Perdió su única habitación por ayudar a una anciana, pero jamás imaginó quién era ella realmente

Un repartidor de 18 años perdió su única habitación por ayudar a una anciana, sin saber quién era realmente.

—Señora, no se acerque tanto a la calle.

La mujer se detuvo justo antes de bajar de la acera. Miró a Mateo como si hubiera oído una voz desde muy lejos, pero no supiera de dónde venía.

—Estoy esperando el autobús número doce —dijo—. Tiene que pasar por aquí. Siempre pasa por aquí.

Mateo miró el poste torcido de la parada. El letrero estaba tan desteñido que apenas se distinguían los números, pero él conocía bien aquella zona de San Miguel del Valle, un pequeño pueblo del centro de México.

La línea doce llevaba meses sin pasar por allí.

—¿A dónde quiere ir?

La anciana apretó su bolso contra el pecho. Tenía el cabello blanco recogido con una horquilla y llevaba un abrigo beige demasiado grande para su cuerpo.

—A casa —respondió—. Mi marido debe estar preocupado.

Luego bajó la mirada y añadió, casi en un susurro:

—Aunque quizá todavía no haya vuelto del trabajo.

Mateo sintió un nudo en el estómago.

No sabía quién era aquella mujer ni cuánto tiempo llevaba sola, pero había algo claro: estaba perdida.

También sabía otra cosa.

Le quedaban veintisiete minutos para entregar el último paquete del día.

Si llegaba antes de las ocho, cobraría lo suficiente para pagar una semana más en la pequeña habitación que alquilaba detrás de una pensión. Si no llegaba, perdería el encargo, el pago y probablemente el techo.

El dueño se lo había dicho aquella misma mañana.

—Hoy no hay prórroga, Mateo. O pagas esta noche o mañana saco tus cosas.

Mateo no había discutido. Nunca discutía cuando sabía que la otra persona tenía razón.

Solo había ajustado la vieja mochila de repartidor y había salido a trabajar en la bicicleta que había pertenecido a su madre.

Era una bicicleta pesada, de color verde oscuro, con el manillar gastado y una parrilla reforzada. Su madre la usaba para llevar canastas de pan. Desde que ella murió, era el transporte de Mateo, su herramienta de trabajo y el recuerdo más cercano que conservaba.

Mateo miró la hora en su teléfono. La pantalla estaba rota en una esquina.

Veinticinco minutos.

Podía marcharse o confiar en que otra persona se detendría.

Pero tres personas pasaron junto a la anciana sin mirarla.

La mujer volvió a acercarse al borde de la acera.

—El doce tiene que venir —repitió—. Mi nieto dijo que no tardaría.

Mateo dejó escapar el aire lentamente.

—Vamos a buscar su dirección, ¿de acuerdo?

Ella lo observó con desconfianza durante unos segundos.

—¿Tú trabajas aquí?

—Trabajo por todo el pueblo.

—Ah. Entonces debes conocer muchas calles.

—Algunas más de las que quisiera.

La anciana sonrió apenas. Su sonrisa era amable, pero frágil.

Mateo abrió el bolso con su permiso. Encontró un pañuelo bordado, unas monedas, un peine pequeño, dos caramelos envueltos, un recibo antiguo y una fotografía doblada.

Entre sus cosas había una fotografía familiar, pero Elena no pudo recordar los nombres. Entonces Mateo vio una cadena de plata alrededor de su cuello. Del extremo colgaba una medalla ovalada.

—¿Puedo verla?

Ella asintió.

En la parte posterior había un nombre y una dirección grabados con letras pequeñas:

“Elena Robles. Camino de los Almendros, 28. Colinas del Norte”.

Mateo conocía el lugar.

Todo el mundo en la zona había oído hablar de Colinas del Norte. Era un barrio apartado, construido sobre las lomas, donde las casas tenían muros altos, jardines enormes y portones que se abrían sin que nadie bajara del coche.

En bicicleta, el trayecto podía durar casi dos horas.

Y la mayor parte era cuesta arriba.

Mateo volvió a mirar el reloj.

Veintiún minutos.

Si pedaleaba con todas sus fuerzas, todavía podía completar la entrega. Si acompañaba a Elena, no había ninguna posibilidad.

—¿Está muy lejos mi casa? —preguntó ella.

Mateo la miró.

Sus ojos estaban húmedos y desorientados. No tenía la expresión de alguien acostumbrado a pedir ayuda, sino la de una persona que de pronto ya no reconocía el mundo que siempre había conocido.

Él recordó a su madre durante sus últimas semanas.

Ella también preguntaba varias veces lo mismo.

También se disculpaba por molestar.

También intentaba sonreír cuando tenía miedo.

Mateo guardó el teléfono.

—No está cerca —dijo—, pero vamos a llegar.

—¿En autobús?

—Hoy el autobús somos nosotros.

Elena miró la vieja bicicleta y luego lo miró a él.

—Eso no parece muy cómodo.

—No lo es —admitió Mateo—. Pero la parrilla aguanta. Mi madre cargaba sacos de harina más pesados que usted.

La mujer soltó una risa corta.

—Eso ha sido un cumplido muy extraño.

—Era la idea.

Mateo dobló una bufanda y la colocó sobre la parrilla para hacer un asiento. Después aseguró el bolso de Elena dentro de la mochila y le prestó su chaqueta, aunque debajo solo llevaba una sudadera fina.

—Sujétese de mi cintura. Iremos despacio.

—No quiero causarte problemas.

—Ya veremos los problemas cuando lleguemos.

Elena se sentó con cuidado. Mateo comprobó dos veces que sus pies no quedaran cerca de la rueda.

Luego empezó a pedalear.

Los primeros metros fueron difíciles.

La bicicleta rechinó como si protestara. La cadena dio un tirón y la rueda trasera se movió de lado, pero Mateo corrigió el equilibrio.

—¿Vas bien? —preguntó.

—He viajado peor —respondió Elena.

—¿En qué?

—No lo recuerdo.

Durante un rato avanzaron por calles conocidas. Pasaron frente al mercado, la plaza pequeña y una panadería que ya estaba bajando la cortina.

Mateo evitó mirar la ruta del reparto.

A las ocho y tres minutos, su teléfono vibró.

No necesitó leer el mensaje para saber qué decía.

La entrega había sido cancelada.

A las ocho y siete, llegó otro aviso.

“Pago no realizado”.

Mateo apagó el teléfono.

—¿Era algo importante? —preguntó Elena desde atrás.

—Nada que no pueda esperar.

Era mentira.

Pero fue la única mentira que dijo aquella noche.

Conforme salían del pueblo, las calles se hacían más empinadas. Mateo pedaleaba de pie en los tramos duros y bajaba para empujar cuando la bicicleta ya no respondía.

Elena preguntó cinco veces cuánto faltaba.

Mateo respondió cinco veces con la misma paciencia.

—Un poco menos que antes.

A veces hablaba con claridad sobre el piano y su nieto. Luego, sin aviso, preguntaba por su marido.

—¿Crees que estará molesto conmigo?

Mateo no sabía si el hombre de la fotografía seguía vivo.

—Creo que estará feliz de verla llegar.

—Siempre decía que yo me preocupaba demasiado.

—Las personas que quieren a alguien suelen hacer eso.

Elena guardó silencio.

Después apoyó una mano ligera sobre el hombro de Mateo.

—Tú también te preocupas demasiado.

A mitad del camino, Mateo se detuvo junto a un pequeño puesto de carretera. No era una cadena ni un negocio elegante, solo una ventana iluminada donde una mujer vendía café, té, pan y sopa a los conductores.

Mateo contó las monedas que llevaba.

Le alcanzaban para una taza de té y un pan pequeño.

Nada más.

—No tengo hambre —dijo Elena.

Su voz tembló al decirlo.

Mateo compró el té de todas formas. Lo sostuvo mientras ella bebía, porque sus manos no dejaban de moverse.

—Toma tú también —ordenó Elena.

—Es para usted.

—No discutas con una mujer mayor. Nunca termina bien.

Mateo tomó un sorbo.

El sabor caliente le recordó las noches en que su madre regresaba cansada y aun así calentaba agua para los dos.

Elena partió el pan en dos y le dio la parte más grande.

—A mi nieto también le costaba aceptar ayuda —dijo.

—¿Dónde está él?

La mujer se quedó quieta.

Por primera vez desde que habían salido, su mirada pareció enfocarse por completo.

—Ya no está —respondió—. Desde hace muchos años.

Mateo bajó la cabeza.

—Lo siento.

—Yo también.

No hablaron durante varios minutos.

Cuando reanudaron el camino, Elena volvió a olvidar que le había contado aquello.

Empezó a tararear una canción antigua y le pidió a Mateo que la llevara a casa antes de que su madre se preocupara.

Él no la corrigió.

—Sí, señora Elena. Ya casi llegamos.

El portón del número 28 apareció poco después de las nueve y media.

Era alto, de hierro oscuro, con enredaderas en los costados. Detrás se veía una casa grande de paredes claras, balcones amplios y muchas ventanas encendidas.

Mateo apenas tuvo fuerzas para bajar de la bicicleta.

Tocó el timbre.

Nadie respondió al principio.

Volvió a tocar, esta vez durante más tiempo.

Las luces del vestíbulo se encendieron. Un hombre mayor salió casi corriendo, seguido por una mujer con uniforme sencillo de trabajo.

—¡Señora Elena!

El hombre abrió el portón con manos temblorosas.

—¿Dónde estaba? Hemos llamado a clínicas, hospitales y comisarías. Salió después de comer y nadie la vio marcharse.

Elena miró la casa como si la reconociera poco a poco.

—Fui a tomar el autobús —dijo—. Pero este joven me trajo.

El hombre observó la bicicleta oxidada, la mochila de reparto y los zapatos gastados de Mateo.

—¿La trajiste desde el pueblo en esa bicicleta?

Mateo asintió.

—Encontré la dirección en su medalla.

El hombre cerró los ojos un instante, como si necesitara contener algo.

—Me llamo Ignacio. Cuido esta casa desde hace más de treinta años. No sé cómo agradecerte esto.

La mujer que lo acompañaba ayudó a Elena a ponerse de pie.

—Entren —dijo Ignacio—. Los dos. Hay comida caliente. Puedo pedir que te lleven de regreso.

Mateo miró la hora.

Ya no tenía habitación a la cual volver, pero todavía no estaba preparado para decirlo en voz alta.

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