Marcos, el empleado de recursos humanos, pulsó el botón del ascensor.
—Este no —dijo al ver que Elena se acercaba—. El personal externo usa el montacargas.
—He venido como candidata.
—Ya no eres candidata.
—¿Así habla el departamento de recursos humanos a las personas rechazadas?
—Depende de cómo vengan vestidas.
Antes de que Elena pudiera responder, Ricardo salió de la sala con su currículum en la mano.
—¡Señora Navarro!
Todo el mundo se volvió.
Ricardo levantó las páginas.
—Para que no pierda el tiempo esperando una llamada.
Rompió el currículum delante de todos.
Las hojas cayeron sobre el suelo brillante.
—Está descartada —anunció—. Y no vuelva a presentarse a ningún puesto del grupo.
Beatriz apareció detrás de él con el libro de Elena.
—También se deja esto.
Lo arrojó al suelo.
El libro se deslizó hasta tocar el zapato de Elena.
Álvaro aplaudió.
Otros lo imitaron.
—De vuelta a la biblioteca —gritó.
Elena se agachó y recogió el libro.
Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Ella pasó la mano por la cubierta gastada y levantó la cabeza.
—Han convertido una entrevista en un espectáculo cruel.
Ricardo sonrió.
—Y usted ha convertido una oportunidad en una pérdida de tiempo.
—No. Ustedes han perdido algo mucho más importante.
—¿Qué cosa?
—La confianza de la persona equivocada.
Ricardo soltó una carcajada.
—Lárguese.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Elena entró con la cabeza alta.
Cuando las puertas comenzaron a cerrarse, vio a Álvaro levantar otra vez el teléfono. Lorena estaba enviando el video a un grupo de mensajería.
Marcos se rio mientras recogía las hojas rotas con la punta del zapato.
Nadie parecía preocupado.
Todavía no.
El ascensor descendió solo un piso.
Después se detuvo.
Las puertas se abrieron y apareció Daniel Castro, asistente del director general. Llevaba un traje azul sencillo y el rostro tenso.
—Señora Navarro —dijo—. La estábamos buscando.
—Ya me han encontrado.
Daniel vio el libro en sus manos y la bolsa abierta.
—¿Qué ha ocurrido?
—Quiero que reúna al director general, al responsable jurídico y a dos miembros independientes del consejo.
—Están en una reunión.
—Que la interrumpan.
Daniel tragó saliva.
—Sí, presidenta.
Las puertas se cerraron.
Arriba, la sala de entrevistas seguía llena de bromas.
Álvaro ya se había sentado en el lugar de Elena. Ricardo le ofrecía café. Beatriz comentaba que el puesto requería a alguien con “buena presencia”.
Tomás eliminó de la pantalla la diapositiva de la camisa de lino.
—Qué mujer tan problemática —dijo.
—Este tipo de gente siempre llega con resentimiento —respondió Beatriz.
Álvaro cruzó una pierna.
—No se preocupen. Cuando yo esté dentro, podemos endurecer el filtro.
—Eso esperamos de ti —dijo Ricardo.
—¿Cuándo firmamos?
—Primero hacemos la entrevista formal. Luego seguiremos el procedimiento para que parezca correcto.
Todos rieron.
No habían visto que Daniel había regresado al pasillo.
Tampoco notaron que dos miembros del consejo se acercaban con él.
Diez minutos después, las puertas de la sala se abrieron.
El director general, Javier Montes, entró primero.
Tenía cincuenta y ocho años, cabello entrecano y una reputación de hombre exigente. No solía levantar la voz. No lo necesitaba.
Detrás de él venían la responsable jurídica, dos consejeros y Daniel.
Elena entró al final.
Ricardo se levantó inmediatamente.
—Javier, qué sorpresa. Estamos en medio del proceso para la vicepresidencia.
Javier no lo miró.
Caminó directamente hacia Elena.
Se detuvo frente a ella e inclinó ligeramente la cabeza.
—Señora presidenta, lamento profundamente lo ocurrido. Nadie me informó de que ya había llegado.
La habitación quedó en silencio.
Álvaro dejó la taza sobre la mesa con tanta rapidez que derramó café.
Beatriz abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
Tomás miró a Ricardo.
Ricardo perdió el color.
—¿Presidenta? —susurró.
Elena dejó la bolsa sobre la mesa.
Sacó una pequeña acreditación y la colocó junto a los pedazos de su examen.
En ella podía leerse:
“Elena Navarro. Presidenta del Consejo de Supervisión”.
Álvaro se levantó.
—Esto debe ser una broma.
Javier lo miró por primera vez.
—No lo es.
Elena recorrió la sala con la mirada.
—No vine a solicitar un empleo.
Nadie se movió.
—Vine a comprobar si el sistema de selección que diseñé hace diez años seguía evaluando a las personas por sus méritos.
Señaló las hojas rotas.
—Ya tengo la respuesta.
Ricardo intentó sonreír.
—Señora Navarro, ha habido un malentendido.
—¿Qué parte ha sido un malentendido?
—No sabíamos quién era usted.
—Ese era precisamente el objetivo.
—Habríamos actuado de otra forma.
Elena lo miró fijamente.
—Ese es el problema, señor Salas. Habrían actuado de otra forma conmigo porque tengo poder. Pero no con una candidata desconocida.
Beatriz se puso de pie.
—La ropa era poco adecuada para el cargo. Solo estábamos aplicando los estándares.
—¿Qué estándar justifica llamarme empleada de limpieza?
—Fue una broma.
—¿Qué estándar permite ridiculizar a una candidata frente a otras personas?
—La situación se salió de control.
—¿Qué estándar permite romper un currículum sin leerlo?
Beatriz bajó la mirada.
Tomás intervino.
—La prueba no era satisfactoria.
Elena unió dos pedazos del examen.
—¿Puede explicar por qué contenía datos contradictorios y monedas mezcladas?
Tomás no respondió.
—¿Puede explicar por qué mi análisis detectó todos los errores y aun así fue descartado en segundos?
—No tuve tiempo de revisarlo.
—Pero sí tuvo tiempo de burlarse.
Javier se acercó a la mesa.
—Quiero una respuesta.
Tomás comenzó a sudar.
—Seguíamos las instrucciones del señor Salas.
Ricardo giró la cabeza.
—No me culpes de todo.
Elena encendió su tableta.
En la pantalla apareció una conversación de mensajería interna titulada “Círculo Altamar”.
Había fotografías de candidatos.
Comentarios sobre su ropa.
Bromas sobre su edad.
Mensajes que calificaban a algunas mujeres de “poco elegantes”, a hombres mayores de “caducados” y a personas de barrios humildes de “riesgo cultural”.
También estaba la fotografía de Elena.
Debajo, Álvaro había escrito:
“Candidata con presupuesto de supermercado”.
Lorena había respondido:
“Seguro viene por la cuota de diversidad”.
Marcos añadió varios símbolos de risa.
Elena deslizó el dedo.
Apareció otro mensaje.
Era de Beatriz.
“Esta no pasa ni aunque resuelva la prueba. Ricardo quiere guardar el puesto para Álvaro”.
Elena dejó la pantalla sobre la mesa.
—¿También es un malentendido?
Beatriz se apoyó en la silla.
—No sabía que ese grupo estaba siendo revisado.
—Lo sé.
Ricardo miró a Javier.
—Estas conversaciones están fuera de contexto.
—Entonces quizá este documento ayude a entender el contexto —respondió Elena.
Sacó una carpeta de la bolsa.
La responsable jurídica la recibió.
Dentro había registros de transferencias, correos y mensajes privados. Mostraban que Álvaro había realizado una aportación de doscientos mil euros a un fondo controlado indirectamente por Ricardo.
Días después, Beatriz le había prometido el puesto.
Tomás había preparado una prueba imposible para los demás candidatos.
Marcos tenía instrucciones de anotar la ropa, la edad aproximada y el acento de cada persona.
Javier leyó las primeras páginas.
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