta de la habitación de mi hermana cerrada por fuera.
Con guardias.
—¿Qué hiciste? —le grité.
Gabriel ni se inmutó.
—Te necesito —dijo, como si fuera lo más lógico del mundo—. Y tú te ibas a escapar.
Ahí lo entendí.
Él me necesitaba más que yo a él.
Y eso lo volvía peligroso.
Así que lo curé otra vez.
Pero esta vez dejé un nudo de energía enterrado en su columna.
Un interruptor.
Una salida.
Llegó la junta importante.
Trajes.
Cámaras.
Directivos hablando de números y control.
Gabriel entró caminando, con una sonrisa que encendió la sala.
Todos se pusieron de pie.
El poder le volvió al cuerpo como un traje a la medida.
Y entonces llegó la traición.
Patrullas afuera.
Gente señalando.
Gritos de “fraude”, “dinero sucio”, “lo tenemos”.
Era un montaje.
Yo lo supe por la manera en que me miraron a mí primero.
Extendieron la mano hacia mí.
—Usted viene con nosotros.
Gabriel titubeó.
Y en ese segundo, el miedo le ganó.
Sentí que me iba a perder.
Así que apreté el interruptor.
El nudo explotó.
Las ventanas vibraron.
Los guardias salieron volando como si alguien los hubiera empujado con una ola invisible.
Gabriel se movió con una fuerza brutal, no humana.
La sala se rindió.
Yo me desplomé.
Cuando desperté, estaba en un hospital.
Sofía estaba a salvo, sentada junto a mi cama, con una manta y los ojos cansados.
—No te dejé —me dijo, apretándome la mano.
Esa noche, Gabriel entró despacio.
Volvía a estar en la silla de ruedas.
Tenía la mirada distinta.
Vacía… y al mismo tiempo más tranquila.
—La descarga lo quemó todo —confesó—. Ya no siento nada.
Yo abrí la boca para disculparme.
Él alzó una mano.
—No —me frenó—. Ya cayó la gente que te perseguía. Ya no te deben nada. Y nadie va a tocar a tu hermana.
Dejó un sobre sobre la mesa.
—Ahí hay suficiente para empezar de nuevo. Para las medicinas de tu hermana, su escuela, tu vida… sin miedo.
Lo miré, desconfiada.
—¿Por qué? —susurré.
Gabriel bajó la vista a sus manos.
—Quería caminar para sentirme poderoso —dijo—. Pero cuando te vi caer… entendí que el poder no era lo que me tenía preso.
Le tomó la mano al aire, temblándole.
Luego buscó la mía.
—Me voy a retirar —añadió—. Me cansé de vivir encerrado en mi propia cabeza.
Yo sentí un pequeño calor en el pecho.
Una chispa.
—Dame tiempo —le dije—. Tal vez… podamos intentarlo de nuevo. Pero bien. Sin cadenas.
Él sonrió, por primera vez sin filo.
—Yo espero —respondió—. Esta vez, sí sé esperar.






