Pidió transferir veinte millones y lo humillaron sin imaginar quién era realmente el hombre frente a ellos

Verónica lo observó con mayor atención.

—¿Quién es usted?

—Ya tienen mi nombre.

Karla miró la tarjeta a través de la pequeña abertura del cajón.

—Alejandro Mendoza.

Un hombre mayor que esperaba cerca de la entrada levantó la cabeza.

—¿Alejandro Mendoza?

Otro cliente se volvió.

—¿El del grupo financiero?

Verónica palideció ligeramente.

Pero intentó recuperar el control.

—Hay muchas personas con ese nombre.

Alejandro no dijo nada.

Lucía buscó rápidamente algo en su teléfono.

Sus ojos se abrieron.

Miró la pantalla.

Luego miró a Alejandro.

—Es él.

Verónica giró hacia ella.

—¿Qué está diciendo?

—Es Alejandro Mendoza.

Diego retrocedió un paso.

Karla comenzó a buscar la llave del cajón.

—Un momento —murmuró.

Pero Alejandro levantó una mano.

—No.

Todos lo miraron.

—Hace cinco minutos mi tarjeta parecía robada. Quiero saber qué ha cambiado.

Nadie respondió.

—¿Mi identificación? Es la misma.

Silencio.

—¿Mi ropa? Es la misma.

Nada.

—¿Mi cara? También.

Mariana respiró profundamente.

Alejandro continuó.

—Lo único que cambió fue que descubrieron cuánto poder creen que tengo.

La frase cayó sobre la sala con más fuerza que cualquier grito.

Lucía bajó el teléfono unos centímetros.

—Eso es lo peor de todo —dijo—. No debería necesitar ser importante para recibir respeto.

Alejandro la miró.

—Exactamente.

Verónica intentó intervenir.

—Señor Mendoza, creo que ha habido una confusión.

—No.

—Podemos hablar en mi oficina.

—Tampoco.

—Esto no necesita hacerse delante de todos.

Alejandro miró alrededor.

—Usted decidió hacerlo delante de todos cuando insinuó que había robado una tarjeta.

Karla bajó la cabeza.

Verónica cambió de estrategia.

—Estábamos protegiendo a la institución.

—¿De qué?

No obtuvo respuesta.

Alejandro sacó su teléfono.

—Elena.

La llamada seguía abierta.

—Aquí estoy.

La voz se escuchó claramente.

Verónica miró el aparato.

—¿Quién es Elena?

—La persona que ha estado registrando este incidente.

La gerente perdió el color del rostro.

Alejandro siguió hablando.

—Necesito que informes a dirección y al área de personal. Esta sucursal queda bajo revisión inmediata.

—Entendido.

Verónica dio un paso hacia él.

—No puede hacer eso sin escuchar mi versión.

Alejandro la miró con calma.

—La he estado escuchando durante más de veinte minutos.

Diego se pasó una mano por la frente.

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