Creí que aprender a vivir sola era el final de mi historia, pero una llamada desde Salamanca cambió todo lo que pensaba sobre mi futuro.
Durante varios días dejé la postal sobre la mesa de la cocina.
Cada mañana la miraba mientras tomaba café.
Querida Mercedes: tenías miedo, pero viniste.
Aquella frase me recordaba que la mujer que había subido sola al tren seguía dentro de mí. Aun así, después de la visita de Rafael, la casa volvió a parecer demasiado silenciosa.
No quería que regresara.
De eso estaba segura.
Pero hay decisiones que dejan un vacío, incluso cuando sabes que son necesarias.
Durante treinta y seis años, mi vida había estado organizada alrededor de otra persona. Sabía a qué hora debía estar lista la comida, cuándo había que comprar sus pastillas y qué camisa prefería para las reuniones familiares.
Ahora podía hacer lo que quisiera.
El problema era que todavía no sabía qué hacer con tanta libertad.
Dos días después preparé la maleta para Salamanca.
Metí dos blusas, un pantalón cómodo, mi neceser y el pequeño cuaderno rojo. También guardé una libreta del curso de inglés, aunque sabía que probablemente no la abriría.
Antes de salir comprobé tres veces que llevaba el billete.
Luego cerré la puerta.
En la estación ya no me sentí como la primera vez. Seguía nerviosa, pero ahora entendía las pantallas. Sabía dónde buscar el número del tren y cómo comprobar la vía.
Cuando anunciaron un pequeño retraso, no entré en pánico.
Me senté en un banco y esperé.
Parecía algo insignificante.
Para mí, era otra victoria.
Al llegar a Salamanca, dejé la maleta en una pensión pequeña cerca del centro. La habitación tenía una cama estrecha, una mesa de madera y una ventana desde la que se veían los tejados.
La mujer de recepción me entregó la llave.
—¿Viene usted sola?
Antes, esa pregunta me habría hecho sentir vergüenza.
Aquella vez respondí:
—Sí. Vengo sola.
Y sonreí.
Pasé la tarde caminando despacio. Entré en una librería, compré un marcapáginas que no necesitaba y me senté en una terraza a tomar chocolate caliente.
Nadie me esperaba.
Nadie miraba el reloj.
Nadie me decía que estaba perdiendo el tiempo.
Al principio, aquello me resultó extraño.
Después me pareció maravilloso.
La mañana siguiente entré en un edificio antiguo donde se celebraba una visita cultural. Me había apuntado por teléfono unos días antes.
Éramos unas doce personas.
La mayoría iba en pareja.
Yo me coloqué al final del grupo, sujetando el bolso con las dos manos. Todavía tenía la costumbre de intentar ocupar el menor espacio posible.
Mientras esperábamos, una mujer de mi edad se acercó a mí.
Llevaba el pelo corto, unas gafas grandes y un pañuelo rojo alrededor del cuello.
—¿También has venido sola? —preguntó.
—Sí.
—Entonces ya somos dos.
Se llamaba Carmen.
Tenía sesenta años y se había quedado viuda cuatro años antes. Me contó que, durante los primeros meses, no podía entrar en una cafetería sin sentir que todo el mundo la observaba.
—Pensaba que una mujer sola siempre parecía abandonada —dijo—. Luego comprendí que también puede parecer libre.
Aquella frase se quedó conmigo.
Durante la visita caminamos juntas.
Carmen hablaba mucho más que yo. Hacía preguntas, se reía alto y no parecía preocuparse por molestar a nadie.
Al terminar, me propuso comer con ella.
Mi primera reacción fue buscar una excusa.
Durante años, Rafael había decidido cuándo nos marchábamos, dónde comíamos y cuánto tiempo podíamos quedarnos. Sin darme cuenta, yo todavía esperaba que alguien aprobara mis planes.
Miré a Carmen.
—De acuerdo.
Entramos en un restaurante sencillo.
Hablamos durante casi dos horas.
Le conté que Rafael se había marchado. No le expliqué todos los detalles, pero sí le dije que había vuelto unos meses después y que yo no había aceptado regresar con él.
Carmen partió un trozo de pan.
—¿Todavía lo quieres?
La pregunta me tomó por sorpresa.
Pensé antes de responder.
—Quiero al hombre que creí que era. Y quizá también quiero algunos recuerdos. Pero ya no quiero la vida que tenía con él.
Carmen asintió.
—A veces confundimos querer a alguien con querer volver atrás.
Fue la primera persona que me dijo algo así.
No intentó convencerme de que perdonara a Rafael.
Tampoco me dijo que debía olvidarlo.
Simplemente entendió.
Antes de despedirnos intercambiamos nuestros números de teléfono.
—Un grupo de mujeres del barrio hacemos pequeñas excursiones —me explicó—. Nada complicado. Pueblos cercanos, museos, rutas fáciles. Puedes venir cuando quieras.
Guardé su número.
Pensé que probablemente nunca la llamaría.
Me equivocaba.
Al regresar a casa encontré dos mensajes de Rafael.
El primero decía que necesitaba recoger unas cajas que todavía estaban en el trastero.
El segundo preguntaba si podíamos hablar tranquilamente.
Me senté en el sofá y leí los mensajes varias veces.
Durante unos minutos volví a ser la mujer que temía que él se enfadara.
Después miré la postal sobre la mesa.
Le respondí que podía recoger sus cosas el sábado a las once.
Nada más.
Cuando llegó, yo ya había colocado las cajas junto a la puerta.
Rafael miró el salón como si esperara encontrarlo igual que antes.
Pero había cambiado algunas cosas.
Había puesto una funda amarilla sobre el sofá. En la pared colgaba una reproducción del cuadro que había visto en Madrid. También había comprado una lámpara que a él siempre le había parecido demasiado moderna.
—Has cambiado la casa —dijo.
—Un poco.
—No parece la misma.
—Yo tampoco soy la misma.
Rafael bajó la mirada.
Parecía sincero cuando dijo:
—Sé que te hice daño.
Esperé.
Durante años, cada vez que discutíamos, yo terminaba consolándolo. Incluso cuando había sido él quien me había herido.
Aquella vez permanecí en silencio.
—Me equivoqué —continuó—. Pensaba que fuera encontraría algo diferente.
—Lo encontraste.
—No era lo que esperaba.
No respondí.
Rafael se acercó a la mesa y vio el cuaderno rojo.
—¿Qué es eso?
—Un cuaderno antiguo.
Lo abrió antes de que pudiera detenerlo.
Leyó la primera página.
Algún día aprenderé inglés. Viajaré sola y veré de cerca los cuadros que ahora solo conozco por los libros.
Me miró sorprendido.
—Nunca me dijiste que querías hacer esas cosas.
Sentí una punzada de rabia.
—Te lo dije muchas veces.
—No lo recuerdo.
—Ese era el problema, Rafael.
Cerró el cuaderno con cuidado.
Durante unos segundos no hubo reproches entre nosotros. Solo dos personas mayores mirando los restos de una vida que ya no existía.
—Yo pensaba que eras feliz —murmuró.
—Yo también lo pensaba.
Rafael tomó una de las cajas.
—¿No hay ninguna posibilidad?
Lo miré.
Por primera vez no vi al hombre que sabía más que yo, ni al marido cuya aprobación necesitaba para sentirme segura.
Vi a un hombre cansado, asustado y solo.
Sentí compasión.
Pero la compasión no era amor.
Y mucho menos una razón para regresar.
—Espero que encuentres una vida que puedas cuidar tú mismo —dije—. Pero yo no puedo volver a vivir la tuya.
Rafael asintió lentamente.
Recogió las cajas y se marchó.
Esta vez no lloré cuando se cerró la puerta.
Aquella misma tarde llamé a Carmen.
La excursión siguiente era a un pueblo pequeño de la sierra. Salían el domingo por la mañana.
—¿Hay que caminar mucho? —pregunté.
—Un poco.
—¿Y si me canso?
Carmen se rio.
—Nos cansamos todas. Para eso están los bancos.
El domingo me reuní con ellas.
Éramos siete mujeres.
Una estaba divorciada. Dos eran viudas. Otra cuidaba a su marido enfermo y necesitaba salir de casa unas horas. Las demás simplemente querían conocer lugares nuevos.
Ninguna tenía una vida perfecta.
Eso me tranquilizó.
Durante el viaje hablamos de hijos, recetas, dolores de espalda y sueños que habíamos ido aplazando.
Una de ellas quería aprender a pintar.
Otra deseaba bailar, pero decía que ya era demasiado mayor.
—Entonces yo también soy demasiado mayor para aprender inglés —respondí.
—¿Y lo estás aprendiendo?
—Sí.
—Pues yo voy a bailar.
Nos echamos a reír.
Poco a poco, aquellos viajes se convirtieron en parte de mi vida.
Una vez al mes visitábamos algún lugar cercano. No necesitábamos grandes hoteles ni planes complicados.
Llevábamos bocadillos, hacíamos fotografías torcidas y casi siempre alguien olvidaba dónde había guardado el billete.
Yo dejé de sentirme torpe.
Comprendí que casi todo el mundo tiene miedo cuando empieza algo nuevo. Algunos simplemente han aprendido a disimularlo mejor.
En el curso de inglés también fui ganando confianza.
Un día la profesora anunció que necesitaba voluntarios para ayudar a los alumnos nuevos a utilizar las aplicaciones del teléfono.
Todos miraron hacia otro lado.
Yo levanté la mano.
Después me arrepentí inmediatamente.
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