Después firmó los documentos necesarios como responsable temporal del animal.
Aquello también la sorprendió.
Responsable temporal.
Dos palabras que sonaban demasiado importantes para alguien que una semana antes ni siquiera sabía cómo se llamaba aquel perro.
La mañana de la operación, Mariana llegó antes de su turno.
Canelo estaba acostado.
Cuando la vio, intentó ponerse de pie.
—No hace falta —dijo ella.
Se arrodilló.
El perro acercó la cabeza.
Mariana le rascó detrás de la oreja.
—Tú haces tu parte y ellos harán la suya.
Canelo la miró.
—Y yo regreso después.
Por primera vez, Mariana sintió miedo de no poder cumplir aquella promesa.
Durante su jornada revisó el teléfono demasiadas veces.
Casi cuatro horas después llegó el mensaje.
La cirugía había terminado.
Canelo estaba estable.
La masa había sido retirada.
Mariana leyó esas palabras tres veces.
Después fue al baño del personal y lloró.
No mucho.
Tal vez un minuto.
Luego se lavó la cara y regresó a trabajar.
Cuando llegó a la clínica veterinaria esa tarde, Canelo todavía estaba adormilado.
Tenía vendajes.
Parecía más pequeño.
Mucho más pequeño.
Mariana tardó unos segundos en comprender por qué.
Durante años, aquella masa había formado parte de su silueta.
Verlo sin ella era como mirar a otro perro.
Se acercó a la jaula.
Canelo abrió los ojos.
Movió la cola.
Una vez.
Dos.
Mariana se tapó la boca.
—Sí —susurró—. Yo también estoy aquí.
Los primeros días fueron lentos.
Tenía que aprender a caminar de manera diferente.
Su cuerpo se había acostumbrado a compensar el peso.
Durante mucho tiempo había abierto una pata hacia afuera.
Ahora ya no necesitaba hacerlo.
Pero su cabeza todavía no lo sabía.
Daba un paso raro.
Se detenía.
Probaba otro.
Los veterinarios decían que era normal.
Canelo avanzaba como alguien que no confiaba en su propio cuerpo.
A la semana ya podía caminar por el pasillo.
A las dos semanas estaba mucho más firme.
Mariana grabó un video corto.
En él, Canelo caminaba hacia ella.
Todavía despacio.
Todavía algo torpe.
Pero recto.
Cuando llegó hasta sus piernas, recibió un trozo de comida.
Entonces ocurrió algo que nadie en la clínica había visto.
Movió toda la parte trasera del cuerpo intentando mover la cola.
—Eso sí cuenta —dijo Mariana riéndose.
La recuperación física fue más rápida que otra cosa.
La confianza.
Ahí estaba el verdadero trabajo.
Canelo se asustaba con las llaves.
Con una escoba.
Con los pasos detrás de él.
Con las puertas que se cerraban.
Con cualquier persona que levantara el brazo demasiado rápido.
No sabían exactamente qué le había ocurrido antes.
Mariana decidió no inventar una historia.
Quizá alguien lo había tratado mal.
Quizá simplemente había sobrevivido tantos años evitando personas, coches y peligros que había aprendido a desconfiar de todo.
Lo único seguro era el resultado.
Canelo había aprendido que acercarse a un ser humano podía ser peligroso.
Ahora tenía que aprender lo contrario.
Las pisadas podían significar comida.
Una mano podía significar una caricia.
Una puerta abierta no siempre significaba que iban a echarlo.
Una correa no siempre significaba miedo.
Y un automóvil podía llevarlo a casa.
Cuando llegó el momento de darle el alta, la clínica necesitaba un hogar temporal.
—Dos semanas —dijo Mariana.
Lo dijo con firmeza.
Como si estuviera negociando un contrato.
—Puedo tenerlo dos semanas.
Vivía en un departamento sencillo.
Tenía espacio suficiente, pero no demasiado.
Además, trabajaba muchas horas.
No podía adoptar un perro.
Eso se repitió varias veces.
A la veterinaria.
A su hija por teléfono.
A una compañera del hospital.
Y a sí misma.
—Dos semanas.
La primera noche fue difícil.
Canelo entró al departamento y se quedó junto a la puerta.
No quiso avanzar.
Mariana había preparado una cama para perro cerca del sofá.
También había comprado recipientes para comida y agua.
Canelo no miró nada.
Solo observaba la puerta.
—No tienes que decidir hoy —le dijo Mariana.
Dejó la manta vieja de la carretera en el suelo.
La misma sobre la que se había acostado aquella primera mañana.
Canelo la olfateó.
Se acostó encima.
Durmió allí.
A las cuatro de la mañana, Mariana se despertó.
Escuchó pasos suaves.
Se levantó.
Canelo estaba frente a la ventana.
Miraba los coches que pasaban por la avenida.
Cada vez que uno reducía la velocidad, sus orejas se tensaban.
Su cuerpo se ponía rígido.
Después el coche continuaba.
Canelo seguía mirando.
Mariana entendió.
Había vivido años viendo vehículos pasar.
Algunos quizá le arrojaban comida.
Otros tocaban el claxon.
Otros simplemente continuaban.
Para él, los coches eran impredecibles.
Mariana se sentó en el suelo detrás del perro.
No lo llamó.
Después de un rato, Canelo regresó a la manta.
A la mañana siguiente ocurrió lo mismo.
Y también la siguiente.
Durante la primera semana, el perro despertaba antes del amanecer y caminaba hacia la ventana.
Se quedaba allí.
Observando.
Como si todavía esperara descubrir si aquel lugar era permanente.
Mariana empezó a tener una rutina.
Salían temprano.
Canelo caminaba despacio.
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