Pensé que lo más difícil había sido decidir que los tres gatitos se quedaran.
Me equivoqué.
Lo verdaderamente difícil empezó unas semanas después, cuando Niebla dejó de levantarse una mañana y los tres pequeños se sentaron alrededor de ella como si estuvieran esperando que su mamá les explicara qué estaba pasando.
Ésta es la continuación de aquella noche en que tres gatitos llegaron a mi casa “solo por unas horas” y mi vieja perrita decidió convertirlos en su familia.
Para entonces, ya tenían nombres.
Yo había intentado resistirme.
Decía que ponerles nombre era admitir oficialmente que mi casa había sido tomada.
Pero mis hijos comenzaron a preguntar por “los bebés de Niebla”, y después de varias discusiones familiares por teléfono terminamos llamándolos Tino, Miga y Chispa.
Tino era el más tranquilo.
Podía quedarse media hora sentado mirando una pared como si escondiera un misterio.
Miga era la pequeña.
La misma que había tocado la nariz de Niebla desde dentro de la transportadora.
Y Chispa…
Bueno.
Chispa consideraba cualquier objeto de mi casa una invitación personal al desastre.
Si una puerta quedaba entreabierta, él tenía que entrar.
Si había una bolsa vacía, tenía que meterse.
Si yo doblaba una cobija, él aparecía debajo.
Una mañana encontré solamente su cola saliendo de una caja de zapatos.
—No quiero saber —le dije.
La cola se movió.
Niebla estaba detrás de mí, mirándolo con una paciencia que jamás había tenido conmigo.
Los tres crecían rápido.
Ya no parecían pequeños calcetines grises.
Sus patas eran más largas.
Sus orejas parecían demasiado grandes para sus cabezas.
Y cada día aprendían una nueva forma de poner a prueba mi paciencia.
Pero había una regla que nunca rompían.
Cuando Niebla se acostaba, ellos iban con ella.
No importaba dónde estuvieran.
Podían estar persiguiendo una pelota en el pasillo o tratando de arrancar una esquina de una caja.
Si Niebla caminaba hacia su cama, los tres la seguían.
Al principio pensé que era costumbre.
Después entendí que era algo más.
La vigilaban.
Niebla tenía doce años.
Yo lo sabía desde siempre, claro.
Pero durante aquellas primeras semanas con los gatitos parecía más joven.
Se levantaba varias veces al día.
Caminaba detrás de ellos.
Incluso volvió a jugar un poco con una cuerda vieja que yo arrastraba por el piso.
Me acostumbré tanto a verla así que empecé a olvidar su edad.
Hasta aquella mañana.
Me levanté poco después de las siete.
Normalmente, Niebla ya estaba despierta.
No porque fuera madrugadora.
Porque Miga tenía la costumbre de caminarle encima de la cara cuando quería desayunar.
Pero ese día la casa estaba demasiado tranquila.
Entré a la sala.
Tino estaba sentado junto a la cama de Niebla.
Miga estaba acostada cerca de sus patas.
Chispa estaba delante de ella.
Los tres me miraron.
Niebla seguía acostada.
—Buenos días, vieja —dije.
Movió la cola una sola vez.
Nada más.
Me agaché.
—Vamos.
Niebla intentó levantarse.
Sus patas traseras no respondieron bien.
Volvió a caer suavemente sobre la cama.
Sentí un frío en el pecho.
No era la primera vez que la veía caminar con dificultad.
Sus articulaciones llevaban tiempo molestándola.
Pero nunca la había visto rendirse antes de ponerse de pie.
Los tres gatos se acercaron.
Miga le lamió una oreja.
Niebla volvió a intentarlo.
Esta vez logró levantarse, aunque apenas.
No quise asustarme antes de tiempo.
Pero tampoco quise ignorarlo.
Así que esa mañana cambié mis planes y la llevé a revisión.
Los gatos se quedaron en casa.
Eso resultó ser un problema.
Cuando regresé unas horas después, los tres estaban sentados detrás de la puerta.
Nunca los había visto esperar así.
Niebla entró despacio.
Miga fue la primera en correr hacia ella.
Después Tino.
Después Chispa.
La rodearon.
La olieron.
Niebla avanzó hasta su cama y se echó.
Los tres se acomodaron encima.
Yo me quedé de pie en la sala con mi bolso todavía colgado del hombro.
No había ocurrido nada dramático.
Eso fue lo que me tranquilizó.
Niebla simplemente estaba envejeciendo.
Necesitaba más descanso, algunos cuidados y menos esfuerzos.
Pero aquella frase se quedó conmigo.
“Está envejeciendo.”
Como si yo no lo supiera.
Como si su hocico blanco no me lo hubiera estado diciendo desde hacía años.
Esa tarde me senté junto a ella.
—No me hagas esto todavía —murmuré.
Niebla abrió los ojos.
Chispa dormía atravesado sobre su cuello.
No sé si me escuchó.
Probablemente sí.
Los perros escuchan muchas cosas que uno cree estar diciendo solamente para sí mismo.
Durante los siguientes días cambiamos algunas rutinas.
Puse una alfombra en una parte del piso donde a Niebla le costaba caminar.
Moví su cama más cerca de donde yo pasaba la mayor parte del tiempo.
Y traté de evitar que los tres jóvenes delincuentes utilizaran su espalda como trampolín.
Eso último fue imposible.
—Déjenla descansar —les repetía.
Niebla me miraba como si yo fuera la exagerada.
La verdad era que ella no quería descansar de ellos.
Una tarde, Miga comenzó a perseguir su propia cola junto al sofá.
Niebla levantó la cabeza.
La observó.
Miga dio tres vueltas, perdió el equilibrio y cayó de lado.
Yo me reí.
Niebla movió la cola.
Y en ese momento pensé que quizá aquello era suficiente.
No podía hacer que Niebla volviera a tener cinco años.
Pero podía asegurarme de que sus años viejos estuvieran llenos de cosas que le dieran ganas de levantarse.
Los gatos cumplían perfectamente ese trabajo.
También comenzaron a cambiar conmigo.
Tino descubrió que yo arreglaba pequeños aparatos y cosas de la casa sobre una mesa cerca de la ventana.
Desde entonces decidió supervisarme.
Si yo sacaba un destornillador, aparecía.
Si abría una caja con piezas, aparecía.
Si ponía un tornillo sobre la mesa, intentaba llevárselo.
—Tú no eres ayudante —le decía.
Él se sentaba.
Y esperaba a que yo me distrajera.
Miga prefería la cocina.
Cada vez que abría el refrigerador, aparecía a mis pies como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida.
Y Chispa seguía siendo Chispa.
Un día escuché un ruido dentro del clóset.
Abrí la puerta.
No había nada.
La cerré.
Escuché otro ruido.
Volví a abrir.
Nada.
Cuando me agaché, descubrí dos ojos mirándome desde dentro de una bolsa de tela.
—¿Cómo entraste ahí?
No respondió.
Pero veinte minutos después Niebla fue hasta el clóset, se sentó delante y empezó a llorar bajito.
Volví a abrir.
Chispa seguía ahí.
Se había quedado dormido.
—Gracias, Niebla.
Ella me miró como diciendo:
“Alguien tiene que cuidar esta casa.”
Poco a poco empecé a notar otra cosa.
Mis hijos llamaban más.
Antes hablábamos varias veces por semana, pero casi siempre eran conversaciones cortas.
“¿Cómo estás?”
“Bien.”
“¿Y tú?”
“Bien.”
Ahora me llamaban preguntando:
—¿Qué hicieron hoy los gatos?
O:
—¿Cómo sigue Niebla?
A veces les mandaba un video.
Miga tratando de subir a una silla.
Tino dormido dentro de una caja demasiado pequeña.
Chispa corriendo por el pasillo mientras Niebla lo observaba con resignación.
Una tarde mi hijo mayor pasó a verme.
No era una fecha especial.
No necesitaba nada.
Simplemente llegó con una bolsa de pan dulce.
—Vine a ver a los gatos —dijo.
—Claro.
—Y a ti también.
—Claro.
Le preparé café.
Nos sentamos en la mesa.
Niebla se acostó cerca.
Los tres gatos se repartieron entre las sillas.
Mi hijo empezó a contarme cosas de su trabajo. Yo le conté que una señora del barrio me había regalado una planta
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