Don Ernesto respondió casi sin darse cuenta.
—Ya está preparado.
Iván avanzó.
Intentó agarrar la muñeca de Tomás.
Tomás desplazó el cuerpo unos centímetros.
Los dedos de Iván encontraron aire.
Nada más.
Hubo un pequeño murmullo.
Iván soltó una risa forzada.
—Rápido para su edad.
Volvió a intentarlo.
Esta vez lanzó una finta y avanzó hacia el pecho.
Tomás giró ligeramente.
Otra vez, Iván no tocó nada.
Parecía imposible.
Tomás casi no se movía.
Era Iván quien terminaba lejos de donde quería estar.
La tercera vez utilizó más fuerza.
Atacó abajo.
Tomás dio un paso.
Iván pasó de largo y tuvo que apoyar una mano sobre el tatami para no caer.
Nadie se rio.
Ya nadie estaba viendo una broma.
—¿Por qué no lo golpea? —susurró un adolescente.
Diego respondió:
—Porque no necesita hacerlo.
Iván lo oyó.
Su rostro se endureció.
Volvió hacia Tomás.
—¿Va a seguir escapando?
Tomás habló con tranquilidad.
—Deja de luchar contra tu propio peso.
—¿Qué?
—Eso es lo que te está venciendo.
Iván avanzó furioso.
Intentó una combinación rápida.
Tomás retrocedió medio paso.
Giró.
Iván perdió nuevamente el centro y cayó de rodillas.
Esta vez el silencio resultó incómodo.
Don Ernesto miraba a Tomás con creciente inquietud.
Conocía esa economía de movimientos.
Nada sobraba.
Ningún gesto se hacía para impresionar.
Años atrás había visto hombres entrenados para reaccionar así.
No en competencias.
En situaciones donde equivocarse podía tener consecuencias graves.
Tomás volvió a tocar su bolsillo.
Y durante un instante, su mente ya no estuvo en Querétaro.
Recordó un vehículo avanzando por un camino de tierra durante una misión internacional muchos años atrás.
Recordó órdenes cortas por radio.
Recordó correr entre rocas cargando a un compañero herido.
Recordó el dolor abriendo su antebrazo.
Y recordó regresar con menos hombres de los que habían salido.
La placa metálica de su bolsillo había pertenecido a uno de ellos.
Por eso seguía llevándola.
No como trofeo.
Como promesa.
Iván volvió a atacar.
Esta vez lanzó un golpe hacia el rostro.
Tomás movió la cabeza apenas unos centímetros.
El puño pasó junto a su mejilla.
Antes de que Iván recuperara el equilibrio, Tomás apoyó dos dedos detrás de su hombro.
Un gesto mínimo.
Iván cayó hacia delante.
El golpe contra el tatami sonó seco.
Tomás dio un paso atrás.
—Otra vez —dijo Iván, levantándose.
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