Así que movió la cola una sola vez sobre el barro.
Poco después llegaron los paramédicos.
Revisaron a Mateo, le colocaron mantas térmicas y comprobaron su respiración.
Uno de ellos miró a Bruno.
—¿El perro entró por él?
—Sí.
El hombre observó al animal durante unos segundos.
—Qué perro.
Yo pensé que aquellas dos palabras eran demasiado pequeñas.
Bruno había visto desaparecer a nuestro hijo y había tomado una decisión antes que cualquiera de nosotros.
No lo habíamos entrenado para aquello.
Nunca se lo habíamos pedido.
Simplemente fue.
Mateo necesitaba ir al hospital.
Bruno necesitaba una clínica veterinaria.
Por primera vez en mi vida sentí que mi familia tenía que dividirse en dos direcciones.
Miguel fue con Mateo.
Rafael llevó a Bruno, acompañado por su esposa, mientras yo permanecía junto a mi hijo.
Durante el trayecto Mateo abrió los ojos.
—¿Bruno está bien?
Le apreté la mano.
—Va a estar bien.
No sabía si era cierto.
Pero necesitaba decirlo.
Mateo cerró los ojos.
—Me estaba jalando.
—Sí.
—No me soltó.
Tuve que mirar hacia otro lado.
—No, hijo. No te soltó.
En el hospital comprobaron que Mateo había tragado agua, tenía algunos golpes y estaba muy asustado, pero se encontraba estable.
Aquella palabra se convirtió en mi favorita.
Estable.
Vivo.
Con nosotros.
Entonces sonó mi teléfono.
Era Rafael.
Contesté inmediatamente.
—Bruno está vivo —dijo—. Tiene la pata lastimada, pero está vivo.
Me senté en una silla del pasillo y comencé a llorar.
Por segunda vez aquel día, mis lágrimas significaban buenas noticias.
La veterinaria que atendió a Bruno se llamaba Elena.
Nos explicó que tenía un fuerte esguince, varias heridas pequeñas y el hombro muy golpeado.
Por suerte, sus pulmones estaban bien.
Necesitaría medicamentos, curaciones, reposo y varias semanas sin correr.
Aquella noche Mateo se negó a dormir.
—Quiero ver a Bruno.
No podíamos llevarlo.
Mi hijo tenía que permanecer unas horas en observación y Bruno necesitaba descansar en la clínica.
Miguel recibió una fotografía en el teléfono.
Bruno aparecía acostado sobre una manta, con una venda azul alrededor de la pata.
Mateo tocó la pantalla.
—Está cansado.
—Mucho —dijo Miguel.
—¿Por mi culpa?
La pregunta me partió por dentro.
Me senté junto a él.
—Bruno no hizo eso porque estuviera enfadado contigo. Lo hizo porque te quiere.
Mateo comenzó a llorar.
—No escuché cuando me dijeron que no me acercara.
—Lo sé.
—Solo quería recoger el vaso de Sofía.
—Lo sé.
—¿Bruno está enfadado conmigo?
Miguel se dio la vuelta para esconder sus lágrimas.
Yo acaricié el cabello de Mateo.
—No. Bruno está esperando verte.
Al día siguiente salimos del hospital y fuimos directamente a la clínica.
Mateo entró despacio.
Parecía diferente.
Seguía siendo nuestro niño de ocho años, pero ya sabía algo que hasta entonces desconocía: que un segundo puede cambiarlo todo.
Cuando llevaron a Bruno a la sala, el perro levantó la cabeza.
Mateo soltó un sonido entre una risa y un sollozo.
—Bruno.
La cola golpeó el suelo.
Una vez.
Después otra.
Mateo se arrodilló junto a él.
La veterinaria se acercó para proteger la pata lesionada, pero no quiso interrumpir.
Mi hijo abrazó con cuidado el cuello de Bruno.
—Perdóname.
Bruno le lamió la mejilla.
Solo una vez.
Lentamente.
Mateo enterró la cara en su pelo y comenzó a llorar.
Yo también.
Miguel también.
Sofía miró la venda y dijo:
—Bruno es un superhéroe.
La veterinaria sonrió.
—Los superhéroes también necesitan descansar.
Durante ocho semanas esa frase se convirtió casi en una regla familiar.
Bruno había sido valiente.
Pero no era invencible.
Nos tocaba cuidarlo.
Paseos cortos.
Nada de saltos.
Curaciones.
Medicamentos a sus horas.
Una cama cómoda.
Y paciencia.
Mateo se tomó aquella responsabilidad muy en serio.
Todas las mañanas revisaba el recipiente del agua.
Durante las curaciones se sentaba junto a Bruno y sostenía un premio en la mano.
También dibujó decenas de perros con capa que pegamos en el refrigerador.
Pero las noches eran más difíciles.
Mateo despertaba gritando que el agua le sujetaba las piernas.
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