Su enfermedad había avanzado rápidamente.
Sonrió.
—Señorita bonita —dijo—. ¿Usted trabaja aquí?
Tuve que tragar saliva antes de responder.
—Sí, papá. Hoy voy a cuidarte yo.
Sonrió otra vez.
—Bueno.
Cerró los ojos.
Yo lloré en silencio durante casi una hora.
Mientras mi padre estaba hospitalizado, alguien me explicó qué había sucedido con el perro.
Lo habían llevado a una instalación municipal para animales.
Estaba deshidratado y casi tan agotado como mi padre.
Pesaba mucho menos de lo que debía.
Tenía cicatrices antiguas alrededor del hocico, las orejas, el cuello y las patas delanteras.
Un ojo estaba dañado.
Además tenía un microchip.
Gracias a eso descubrieron su historia.
Días antes había llegado a otra instalación de un municipio vecino junto con varios perros rescatados de un lugar clandestino donde, según la investigación, algunos animales habían sido utilizados para peleas.
Había permanecido allí menos de dos días.
Una noche consiguió abrir el seguro de su espacio.
Después encontró una puerta de servicio mal cerrada.
Y salió.
Nadie sabía adónde había ido.
Llevaba cuatro días desaparecido cuando encontraron a mi padre.
Cuatro días sobreviviendo por su cuenta.
Y en algún momento de la primera mañana debió cruzarse con un anciano confundido que caminaba solo por la montaña.
Nunca sabremos exactamente qué ocurrió cuando se encontraron.
No sabemos si mi padre lo llamó.
No sabemos si el perro lo siguió.
No sabemos si mi papá cayó primero y el animal se acostó junto a él después.
Lo único que sabemos es cómo los encontraron.
Mi padre estaba encogido.
El perro estaba pegado completamente a su cuerpo.
Durante las noches más frías, cuando la temperatura estuvo cerca de cero, aquel animal permaneció allí.
No tenía manta.
No tenía comida.
No tenía refugio.
Solo tenía su propio cuerpo.
Y lo utilizó para cubrir al de mi padre.
Una funcionaria me envió una fotografía del perro.
La abrí desde una silla junto a la cama del hospital.
Me quedé mirando la pantalla.
Era difícil contar sus cicatrices.
Había una larga desde la mandíbula hasta cerca de una oreja.
Su ojo izquierdo no se abría completamente.
Su cuerpo parecía demasiado pequeño para su cabeza.
Pensé en todas las veces que alguien quizá había mirado a ese animal y había visto solamente peligro.
Yo ya no podía verlo así.
Para mí era el perro que había abrazado a mi padre durante tres noches.
La funcionaria llamó esa misma tarde.
Le pregunté qué ocurriría con él.
Hubo un silencio incómodo.
Me explicó que todavía estaba vinculado al expediente del rescate de los otros perros.
Tendría que pasar evaluaciones.
Después decidirían si podía ser rehabilitado y adoptado.
No dijo qué pasaría si decidían que no.
No necesitaba decirlo.
Miré nuevamente la fotografía.
Tardé menos de un minuto en decidir.
—¿Qué tengo que hacer para quedármelo?
La mujer pareció sorprendida.
—Laura, estos casos pueden ser complicados.
—No pregunté si sería complicado.
Silencio.
—Pregunté qué tengo que hacer.
Me explicó que necesitaría evaluaciones, documentos y autorización de las autoridades responsables del caso.
Además tendría que comprometerme formalmente a hacerme cargo de él.
—Entonces lo haré.
—¿Está segura?
Miré a mi padre dormido.
—Ese perro ya se hizo cargo de alguien de mi familia. Ahora nos toca a nosotros.
Mi padre permaneció varios días hospitalizado.
Después pasó por rehabilitación y finalmente regresó a la residencia.
Nunca recuperó completamente la fuerza que tenía antes.
También quedó más confundido.
Yo, mientras tanto, comencé a viajar dos veces por semana para visitar al perro.
La primera vez que entré a la sala donde estaba, sentí miedo.
No de él.
Miedo de que no me aceptara.
Me senté.
El perro me observó desde el otro lado de la habitación.
Luego caminó hacia mí.
Despacio.
Apoyó la cabeza sobre mi rodilla.
Me permitió tocar una de sus orejas llenas de pequeñas cicatrices.
Después me lamió la mano.
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