La mujer observó el reloj.
—Eran las nueve.
—Lo sé. Lo siento. Hubo un problema con el transporte y después encontré a un señor con una rueda ponchada…
La mujer levantó una mano.
—Las normas son claras. Los candidatos deben ser puntuales.
—Solo llegué unos minutos tarde.
—El comité ya está entrevistando a la siguiente persona.
Mariana sintió que la garganta se le cerraba.
—Por favor.
—Lo siento. Ha perdido su turno.
Mariana permaneció inmóvil.
—Pero me detuve porque alguien necesitaba ayuda.
La mujer suspiró.
—Eso puede ser admirable, pero no cambia el horario establecido.
Luego miró el suelo.
—Además, está ensuciando la entrada.
Aquella frase fue peor que la anterior.
Mariana bajó la cabeza y salió.
De regreso a casa, miró desde el autobús el campus que había imaginado durante años.
Las bibliotecas.
Los jardines.
Los jóvenes entrando a clases.
Todo parecía alejarse.
Cuando llegó a su edificio, no tuvo fuerzas para entrar.
Se sentó en el pasillo, frente a la puerta del departamento, abrazándose las piernas.
Y comenzó a llorar.
La puerta se abrió.
Teresa apareció todavía con su uniforme de trabajo.
Miró el cabello mojado.
El traje destruido.
Las manos con restos de grasa.
No preguntó nada.
Simplemente se arrodilló y abrazó a su hija.
—Estás helada.
Veinte minutos después, Mariana estaba sentada en la pequeña cocina con ropa seca y una taza caliente entre las manos.
Entonces contó todo.
El autobús.
La carrera.
El anciano.
La rueda.
Los cuatro minutos.
La mujer de recepción.
Cuando terminó, bajó la mirada.
—Arruiné el traje, mamá.
Teresa permaneció callada.
—Lo siento.
—¿Te detuviste sabiendo que podías perder la beca?
Mariana asintió.
—Sí.
Teresa tomó su mano.
—Entonces escucha bien lo que voy a decirte.
Mariana esperaba un reproche.
No llegó.
—Nunca he estado más orgullosa de ti.
Mariana levantó los ojos.
—Pero perdí la beca.
—Una beca puede pagar una universidad. No puede comprar la clase de persona que eres.
—¿Y ahora qué hacemos?
Teresa respiró profundamente.
—Lo mismo que hemos hecho siempre. Buscar otra manera.
Teresa tenía que ir a trabajar. Desde hacía tres años limpiaba una residencia grande en una zona exclusiva de Zapopan.
Antes de salir, se volvió hacia Mariana.
—No permitas que cuatro minutos te hagan pensar que fracasaste como persona.
Cuando se quedó sola, Mariana encendió su vieja computadora.
Buscó universidades más económicas.
Después buscó empleos.
Cajera.
Ayudante de cocina.
Dependienta.
Limpieza.
Quizá podría trabajar todo el día y estudiar por la noche.
Entonces escuchó caer el correo por la ranura de la puerta.
Había publicidad y varias facturas.
Una llevaba impresa una advertencia de pago pendiente.
Mariana reconoció inmediatamente de qué se trataba.
Electricidad.
Teresa llevaba meses pagando solo una parte.
Mariana colocó el sobre sobre la mesa.
Ahora la pérdida de la beca dolía todavía más.
No era únicamente su sueño.
Era también la oportunidad de aliviar la carga de su madre.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, el hombre del automóvil entraba en una oficina privada.
Se llamaba Arturo Valdés.
Había construido una enorme fortuna durante décadas y, años atrás, después de perder a su esposa, había creado una beca para estudiantes con expedientes sobresalientes y pocos recursos.
La misma beca cuya entrevista Mariana acababa de perder.
Arturo llamó a su asistente.
—Necesito que localices a una joven llamada Mariana López.
—¿Quién es?
Arturo miró una pequeña mancha de grasa que aún quedaba en el puño de su camisa.
—La persona que me recordó para qué existe nuestra beca.
Minutos después habló con la responsable de las entrevistas.
—¿Una joven llamada Mariana López llegó tarde esta mañana?
—Sí.
—¿La entrevistaron?
—No. Llegó fuera de horario y en condiciones poco apropiadas.
Arturo frunció el ceño.
—¿Condiciones poco apropiadas?
—Su ropa estaba llena de barro y grasa.
Arturo miró nuevamente su manga.
—Yo sé exactamente por qué.
Hubo silencio.
Arturo explicó lo ocurrido.
Después pidió que le enviaran la solicitud completa de Mariana.
Leyó sus calificaciones.
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