Cuando le pregunté qué haría después, respondió:
—Después veremos.
Su hija, Rebeca, no estaba convencida.
No porque rechazara al perro.
Le preocupaba su padre.
Desde la muerte de su esposa, Ernesto había dejado de reunirse con amigos.
Pasaba demasiado tiempo solo.
A veces no contestaba el teléfono.
Ahora organizaba cada minuto de su vida alrededor de un animal anciano.
—¿Qué va a pasar cuando Bruno muera? —me preguntó Rebeca.
Pensé un momento.
—No lo sé.
Después le pregunté:
—¿Pero qué está pasando mientras Bruno vive?
Rebeca no respondió.
El sábado siguiente llegó a Querétaro.
Bruno la recibió en la puerta.
La olfateó y después apoyó todo el hombro contra sus piernas.
Casi la hizo perder el equilibrio.
Rebeca terminó riéndose.
Esa misma tarde practicó con Ernesto cómo levantarlo usando el arnés.
Luego encontró tres tarjetas pegadas cerca de la cocina.
Una tenía los horarios de las medicinas.
Otra registraba comida y descanso.
La tercera mostraba una ruta.
Casa.
Estacionamiento.
Camino del lago.
Cinco puntos para descansar.
Y una frase subrayada dos veces.
BANCO 7 — 4:12.
—Papá, ¿qué hay en ese banco?
Ernesto guardó la tarjeta.
—La vista correcta.
Dos semanas después, la adopción de Bruno se hizo oficial.
Ernesto pidió una fotografía.
No quería que se viera bien su cara.
—Que él ocupe la mayor parte.
No era difícil.
La imagen mostraba a un hombre de setenta y nueve años empujando un san bernardo de casi setenta kilos en una vieja carriola infantil adaptada.
Bruno llevaba el pato verde entre las patas.
La fotografía comenzó a circular.
Muchas personas felicitaron a Ernesto.
Otras se burlaron.
Algunos aseguraron que un perro anciano no tenía nada que hacer dentro de una carriola.
Ernesto no leyó los comentarios.
Estaba midiendo el camino de grava que llevaba al banco número siete.
La carriola podía recorrer casi todo el trayecto.
Pero Ernesto quería detenerla veinticinco metros antes.
Ese tramo, decía, sería decisión de Bruno.
El primer viaje al lago ocurrió tres días después.
Gloria ayudó a subir a Bruno al vehículo.
Rebeca también fue.
Llegaron poco antes de las cuatro.
Varias personas miraron la enorme carriola.
Dos jóvenes levantaron sus teléfonos.
Un padre señaló a Bruno y dijo a su hija:
—Mira, el bebé más grande del parque.
Ernesto sonrió.
Bruno no.
Estaba concentrado.
A las 4:06 levantó la cabeza.
A las 4:09 acomodó las patas.
A las 4:12 comenzó a respirar con rapidez.
Ernesto detuvo la carriola.
Delante de ellos comenzaba el camino de grava.
Bajó la rampa.
—No todo el camino —dijo Rebeca.
—Lo sé.
Colocaron el arnés.
Bruno descendió.
Sus primeros pasos fueron rígidos.
El cuarto fue más largo.
No miró a los patos cercanos.
No olfateó los árboles.
Caminó directamente hacia una curva.
Pasó un banco.
Después otro.
Rebeca me llamó más tarde para contarme algo que ninguno de ellos podía creer.
Bruno conocía el camino.
Nadie lo guiaba.
Cerca del banco número siete, su pata derecha cedió.
Rebeca sostuvo el arnés.
Bruno recuperó el equilibrio.
Ernesto acercó la carriola.
—Ya está, grandote.
Bruno giró la cabeza.
No quiso subir.
Dio cinco pasos.
Descansó.
Dio cuatro más.
Una pata comenzó a arrastrarse por la grava.
Rebeca sostenía únicamente el peso que Bruno no podía mantener.
Ernesto caminaba junto a su cabeza.
—Despacio —le decía—. Los patos no se van a ir.
Bruno llegó al banco número siete a las 4:19.
Todos esperaban que mirara el lago.
No lo hizo.
Olió el suelo junto al extremo derecho del banco.
Después colocó el pato verde sobre el asiento vacío.
Y apoyó el hocico a su lado.
Ernesto se quedó inmóvil.
Rebeca se llevó una mano a la boca.
En la madera había unas iniciales antiguas dentro de un corazón torcido.
A + E.
Ernesto se sentó en el extremo izquierdo.
Bruno permaneció junto al derecho.
Entonces Ernesto sacó el termo rojo.
Sirvió café en una taza metálica.
Después sacó otra.
La colocó en el lugar vacío.
Bruno no miraba los patos.
Miraba el sendero.
A las 4:38 recogió su pato.
Ernesto sostenía la taza con ambas manos.
—No llegará tarde —dijo.
Su voz se quebró.
—Ya no puede venir.
Bruno siguió observando la curva del camino.
Ernesto tocó la cinta amarilla.
—Lo sé —murmuró—. Yo tampoco vine.
Bruno solo pudo caminar unos metros de regreso.
Esta vez aceptó la carriola.
Dos días después apareció Claudia, la hija de Teresa.
Traía un sobre cerrado y varias fotografías.
—Vi lo del lago —dijo—. Necesito hablar con Ernesto.
En el frente del sobre estaba escrito su nombre.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






