Y nosotros nos culpábamos porque el botón de llamada no funcionaba.
Luna no parecía interesada en repartir culpas.
Simplemente se apoyó contra Mariana hasta que la muchacha dejó una mano sobre la mancha blanca de su pecho.
Tito permaneció cinco días en observación.
Poco a poco comenzó a comer.
Recuperó fuerzas.
Al tercer día ya ladraba cada vez que Luna se alejaba.
La primera vez que ocurrió, ella se acercó a la jaula y lo miró.
Tito ladró otra vez.
Luna estornudó.
El cachorro volvió a ladrar.
Y entonces la cola de Luna empezó a moverse.
El cuarto día permitimos que estuvieran juntos bajo supervisión.
Tito caminó debajo del pecho de Luna, se acomodó entre sus patas delanteras y se durmió.
Ella permaneció inmóvil casi una hora.
Con ayuda de una familia temporal, conseguimos un lugar para Tito mientras Rosa y Mariana buscaban vivienda.
Desde el principio dejamos algo muy claro.
El objetivo era reunirlos.
Tito no estaba en adopción.
Mariana lo visitaba tres veces por semana.
Llegaba después de la escuela con sus cuadernos.
Se sentaba junto al corral y hacía la tarea mientras Tito mordía sus agujetas.
A veces le leía en voz alta.
También grabó su voz para que la familia temporal se la pusiera durante las noches.
Luna asistía a casi todas aquellas visitas.
Pronto comenzó a hacer algo curioso.
Cuando sabía que Mariana llegaría, tomaba la manta de Tito entre los dientes y esperaba cerca de la entrada.
Si Mariana tardaba, Luna permanecía allí.
Con la manta.
Mirando la puerta.
Dos semanas después apareció una posibilidad.
Un pequeño departamento temporal permitía perros.
Solo necesitaba algunas reparaciones antes de poder ocuparse.
La espera estimada era de cuatro semanas.
Mariana empezó a contar los días.
Tito creció.
Aprendió a sentarse antes de recibir comida.
Aprendió a seguir a Luna por los pasillos.
También descubrió que podía agarrar el extremo de su correa y caminar junto a ella como si fuera él quien la paseaba.
Luna soportaba sus mordiscos en las orejas.
Movía las patas cuando Tito intentaba dormir debajo.
Y comenzó a enseñarle una costumbre extraña.
Cada vez que pasaban junto al contenedor de donaciones, Luna se detenía.
Tito también.
Ella tocaba el metal con la nariz.
Escuchaba durante unos segundos.
Y continuaba.
Nosotros empezamos a hacer lo mismo.
Revisábamos el contenedor cada vez que pasábamos.
El día treinta llegó una mala noticia.
El departamento no había superado la primera revisión.
Una instalación necesitaba reparación.
La fecha de entrega se retrasaba.
Mariana se sentó junto al corral de Tito sin quitarse la mochila.
—¿Y si alguien lo adopta?
—No está en adopción.
—¿Y si cambian de opinión?
—Todo está por escrito. Está esperando por ustedes.
Mariana guardó silencio.
—¿Y si tarda tanto que deja de recordarme?
Tito estaba mordiendo una oreja de Luna.
Al escuchar la voz de Mariana, soltó la oreja.
Cruzó el corral.
Puso las dos patas delanteras sobre las rodillas de la chica.
Mariana lo levantó.
—Te recuerda —le dije.
Luna observó desde su manta.
El día cuarenta y seis, Rosa recibió las llaves.
El departamento tenía dos habitaciones pequeñas y un patio compartido.
El contrato permitía un perro de tamaño pequeño.
Tito todavía cabía perfectamente dentro de esa condición.
Preparamos su transportín, alimento, papeles veterinarios y juguetes.
También entregamos la sudadera roja.
Mariana la dobló y la colocó debajo de su manta.
Luna los acompañó hasta la entrada.
Tito caminaba junto a ella.
Cuando llegaron a la puerta, el cachorro se detuvo.
Luna también.
Tito regresó.
Puso una pata sobre la mancha blanca de su pecho.
Le lamió el hocico.
Después Mariana lo llamó.
Y Tito se fue con ella.
Pensé que ahí terminaba la historia.
Me equivoqué.
Aquella tarde saqué a Luna.
Llegó al contenedor.
Se detuvo.
Y arañó dos veces.
No como aquella primera mañana.
No desesperada.
Sonó como alguien llamando a una puerta.
Elena, una mujer que había dirigido el refugio años atrás y que había venido de visita, estaba detrás de mí.
Se le cayó la carpeta que llevaba.
—Conozco ese sonido —dijo.
Yo la miré.
Elena abrió la carpeta.
Dentro había una fotografía antigua.
Mostraba a una cachorra gris de cuatro meses sentada dentro del mismo contenedor.
Tenía una mancha blanca torcida en el pecho.
Era Luna.
Cinco años antes, Elena había llegado al refugio muy temprano y había escuchado arañazos dentro del contenedor.
Al abrirlo encontró a la cachorra debajo de unas toallas.
También había una nota.
Elena todavía conservaba una copia.
Decía:
Lo siento.
Se llama Luna.
Ya no puedo tenerla en casa.
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