La joven probablemente hablaba desde la preocupación.
Aun así, mientras volvía a mi mesa, pensé en lo fácil que resulta decidir qué vida es correcta cuando uno no conoce toda la historia.
Más tarde nos detuvimos en un parque de un pueblo pequeño.
Había árboles, juegos infantiles y varias familias.
Bruno y yo encontramos una banca.
Un niño de unos seis años se acercó con su madre.
—¿Puedo acariciarlo?
—Pregúntale a él.
El niño extendió lentamente la mano.
Bruno la olió y después le dio un pequeño lametón.
El niño soltó una carcajada.
—Tiene la lengua enorme.
—También tiene un apetito enorme.
La madre sonrió.
Durante unos minutos todo fue sencillo.
Un niño.
Un perro viejo.
Una banca.
Después apareció un hombre que había visto mi vehículo estacionado cerca.
—¿Está viviendo aquí? —preguntó.
—Estoy descansando.
—Este parque no es para acampar.
—No estoy acampando.
Señaló la casa rodante.
—Pero está ahí desde hace rato.
—Porque yo estoy aquí desde hace rato.
El hombre no parecía agresivo, solo desconfiado.
Bruno se levantó lentamente y se colocó junto a mi pierna.
El hombre retrocedió.
—Sujete al perro.
—Está sujeto.
Bruno llevaba correa.
—Parece grande.
—También es viejo.
Llegó una empleada del parque.
Nos explicó con calma que habían recibido una queja relacionada con el vehículo y que sería mejor moverlo para evitar problemas.
La madre del niño intervino.
—Este señor no ha hecho nada.
La trabajadora pareció incómoda.
—Lo entiendo. Pero existe una norma sobre vehículos que permanecen demasiado tiempo en esta zona.
No tenía sentido discutir con ella.
Me levanté.
El niño miró a Bruno.
—¿Por qué se van?
Pensé unos segundos.
—Porque algunas veces compartir espacio cuesta más de lo que debería.
La madre me sonrió con tristeza.
Regresamos a la carretera.
Conduje casi una hora.
Entonces escuché el ruido.
Un pequeño tirón.
Después otro.
El motor perdió fuerza.
—Eso no me gusta —dije.
Bruno me miró.
—A mí tampoco.
Logré llegar a un pequeño taller independiente junto a la carretera.
Había una mujer debajo de un vehículo.
Solo se veían sus botas.
—¿Está abierto? —pregunté.
—Depende de lo que necesite.
Salió de debajo del coche.
Tendría unos treinta y cinco años.
Llevaba el cabello recogido y una mancha de grasa en la mejilla.
—Mi vehículo está perdiendo fuerza.
—Hoy tengo trabajo hasta arriba.
—No necesito que lo repare usted. Solo un lugar donde pueda detenerme y revisar el motor.
Me miró.
Después miró a Bruno.
—Puede ponerse atrás.
Abrí el cofre.
En menos de diez minutos encontré el problema.
Una manguera vieja se había agrietado.
—¿Fue mecánico? —preguntó ella.
—Cuarenta y dos años.
—Entonces todavía lo es.
Aquella frase me hizo sonreír.
La mujer se llamaba Mariana.
Mientras buscaba una pieza compatible, me preguntó por Bruno.
Le conté parte de la historia.
La casa.
La residencia.
La norma.
El viaje.
—Entonces eligió al perro.
—Elegí no abandonarlo.
Mariana se quedó apoyada contra una mesa.
—Hay gente que diría que fue una mala decisión.
—Mi hija probablemente está entre esa gente.
—¿Y usted cree que ellos están equivocados?
Pensé antes de responder.
—Creo que tienen derecho a preocuparse.
Eso pareció sorprenderla.
—¿No está enfadado?
—A veces sí. Pero Laura no quiere hacerme daño. Quiere que esté seguro.
Miré a Bruno.
—El problema es que estar seguro y sentirse vivo no siempre son exactamente lo mismo.
Mariana asintió.
—Mi arrendador tampoco permite animales. Siempre he querido adoptar uno.
—¿Y por qué no cambia de casa?
Se rio.
—Porque las casas que aceptan animales cuestan más y yo tengo cuentas.
—Entonces ya entiende que las decisiones sencillas suelen parecer sencillas desde fuera.
—Exacto.
Encontramos una manguera.
La cambié.
Después noté un coche del taller con un sonido irregular.
—Ese motor no está trabajando bien.
Mariana me miró.
—Llevo dos horas buscando el fallo.
Me acerqué.
Escuché.
—Revise aquí.
Señalé una conexión.
Quince minutos después el motor funcionaba perfectamente.
Mariana me miró sorprendida.
—Señor Ernesto, ¿cuánto quiere por eso?
—Nada.
—No.
—Entonces déjeme dormir una noche detrás del taller.
Se quedó callada.
Después extendió la mano.
—Trato hecho.
Esa noche cociné arroz y algunas verduras en la pequeña cocina de la casa rodante.
Mariana se quedó después de cerrar.
Comimos sentados afuera.
Bruno dormía entre nosotros.
—¿Sabe qué es curioso? —dijo ella.
—¿Qué?
—Usted salió de su casa porque pensaba que ya no tenía sitio en ningún lado, y en dos días ya ayudó a un empleado asustado, calmó una discusión y reparó un coche.
—También me han echado de dos sitios.
—Eso también.
Nos reímos.
Bruno levantó la cabeza y tosió.
Esta vez la tos duró más.
Me agaché inmediatamente.
—¿Bruno?
Respiraba con dificultad.
Mariana se levantó.
—Hay una clínica veterinaria que atiende urgencias a unos kilómetros.
Sentí miedo.
Un miedo verdadero.
No por el dinero.
No por las normas.
No por Laura.
Por Bruno.
Lo acomodamos en el vehículo y conduje hasta allí.
La veterinaria lo examinó durante casi una hora.
Cuando salió, se sentó frente a mí.
—Tiene un problema cardíaco relacionado con la edad. No está en una crisis terminal ahora mismo, pero necesita medicación y debe evitar esfuerzos.
Tragué saliva.
—¿Puede seguir viajando?
—Si viajan con calma, hacen descansos y usted vigila su respiración, sí. Pero tendrá que aceptar que es un perro muy mayor.
—Eso ya lo sé.
La mujer me miró unos segundos.
—A veces saberlo con la cabeza no significa estar preparado con el corazón.
No respondí.
Esa noche no dormí.
Bruno sí.
Se quedó junto a mí, respirando lentamente.
Pensé en la residencia.
En Laura.
En todos los que habían dicho que viajar con un perro viejo era irresponsable.
Y por primera vez me pregunté si quizá tenían razón.
A la mañana siguiente llamé a mi hija.
Contestó al segundo tono.
—¡Papá!
Estaba enfadada y aliviada al mismo tiempo.
—Estoy bien.
—¿Dónde estás?
—Cerca de San Luis Potosí.
—¿San Luis Potosí?
—Más o menos.
—¿Qué significa “más o menos”?
—Significa que no conozco el nombre del pueblo.
Escuché cómo soltaba el aire.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






