Perdió a sus seis cachorros y dejó de comer cinco días, hasta que escuchó un llanto dentro de una caja

Una perra perdió a sus seis cachorros, dejó de comer cinco días y una caja de cartón cambió todo en 47 segundos.

Daniela dejó la caja sobre el mostrador de recepción y mantuvo una mano encima de la tapa.

—Sé que debí llamar antes —me dijo—. Pero no podía perder tiempo.

Yo miré la caja. Desde dentro salió un chillido débil.

—¿Qué traes ahí?

Daniela respiró hondo.

—Cuatro cachorros. Tendrán unos doce días. No tienen madre. Y creo que Luna es su única oportunidad.

Sentí que se me cerraba el estómago.

Luna llevaba cinco días acostada frente a la pared de su jaula.

Cinco días sin ladrar.

Cinco días casi sin comer.

Cinco días después de perder a sus seis cachorros.

Me llamo Teresa Salgado, tengo 55 años y desde hace diecisiete dirijo un pequeño refugio de animales en las afueras de Pátzcuaro, Michoacán.

Antes trabajé muchos años como enfermera. Pensé que eso me había preparado para ver dolor.

Me equivocaba.

He visto cientos de perros enfermos, abandonados, viejos, asustados o heridos. Pero nunca había visto a una madre rendirse como Luna.

Luna llegó un lunes por la tarde.

Tenía tres años, pesaba unos 28 kilos y era una mezcla de bóxer, de pelaje atigrado con manchas blancas, máscara negra y una oreja izquierda que siempre caía hacia un lado.

Hasta ese día había vivido con Arturo, un hombre de 43 años que criaba algunos perros en su casa.

Aquella mañana, Arturo llevaba a Luna y a sus seis cachorros de once días hacia Morelia.

Los pequeños viajaban dentro de una caja de madera en la parte trasera del vehículo.

En una curva de la carretera ocurrió el accidente.

La caja no estaba bien asegurada.

Cinco cachorros murieron casi en el momento. El sexto, el más pequeño de la camada, sobrevivió apenas un poco más y murió mientras intentaban atenderlo.

Luna tuvo una lesión en el hombro, pero estaba fuera de peligro.

Arturo la entregó al refugio esa misma tarde.

Cuando firmó los papeles, no pudo mirarla.

—No puedo llevármela a casa después de esto —dijo.

Luna tampoco lo miró.

Desde que entró en la zona médica, se acostó en una cama junto a la pared y apoyó el hocico contra ella.

Durante las primeras 36 horas casi no bebió.

Rechazó el alimento.

Su cuerpo todavía producía leche porque no entendía lo que había ocurrido.

El veterinario del refugio, el doctor Ricardo López, la examinaba varias veces al día.

Al tercer día me encontró sentada en el suelo de la jaula.

Yo tenía un libro abierto sobre las piernas.

No le estaba leyendo a Luna. Solo me sentaba allí una hora cada tarde para que supiera que alguien seguía cerca.

Ricardo observó a Luna.

—Teresa, físicamente puede recuperarse.

—¿Y lo demás?

Él tardó varios segundos en responder.

—No lo sé.

Luna no levantó la cabeza.

Ricardo bajó la voz.

—Hay animales que dejan de luchar.

Aquella frase me acompañó durante dos días.

Hasta que Daniela apareció con aquella caja.

Tenía 27 años y trabajaba como técnica veterinaria en una pequeña clínica de Morelia. Nunca había visitado nuestro refugio.

Tres horas antes, un hombre había encontrado una caja de cartón junto a una carretera secundaria.

Dentro había cuatro cachorros recién nacidos.

Alguien los había dejado allí.

Estaban fríos, débiles y hambrientos.

En la clínica intentaron alimentarlos con biberón, pero apenas respondían.

Eran demasiado pequeños.

—El veterinario con el que trabajo escuchó que ustedes tenían una perra que había perdido su camada —explicó Daniela—. Pensamos que tal vez…

No terminó la frase.

Yo sí sabía lo que estaba pensando.

—¿Quieres intentar que Luna los acepte?

Daniela asintió.

—Sé que puede rechazarlos.

—También podría lastimarlos.

—Lo sé.

Llamé a Ricardo.

Llegó a recepción, miró dentro de la caja y se quedó en silencio.

Sobre una manta había cuatro cachorros diminutos.

Dos eran negros.

Uno era negro con manchas blancas.

El cuarto era atigrado y blanco.

Ese último era claramente el más pequeño.

Apenas empezaban a abrir los ojos.

Ricardo se agachó.

—Tienen una edad muy parecida a la que tendrían los cachorros de Luna.

Luego nos miró.

—Podría funcionar.

Daniela apretó las manos contra el borde de la caja.

—¿De verdad?

—También podría salir muy mal.

Ricardo nos explicó que algunas madres aceptan cachorros ajenos cuando han perdido recientemente a los suyos, especialmente si siguen produciendo leche.

Pero no había garantías.

Luna podía ignorarlos.

Podía ponerse nerviosa.

Podía rechazarlos inmediatamente.

—Tenemos que hacerlo dentro de su espacio —dijo Ricardo—. Sin obligarla. Y alguien debe estar preparado para sacar a los cachorros al primer signo de agresividad.

Yo cerré la tapa de la caja.

—Entonces vamos.

Caminamos hasta la zona de aislamiento.

Alejandra, una cuidadora del refugio que llevaba seis años trabajando conmigo, vino también.

Miré por la pequeña ventana de la puerta.

Luna seguía exactamente igual.

De espaldas.

Frente a la pared.

No había cambiado de posición desde hacía varias horas.

Abrí.

Entré con la caja.

La coloqué en el suelo, a unos dos metros de Luna.

Ricardo permaneció junto a la puerta abierta.

Alejandra sostenía una manta limpia.

Daniela se quedó en el pasillo.

Yo levanté la tapa.

Durante los primeros ocho segundos no pasó absolutamente nada.

Entonces el cachorro atigrado soltó un pequeño chillido.

Era un sonido agudo, corto.

Luna movió una oreja.

Solo eso.

Su oreja izquierda, la que normalmente caía sobre un lado de su cabeza, se levantó ligeramente.

El cachorro volvió a llorar.

Otro respondió.

Luego un tercero.

Luna levantó el hocico del suelo.

Sentí que Daniela agarraba mi brazo desde la puerta.

Luna todavía no nos miraba.

Levantó la nariz.

Olfateó.

Una vez.

Dos veces.

Después giró lentamente la cabeza hacia la caja.

Nadie habló.

Luna se incorporó.

Yo llevaba cinco días esperando verla levantarse por decisión propia.

Habíamos tenido que ayudarla para salir unos minutos y para recibir tratamiento.

Pero aquella vez nadie la tocó.

Se puso de pie sola.

Caminó hacia nosotros.

Su pata delantera izquierda seguía algo rígida por la lesión, así que avanzó despacio.

Un paso.

Otro.

Otro.

Llegó hasta la caja.

Ricardo extendió ligeramente los brazos, preparado para intervenir.

Luna bajó el hocico.

Miró a los cuatro pequeños.

Daniela empezó a llorar sin hacer ruido.

Yo no respiraba.

Luna acercó la nariz al cachorro atigrado.

Lo olfateó.

Después sacó la lengua y le lamió la cabeza.

Una sola vez.

El cachorro dejó de llorar.

Luna volvió a lamerlo.

Luego pasó al cachorro negro que estaba a su lado.

Después al blanco y negro.

Después al último.

Los limpió uno por uno.

Exactamente como una madre limpia a sus recién nacidos.

Pensé que aquello sería todo.

Me equivocaba.

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