Solo una calma extraña para una niña de ocho años.
Negó suavemente con la cabeza.
—Quiero dárselo ahora.
Ramón tomó la hoja.
—¿Qué es? ¿Un muñeco de nieve?
Lucía no respondió.
Mi padre abrió el papel con una sola mano, todavía sosteniendo el vaso con la otra.
Entonces dejó de sonreír.
Sus cejas se juntaron.
Parpadeó una vez.
Luego otra.
El vaso descendió lentamente hasta apoyarse sobre el brazo del sillón.
Toda la familia lo observaba.
—¿Qué le has hecho? —preguntó Beatriz.
Lucía permaneció frente a él con las manos unidas.
Mi padre no contestó.
Miró el dibujo durante tanto tiempo que creí que iba a romperlo. Sin embargo, dobló la hoja con un cuidado que nunca le había visto tener con nada.
La dejó sobre la mesita.
Después se puso de pie.
Parecía más viejo.
No enfadado.
No orgulloso.
Solo cansado.
Caminó hacia el pasillo sin decir una palabra.
Nadie intentó detenerlo.
Escuchamos sus pasos alejándose y, unos segundos más tarde, el sonido de una puerta cerrándose.
No fue un portazo.
Aquello lo hizo todavía más extraño.
Lucía me miró.
—¿He hecho algo malo?
Me arrodillé y la abracé.
—No, cariño.
—Se ha ido.
—Porque tu dibujo le ha hecho recordar algo.
—¿Algo triste?
La apreté contra mí.
—Tal vez algo importante.
Beatriz murmuró que estábamos exagerando.
Por primera vez en muchos años, no tuve miedo de enfrentarme a ella.
—Acabas de reírte de una niña que recibió una caja vacía. No vuelvas a hablarle de esa manera.
Mi hermana abrió la boca.
—Yo solo…
—No. Tú sabías perfectamente lo que estabas haciendo.
Miré a mi madre.
—Y tú también.
Teresa palideció.
—No quería crear un problema.
—Ese es precisamente el problema. Aquí nadie quiere crear problemas, pero todos permiten que papá haga daño a los demás.
Daniel bajó la cabeza.
—Elena tiene razón.
Todos lo miramos.
Era la primera vez que mi hermano contradecía abiertamente a nuestro padre.
—Esto ha sido cruel —continuó—. Lucía no tenía la culpa de nada.
Mi madre recogió unos papeles de la mesa sin necesidad.
—Ramón no ha sido el mismo desde que murió Carmen.
Carmen era mi madre biológica.
Teresa se había casado con mi padre años después. Aunque siempre la había llamado mamá, ella nunca se enfrentaba a él.
—La abuela Carmen tampoco habría permitido esto —dije.
El rostro de Teresa se endureció.
—No sabes lo difícil que fue para él perderla.
—Yo también la perdí.
Tenía quince años cuando mi madre murió.
Recordaba a Ramón antes de aquella pérdida. No era un hombre cariñoso, pero sonreía algunas veces.
Los domingos ponía música en la cocina y mi madre lo obligaba a bailar mientras preparaban la comida. Él se quejaba, aunque siempre terminaba siguiéndola.
Después de su muerte, dejó de escuchar música.
Guardó las fotografías.
Prohibió mencionar su nombre durante las comidas porque decía que vivir del pasado era una debilidad.
Se convirtió en un hombre duro.
Con el tiempo, su dolor dejó de parecer tristeza y comenzó a parecer crueldad.
Yo sabía todo eso.
Pero entender la causa no borraba el daño.
Lucía no volvió a mencionar a su abuelo durante el resto de la noche.
Se sentó junto al árbol y jugó con los lazos de otros regalos. Ayudó a doblar el papel usado y habló con Daniel sobre el perro que había dibujado.
Sin embargo, miraba hacia el pasillo de vez en cuando.
Esperaba que Ramón regresara.
No lo hizo.
Tampoco apareció cuando mi madre sirvió los dulces.
Ni cuando Daniel anunció que se marchaba.
Ni cuando llevé a Lucía a la habitación donde dormiríamos.
Mientras le ponía el pijama, ella vio la caja vacía sobre una silla.
—¿Podemos dejarla aquí?
—Claro.
—No quiero llevármela.
La aparté de la cama.
—No tienes que llevártela.
Lucía se metió bajo las mantas.
—El abuelo está enfadado conmigo.
—No está enfadado contigo.
—Entonces, ¿por qué no ha vuelto?
Me senté a su lado.
—Hay personas que, cuando sienten algo muy fuerte, no saben qué decir. Tu abuelo lleva mucho tiempo escondiendo lo que siente.
—¿Mi dibujo estaba mal?
—Tu dibujo era perfecto.
—Ni siquiera lo viste.
—Lo sé porque lo hiciste tú.
Ella sonrió un poco.
Apagamos la luz.
Durante varios minutos escuché su respiración. Cuando pensé que se había dormido, habló otra vez.
—Mamá.
—Dime.
—Yo no esperaba un regalo caro.
—Ya lo sé.
—Solo quería que él estuviera contento de conocerme.
Las lágrimas me llenaron los ojos.
—Cualquiera debería estar contento de conocerte.
A la mañana siguiente decidí marcharme temprano.
Le dije a mi madre que teníamos cosas que hacer en Madrid. La verdad era que no podía pasar otra hora fingiendo que aquella casa era un lugar normal.
Beatriz no se levantó para despedirse.
Daniel abrazó a Lucía y le prometió colocar su dibujo en la pared de su apartamento.
Mi madre nos entregó un recipiente con comida.
—Conduce con cuidado.
No preguntó cómo se sentía Lucía.
No pidió disculpas.
Tampoco mencionó a Ramón.
Mi padre no salió de su habitación.
Antes de entrar en el automóvil, Lucía miró las ventanas de la casa.
Esperó unos segundos.
Ninguna cortina se movió.
Durante el viaje de regreso permaneció callada.
Observaba los campos y los pueblos que pasaban junto a la carretera. Yo mantenía una mano sobre el volante y la otra cerca de la suya.
En un momento extendí los dedos.
Lucía me tomó de la mano y apretó con fuerza.
No hablamos sobre la caja.
Tampoco le pregunté qué había dibujado.
Sentía que aquella hoja era algo suyo y no quería obligarla a explicarlo.
Pero yo no podía dejar de pensar en la reacción de mi padre.
Ramón nunca mostraba debilidad.
Era el hombre que me había llamado exagerada cuando lloré en el funeral de mi madre. El mismo que dijo que debía superar el divorcio sin dar lástima.
¿Qué podía haber dibujado Lucía para dejarlo sin palabras?
Cuatro días después encontré un paquete frente a nuestra puerta.
No tenía remitente.
Solo aparecía el nombre de Lucía escrito con letras grandes y torcidas.
Mi hija estaba desayunando cuando se lo llevé.
—¿Es para mí?
—Eso parece.
Lucía observó la caja con desconfianza.
Comprendí que estaba recordando la otra.
—Podemos abrirla juntas —le dije.
Corté la cinta y levanté la tapa.
Esta vez sí había algo dentro.
Era una pequeña caja de música de madera. Tenía los bordes tallados y unas flores rojas pintadas en la tapa.
Parecía antigua.
Lucía la sostuvo con ambas manos y giró una pequeña manivela.
Comenzó a sonar una melodía suave.
Me quedé sin respiración.
Mi madre Carmen solía tararear aquella canción mientras cocinaba.
Hacía más de veinte años que no la escuchaba.
Junto a la caja había una nota.
La letra era temblorosa, como si cada palabra hubiera costado un gran esfuerzo.
“Para la niña más valiente que conozco. Gracias por recordarla”.
No había firma.
No era necesaria.
Lucía apretó la caja contra su pecho.
—Es del abuelo.
Asentí.
—Sí.
—Entonces no estaba enfadado.
—No contigo.
Se sentó en el suelo y volvió a girar la manivela.
La melodía llenó nuestro pequeño salón. No sonaba perfecta, pero era cálida y familiar.
Me senté a su lado.
—Lucía, ¿puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Qué dibujaste para el abuelo?
Ella acarició las flores pintadas de la caja.
—Lo dibujé contigo y con la abuela Carmen.
Sentí un nudo en la garganta.
—Pero tú no conociste a la abuela.
—Tú me enseñaste una foto.
Recordé aquella imagen.
Mi madre estaba en la cocina, con un delantal claro y el cabello recogido. Mi padre aparecía detrás de ella, riéndose mientras trataba de quitarle una cuchara de madera.
Yo era una niña y estaba entre los dos.
Era una de las pocas fotografías donde Ramón sonreía de verdad.
—¿Dibujaste esa foto?
—Un poco.
Lucía se quedó pensando.
—Os dibujé tomados de la mano. También escribí algo.
—¿Qué escribiste?
—Que esperaba que volviera a sonreír algún día.
Mi voz desapareció.
Lucía continuó hablando como si fuera lo más sencillo del mundo.
—Le dije que tú me contaste que la abuela lo hacía reír. Y que, aunque ella ya no estuviera, podía acordarse de las cosas bonitas.
Tuve que apartar la mirada.
Eso era lo que mi padre había visto.
No era solo un dibujo infantil.
Era una puerta hacia el hombre que había sido antes de que el dolor lo encerrara.
Durante años, todos habíamos intentado enfrentarnos a Ramón con discusiones, silencio o distancia.
Lucía había hecho algo diferente.
No le recordó su crueldad.
Le recordó que alguna vez había amado.
No intentó cambiarlo.
No le exigió una disculpa.
Solo le mostró una versión de sí mismo que él creía perdida.
Y eso lo había asustado más que cualquier reproche.
La caja de música quedó sobre la mesita de noche de Lucía.
Cada noche, antes de dormir, giraba la manivela.
Algunas veces escuchaba la melodía entera. Otras simplemente sostenía la caja entre sus manos.
No mencionaba mucho lo ocurrido.
Sin embargo, comenzó a hablar más de la abuela Carmen.
Me pedía historias sobre ella.
Quería saber qué cocinaba, cómo se reía y si también le gustaba dibujar.
Yo le conté que mi madre cantaba mientras barría. Que siempre dejaba la última porción de postre para otra persona.
También le dije que era la única capaz de conseguir que Ramón bailara.
—Entonces el abuelo sí sabía divertirse —dijo Lucía.
—Hace mucho tiempo.
—Quizá todavía se acuerde.
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