Tomás introdujo la mano entre vasos vacíos y papeles arrugados. Sacó la tarjeta y trató de limpiarla con la manga.
Se la entregó a Elena.
Ella no dijo nada.
Guardó la tarjeta y entró en el centro de operaciones.
La sala estaba llena de pantallas, mapas y oficiales hablando a la vez.
Cuando Elena cruzó la puerta, las conversaciones se apagaron poco a poco.
En el extremo de la mesa principal estaba el teniente coronel Gabriel Duarte.
Tenía el cabello gris, una cicatriz junto al ojo derecho y una ligera cojera. Al reconocerla, su rostro se endureció.
—Navarro.
Elena dejó la bolsa junto a una silla.
—Duarte.
Él golpeó la mesa con un informe.
—Tú eres la razón por la que mi equipo murió.
Todos los presentes se quedaron quietos.
Elena no respondió.
Duarte se acercó.
—Ojo de Dragón. Doce operativos enviados. Once muertos y una única superviviente.
Un joven teniente llamado Adrián Salas se echó hacia atrás en su silla.
—Quizá se escondió mientras los demás luchaban.
Duarte señaló la puerta.
—No perteneces aquí.
Elena abrió su cuaderno mojado.
Al ver las páginas manchadas, Adrián sonrió.
—Parece que alguien tuvo un mal día.
Duarte tomó un vaso de agua.
Sin apartar los ojos de Elena, lo volcó sobre los documentos que ella acababa de colocar en la mesa.
La tinta comenzó a extenderse.
—Qué torpeza —dijo.
Algunos oficiales rieron.
Elena recogió los papeles.
Los sostuvo unos segundos para que el agua cayera al suelo y los dejó a un lado.
—¿Ya terminaron?
Duarte apretó la mandíbula.
—No sabes nada de lo que perdimos.
—Sé exactamente lo que perdimos.
Elena caminó hasta la consola principal.
Colocó la palma sobre el lector biométrico.
Una luz recorrió la superficie de la mesa.
Después sacó la tarjeta negra y la acercó al sensor.
Todas las pantallas cambiaron al mismo tiempo.
Apareció un mapa tridimensional con rutas aéreas, posiciones de equipos y transmisiones codificadas.
En el centro se veía el nombre de la misión Ojo de Dragón.
Los oficiales se inclinaron hacia delante.
Elena señaló una línea roja.
—Esta fue la ruta de extracción original.
Movió los dedos sobre la pantalla.
Apareció una segunda ruta.
—Y esta fue la orden que recibió el equipo treinta y siete minutos antes de la operación.
Duarte frunció el ceño.
—Nunca hubo una segunda ruta.
—Exacto.
Elena amplió los datos.
—Alguien modificó las coordenadas desde una terminal de esta base.
Adrián dejó de sonreír.
—Eso es imposible.
—No lo es. El sistema conserva una huella digital, aunque alguien intente borrarla.
En la pantalla aparecieron varias transferencias a cuentas secretas, realizadas el mismo día de la misión.
Las fechas coincidían con el cambio de ruta.
Duarte perdió el color del rostro.
—¿Qué estás insinuando?
Elena lo miró.
—No estoy insinuando nada.
Amplió otra ventana.
En ella aparecía el código de autorización utilizado para alterar las órdenes.
El código pertenecía a Gabriel Duarte.
La sala quedó en silencio.
—Yo no hice eso —dijo él.
—Su autorización fue utilizada.
—Alguien la copió.
—Eso es lo que tendremos que investigar.
Duarte señaló a Elena.
—Tú sobreviviste. Tú tuviste acceso a todos los sistemas.
Elena sostuvo su mirada.
—No fui la única persona que salió viva de aquella misión.
Duarte parpadeó.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que alguien abandonó el equipo antes del ataque y regresó usando otra identidad.
Elena mostró una imagen borrosa obtenida por una cámara de seguridad.
—Yo no traicioné a nuestro equipo. Fui la única que se quedó hasta el final.
Nadie se atrevió a hablar.
A la mañana siguiente, Elena debía presentar un informe sobre una nueva amenaza.
La sala estaba llena cuando conectó su terminal.
El mayor Julián Mendoza la interrumpió antes de que pudiera comenzar.
—Un momento.
Se levantó con una sonrisa burlona.
—¿Ahora la chica de la tarjeta va a darnos clases?
Algunos oficiales rieron.
Julián tomó el puntero de la mesa y lo lanzó hacia una jarra de agua.
—Seguro que está aquí para sonreír, enseñar su juguete y hacernos perder la mañana.
Elena recogió el puntero.
Se lo devolvió.
—Lo necesita más que yo.
La sala quedó en silencio.
Julián perdió la sonrisa durante un instante, pero volvió a sentarse como si nada hubiera ocurrido.
Elena inició la presentación.
Mostró un patrón de comunicaciones cifradas relacionado con la misión Ojo de Dragón.
A cada minuto, el ambiente se volvía más serio.
Lo que parecía una serie de mensajes sin importancia formaba en realidad una red de sabotaje que llevaba años activa.
Cuando terminó, nadie aplaudió.
Tampoco hubo más bromas.
En el pasillo, Adrián Salas la alcanzó con dos cafés.
—Comandante.
Elena se detuvo.
—Quería disculparme.
Ella no tomó el café.
—¿Por qué?
—Por lo que dije ayer. No sabía quién era usted.
—Ese es precisamente el problema.
Adrián bajó la vista.
—¿Podemos empezar de nuevo?
—Empezar de nuevo no significa borrar lo que hiciste.
Elena sacó la tarjeta negra.
—La próxima vez, no esperes a reconocer un símbolo para tratar a alguien con respeto.
Adrián asintió.
Elena siguió caminando.
Al girar en el pasillo, vio una fotografía antigua colgada en la pared.
Mostraba un puesto avanzado en una zona desértica. Los rostros estaban borrosos por el polvo y la mala calidad de la imagen.
En un extremo aparecía una mujer más joven, con una radio en la mano.
Era ella.
Elena tocó la correa de su bolsa y continuó avanzando.
A la hora de comer se sentó sola en el comedor.
Había pedido un bocadillo sencillo, una pieza de fruta y un café con leche.
Abrió su cuaderno y trató de separar las páginas húmedas.
Una administrativa llamada Patricia Vega se acercó con tres compañeras.
Patricia era conocida por enterarse de todos los rumores antes que nadie.
—Así que tú eres la famosa comandante de la tarjeta mágica.
Elena siguió escribiendo.
Patricia tomó el cuaderno.
—¿Qué es esto? ¿Tu diario?
Pasó varias páginas y se rio.
—Mira, chicas. Quizá escribe cartas a sus amigos imaginarios.
Dejó caer el cuaderno sobre la bandeja.
Una mancha de salsa se extendió sobre el papel.
Elena tomó una servilleta y limpió la cubierta.
—Hablas demasiado para alguien que no tiene autorización para leer nada de esto.
Patricia se quedó rígida.
—Solo era una broma.
—Una broma termina cuando la otra persona también se ríe.
Patricia dejó el cuaderno y se marchó.
Aquella tarde, el ruido de un helicóptero hizo vibrar las ventanas.
Un alto representante del Mando Nacional llegó acompañado por dos asesores y personal de seguridad.
Entró directamente en el centro de operaciones con una carpeta sellada.
Todos se pusieron de pie.
El visitante buscó a Elena.
Cuando la encontró, caminó hasta ella.
—Comandante Navarro.
Le entregó la carpeta.
—Bienvenida de nuevo.
En la esquina de la sala, dos agentes se acercaron a Gabriel Duarte.
El teniente coronel no se resistió.
Fue escoltado fuera mientras los demás evitaban mirarlo.
Elena abrió la carpeta.
En la primera página aparecía una orden oficial.
MISIÓN RESTABLECIDA.
MANDO OPERATIVO: COMANDANTE ELENA NAVARRO.
La pantalla principal mostró su nombre.
Elena ocupó la silla central.
Los mismos oficiales que se habían reído de ella abrieron sus cuadernos y esperaron instrucciones.
Un coronel veterano se inclinó hacia su compañero.
—Acabamos de tirarle un vaso de agua a una leona vestida con una chaqueta vieja.
Elena lo oyó.
No reaccionó.
Extendió los documentos sobre la mesa y comenzó a explicar la operación.
Su voz era clara.
No necesitaba levantarla.
Días después, Elena impartió una sesión sobre un nuevo sistema de cifrado.
El capitán Óscar Leal se recostó en su silla.
—Esto es muy bonito, pero seamos sinceros. Seguro que estás leyendo el trabajo de otra persona.
Tomó las notas impresas de Elena.
Las rompió por la mitad y dejó caer los pedazos al suelo.
—Dedícate a enseñar tu tarjeta.
Varias personas rieron.
Elena se agachó y recogió los papeles.
—Acaba de perder el canal seguro de su equipo.
Óscar soltó una carcajada.
—Claro.
Aquella misma tarde sonó una alerta en toda la base.
El canal de comunicaciones de la unidad de Óscar había sido comprometido durante un ejercicio.
El protocolo que Elena acababa de explicar habría evitado el fallo.
El coronel veterano llamó a Elena al centro de operaciones.
—Su sistema funcionaba.
Le entregó una copia nueva de las notas.
—Usted dirigirá la reparación.
Óscar estaba en una esquina.
Había perdido temporalmente el mando de su unidad.
Elena no lo miró.
Se sentó frente a la terminal y comenzó a trabajar.
Sin embargo, las burlas no terminaron de inmediato.
Durante una pausa, Elena estaba junto a la máquina de café cuando el teniente Bruno Castro se acercó con varios compañeros.
—Ahí está la mujer de la tarjeta.
Tomó unas servilletas y se las lanzó.
Una quedó pegada en su chaqueta.
—Limpia tu desastre, comandante.
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