LOS TRILLIZOS HABÍAN ECHADO A DOCE NIÑERAS, PERO LA MUJER DE LOS TENIS VIEJOS HIZO ALGO QUE NADIE ESPERABA
—¡Pueblerina! ¡No vas a durar ni hasta la comida!
Una almohada pasó rozando la cara de Lucía Herrera y terminó contra una enorme maceta del recibidor.
La segunda le golpeó el hombro.
La tercera cayó justo delante de sus tenis gastados.
En lo alto de la escalera de mármol, tres niños de seis años se reían como si acabaran de ganar una batalla.
Eran trillizos.
Nicolás, Mateo y Leo Robles.
Tenían el mismo cabello oscuro, los mismos ojos grandes y la misma sonrisa traviesa. Sin embargo, cualquiera que los conociera bien podía distinguirlos.
Nicolás siempre daba las órdenes.
Mateo convertía cualquier idea mala en una idea peor.
Leo, el más pequeño, observaba primero y participaba después, como si necesitara asegurarse de que sus hermanos no lo dejarían solo.
Lucía bajó la mirada hacia la almohada.
Detrás de ella, una empleada arrastraba una maleta hacia la puerta.
—Yo que tú, ni la desharía —murmuró la mujer—. Nadie aguanta aquí más de un día.
Lucía levantó la almohada, le quitó una pelusa y la sostuvo contra el pecho.
—Entonces será mejor que aproveche bien el primero.
La empleada soltó una risa seca y salió de la casa.
Los trillizos intercambiaron una mirada.
Aquella respuesta no estaba en el guion.
Lucía había llegado hacía menos de diez minutos a la enorme residencia de Alejandro Robles, un empresario viudo que vivía en una zona exclusiva de Ciudad de México.
La casa tenía techos altísimos, lámparas de cristal y pasillos tan largos que una voz podía tardar varios segundos en desaparecer.
También tenía doce habitaciones, un jardín enorme y un personal doméstico que caminaba en silencio.
Pero no parecía un hogar.
Parecía un museo en el que tres niños enfadados habían sido abandonados sin que nadie supiera qué hacer con ellos.
—¡Ataque! —gritó Nicolás.
Los tres bajaron por la escalera de golpe.
No corriendo.
En patinetas.
Don Esteban, el encargado de la casa, se llevó una mano al pecho.
—Señoritos, por favor…
Los niños no frenaron.
Avanzaron directamente hacia Lucía, convencidos de que ella saltaría a un lado, gritaría o saldría corriendo como las anteriores.
Lucía dejó la almohada sobre un banco.
Cuando una cuarta patineta apareció rodando detrás de los niños, puso un pie encima.
Se impulsó.
Giró con suavidad en medio del recibidor y pasó entre Nicolás y Mateo sin tocarlos.
Después dio media vuelta, frenó frente a ellos y bajó de la tabla.
El silencio fue inmediato.
Hasta Don Esteban se quedó con la boca abierta.
—¿Quién te enseñó eso? —preguntó Mateo.
—Mi hija —respondió Lucía—. Aunque ella dice que todavía me falta estilo.
Nicolás frunció el ceño.
Sacó una pistola de agua de la cintura y le disparó directamente a la mejilla.
—Mala suerte, pueblerina.
Lucía se limpió con la manga.
No gritó.
No le quitó la pistola.
Tampoco lo amenazó.
Señaló un jarrón vacío que estaba sobre una mesa cercana.
—Buen tiro. La próxima vez apunta allí. Si le das desde esa distancia, te concedo que tienes buena puntería.
Nicolás miró el jarrón.
Luego miró a Lucía.
No sabía si lo estaban felicitando o desafiando.
Antes de que pudiera decidirlo, una mujer alta apareció junto a una columna.
Se llamaba Beatriz y supervisaba al resto del personal.
Llevaba el uniforme perfectamente planchado, las uñas impecables y una expresión de disgusto que parecía permanente.
—Mírala —dijo, lo bastante alto para que todos la escucharan—. Todavía no empieza a trabajar y ya está jugando. Seguro está acostumbrada a recoger los desastres de otros.
Dos empleadas sonrieron.
Lucía tomó las almohadas del suelo y las acomodó en el banco.
Después se volvió hacia Beatriz.
—Recoger algo que puede arreglarse no me molesta.
Hizo una breve pausa.
—Lo triste es romper cosas que luego nadie sabe reparar.
La sonrisa de Beatriz desapareció.
Lucía no esperó una respuesta.
Se volvió hacia los niños.
—Ahora, ¿quién me enseña dónde está su habitación?
—No tenemos habitación —contestó Mateo—. Tenemos una zona de guerra.
No estaba exagerando.
El cuarto de juegos parecía haber sufrido una explosión.
Había piezas de construcción bajo los muebles, disfraces colgados de las lámparas y dibujos pegados hasta en las ventanas.
Un tambor descansaba dentro de una casa de muñecas.
Un dinosaurio de plástico flotaba en una pecera vacía.
Lucía apenas había dado tres pasos cuando una pelota de goma le golpeó la rodilla.
—Uno a cero —anunció Leo.
Nicolás empujó una torre de madera.
Las piezas cayeron por todas partes.
—Todas las niñeras lloran cuando ven esto.
—Algunas lloran antes —añadió Mateo.
Desde la puerta, otra trabajadora llamada Inés cruzó los brazos.
—Yo no tocaría nada —dijo—. En cuanto termines de ordenar, lo destruirán otra vez.
Lucía tomó una pieza del suelo y se la entregó a Nicolás.
—Entonces no vamos a ordenar.
El niño la miró con desconfianza.
—¿No?
—Vamos a construir algo que no quieran destruir.
Lucía puso otra pieza encima de una mesa baja.
Mateo se acercó.
—¿Qué?
—Una ciudad.
—Eso es aburrido.
—Una ciudad con una cárcel secreta, una pista de carreras y un túnel por donde pueda escapar un monstruo.
Los tres niños se aproximaron.
—¿Qué monstruo? —preguntó Leo.
Lucía señaló el dinosaurio de la pecera.
—Ese parece bastante peligroso.
En menos de cinco minutos, los niños estaban construyendo.
Nicolás diseñó la cárcel.
Mateo hizo una pista imposible.
Leo colocó el dinosaurio dentro de una torre y aseguró que era el alcalde.
Inés continuó en la puerta.
—Ya veremos cuánto dura —murmuró.
Lucía levantó la vista.
—Podría quedarse y ayudarnos.
—Yo tengo trabajo.
—Nosotros también.
Inés se marchó sin responder.
Cuando llegó la hora de comer, los trillizos abandonaron la ciudad de bloques sin destruirla.
Don Esteban lo notó.
No dijo nada, pero siguió a Lucía por el pasillo con una expresión distinta.
En el comedor había una mesa de madera tan larga que podían sentarse veinte personas.
Los tres niños ocuparon el mismo extremo.
Lucía se sentó frente a ellos.
Una cocinera sirvió pasta con salsa, verduras y pan.
Durante treinta segundos, todo pareció normal.
Entonces Nicolás levantó un puñado de pasta y lo lanzó contra la pared.
Mateo arrojó una albóndiga.
Leo volcó su vaso de leche y observó cómo el líquido avanzaba hacia Lucía.
—Empieza el espectáculo —susurró una empleada desde la cocina.
Nicolás tomó salsa con una cuchara y la dejó caer sobre el suéter de Lucía.
—Las otras gritaban.
Lucía miró la mancha roja.
—Qué desperdicio.
—¿Vas a llorar? —preguntó Mateo.
—No por una salsa tan aguada.
La cocinera ocultó una sonrisa.
Nicolás, molesto, levantó el plato.
Lucía dio una palmada.
Una sola.
El sonido fue tan firme que los tres se quedaron inmóviles.
Ella abrió un cajón y sacó tres delantales pequeños que había encontrado en la cocina.
Lanzó uno a cada niño.
—Cambio de planes. Hoy ustedes preparan la comida.
—No sabemos cocinar —dijo Mateo.
—Entonces hoy aprenderán.
—Papá no nos deja tocar nada.
—Su papá no está sentado en esta mesa.
Lucía colocó platos limpios, pan, verduras ya cortadas y varios recipientes con comida.
—Nicolás será responsable del plato principal. Mateo preparará la ensalada. Leo decorará los platos.
—Yo quiero mandar —protestó Nicolás.
—Los buenos jefes trabajan más que los demás.
Aquello pareció interesarle.
Los niños comenzaron con desgana.
Después se tomaron la tarea muy en serio.
Nicolás hizo pequeñas montañas de pasta.
Mateo mezcló la ensalada levantando las hojas por el aire.
Leo colocó rodajas de pepino formando caras y utilizó dos aceitunas para hacer ojos.
La mesa continuó sucia, pero las risas cambiaron.
Ya no eran risas para humillar a alguien.
Eran risas de niños ocupados haciendo algo juntos.
Veinte minutos después, Alejandro Robles entró al comedor con un portafolio en la mano.
Era un hombre de cuarenta y dos años, alto, serio y siempre vestido como si estuviera a punto de entrar en una reunión importante.
Se detuvo.
Sus hijos estaban sentados.
Cada uno tenía un delantal.
Nicolás ofrecía pan a sus hermanos.
Mateo limpiaba con una servilleta la leche derramada.
Leo comía una rodaja de pepino sin que nadie se lo exigiera.
Alejandro miró a Lucía.
La mancha de salsa seguía en su suéter.
—¿Qué está pasando?
—Somos chefs —respondió Leo.
—Yo soy el jefe —aclaró Nicolás.
—Y yo hice la ensalada —dijo Mateo—. Tiene demasiada lechuga, pero fue un accidente.
Alejandro dejó el portafolio sobre una silla.
Parecía buscar una explicación más lógica.
—Solo convertimos la comida en un juego —dijo Lucía.
—Ellos no necesitan más juegos.
—Tal vez necesitan juegos diferentes.
La expresión de Alejandro se endureció.
—No confunda una comida tranquila con un cambio real. Mis hijos han hecho renunciar a personas con mucha más experiencia.
—No he venido a competir con esas personas.
—Entonces no se haga ilusiones.
Lucía tomó una servilleta y limpió la mesa.
—Yo no me hago ilusiones, señor Robles. Hago mi trabajo.
Los niños permanecieron callados.
Alejandro recogió su portafolio y salió.
Pero, antes de cruzar la puerta, miró de nuevo los platos decorados por Leo.
Aquella tarde, Nicolás propuso su siguiente prueba.
Los niños salieron al jardín y fingieron que querían jugar a buscar un tesoro.
Lucía los siguió.
En cuanto cruzó la puerta de cristal, Mateo la cerró desde dentro.
Nicolás activó el sistema de riego.
El agua salió desde varios puntos al mismo tiempo.
Lucía quedó empapada.
Los trillizos se doblaron de risa detrás del cristal.
—¡Miren su cabello! —gritó Mateo.
Nicolás levantó un teléfono pequeño que usaba para juegos y comenzó a grabarla.
—Despídete, Lucía. Esta es la parte en la que todas se van.
Varias personas del servicio observaron desde el pasillo.
Beatriz sonrió.
—Esta era la prueba final —comentó—. Nadie ha vuelto después de esto.
Don Esteban se acercó a la ventana.
Lucía tenía el suéter pegado al cuerpo y el agua le caía por la cara.
Se quitó los tenis y los colocó con cuidado junto a la puerta.
Luego se agachó en el césped.
Parecía haber encontrado algo.
—Qué raro —dijo, mirando hacia los niños—. Pensé que los tesoros de su madre estarían mejor escondidos.
Las risas terminaron.
La madre de los trillizos había muerto tres años antes.
Nadie mencionaba su nombre en aquella casa.
Alejandro había guardado casi todas sus pertenencias en el ático y había ordenado al personal que evitara hablar del tema.
Los niños no preguntaban.
En lugar de hacerlo, rompían cosas.
Nicolás bajó el teléfono.
—¿Qué encontraste?
Lucía cerró el puño.
—Tendrán que abrir para verlo.
—Es una trampa —dijo Mateo.
—Probablemente.
Leo puso la mano sobre el seguro.
Nicolás dudó unos segundos y finalmente abrió.
Los tres salieron descalzos.
Lucía se arrodilló.
Abrió la mano.
Había tres envoltorios de caramelos brillantes que había guardado del almuerzo y unas pequeñas pegatinas que llevaba en el bolsillo.
Nicolás frunció el ceño.
—Eso no era de mamá.
—No.
—Mentiste.
—Dije que pensé que sus tesoros estarían mejor escondidos. No dije que estos fueran suyos.
Leo tomó una pegatina.
—Entonces, ¿cuáles eran sus tesoros?
Lucía señaló a los tres.
Ninguno se rio.
Mateo bajó la mirada.
Nicolás apretó la mandíbula, como si aquella respuesta le molestara más que un regaño.
—Eso es cursi —murmuró.
—Muchísimo —admitió Lucía—. Ahora ayúdenme a recoger las cosas que el agua tiró.
—¿Y si no queremos?
—Entonces me quedaré con los caramelos.
Los tres empezaron a trabajar.
Juntaron macetas pequeñas, recogieron herramientas y acomodaron unas piedras decorativas.
Leo se llenó los pies de lodo.
Mateo intentó ayudarlo y terminó cayéndose.
Nicolás se rio tan fuerte que también perdió el equilibrio.
Lucía acabó sentada en el césped con los tres niños alrededor.
Cuando regresaron a la casa, estaban sucios, mojados y tranquilos.
Don Esteban les entregó toallas.
—¿No va a renunciar? —preguntó en voz baja.
Lucía se secó el cabello.
—Todavía no he terminado mi primer día.
Aquella noche, los niños se negaron a dormir.
Nicolás quería ver una película.
Mateo pedía otra cena.
Leo corría por el pasillo con una sábana sobre la cabeza.
Lucía no los persiguió.
Entró en su habitación, se sentó en el suelo y abrió un libro.
Comenzó a leer una historia de piratas, mapas perdidos y un capitán que tenía miedo de dormir solo.
Leo fue el primero en acercarse.
Se sentó a varios pasos.
Mateo apareció después y fingió buscar un juguete.
Nicolás se quedó en la puerta.
Lucía siguió leyendo.
Diez minutos más tarde, los tres estaban alrededor de ella.
Cuando terminó el capítulo, Leo apoyó la cabeza en su rodilla.
Mateo se acostó boca abajo.
Nicolás intentó mantener los ojos abiertos.
Alejandro apareció en la puerta.
Lucía lo vio, pero no interrumpió la lectura.
Cuando los niños quedaron dormidos, cerró el libro.
Alejandro cruzó los brazos.
—Ha tenido suerte.
—Eso me dijo antes.
—Mañana volverán a ser los mismos.
—Ojalá.
Él frunció el ceño.
—¿Ojalá?
—No quiero que se conviertan en otros niños. Quiero que aprendan a ser ellos sin destruir todo lo que tienen cerca.
Alejandro miró a sus hijos.
—No sabe nada de ellos.
—Sé que están enfadados.
—Son niños consentidos.
—También.
—No necesita defenderlos.
—No los defiendo. Intento entenderlos.
El rostro de Alejandro se volvió frío.
—Buenas noches, señora Herrera.
—Buenas noches, señor Robles.
A las dos de la madrugada, un grito despertó la casa.
Leo tenía fiebre.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






