Atendió una pequeña tienda.
Cuidó niños.
Ayudó en una cocina.
Hizo todo lo que pudo para seguir pagando sus estudios y colaborar en casa.
—Dormía muy poco —me contó—. Hubo momentos en que pensé dejar la carrera.
—¿Por qué no lo hiciste?
Se quedó pensando.
—Porque cada vez que llegaba a las prácticas y podía ayudar a alguien, recordaba por qué había empezado.
Su padre murió años después.
Elena terminó su formación.
Trabajó en varias clínicas y hospitales.
Había construido su vida paso a paso.
No presumía nada.
No hablaba como si hubiera vencido al mundo.
Simplemente había seguido adelante.
—¿Te casaste? —pregunté.
Elena bajó la mirada.
—Sí. Hace muchos años.
Esperé.
—Terminó.
—Lo siento.
—No lo sientas. Fue difícil, pero ambos entendimos que era mejor seguir caminos diferentes.
No pregunté más.
Ella tampoco me preguntó inmediatamente por mi divorcio.
Eso ocurrió la noche siguiente.
—¿Y tú? —dijo mientras revisaba mi temperatura—. Siempre pensé que terminarías con una casa llena de niños.
Me reí.
—Te equivocaste bastante.
Le conté una versión resumida.
Me había casado a los treinta.
Al principio todo parecía funcionar.
Después mi trabajo empezó a ocupar casi todo.
Viajes.
Reuniones.
Teléfono encendido a todas horas.
Fines de semana cancelados.
Mi esposa se cansó de sentirse en segundo lugar.
Durante años pensé que ella no había entendido mis responsabilidades.
Con el tiempo acepté algo mucho menos cómodo.
Tal vez yo tampoco había entendido las suyas.
Cuando el matrimonio terminó, no hice ningún gran esfuerzo por reconstruir mi vida personal.
Hice lo contrario.
Trabajé todavía más.
Cada ascenso se convirtió en una forma de demostrarme que todo estaba bien.
Compré un automóvil mejor.
Después una motocicleta.
Luego otra.
Renové el departamento.
Fui acumulando cosas.
Y cada noche regresaba a un lugar perfectamente ordenado donde nadie preguntaba cómo me había ido.
—Parece que te fue bien —dijo Elena.
—En el trabajo, sí.
—No pregunté solo por el trabajo.
Me quedé callado.
Ella tampoco añadió nada.
No hacía falta.
Esa noche miré durante mucho tiempo la ventana de la habitación.
Pensé en todo lo que había llamado “éxito”.
En los años persiguiendo aumentos.
En las cenas que rechacé porque tenía pendientes.
En las llamadas de mi madre que contestaba diciendo: “Te marco después”.
En amigos que dejaron de invitarme porque siempre respondía que estaba ocupado.
Y pensé en Elena.
Ella había pasado años trabajando y cuidando a su padre mientras estudiaba.
Había conocido problemas mucho más serios que perder una promoción.
Y sin embargo, cuando hablaba, parecía en paz.
Yo había obtenido muchas de las cosas que quise.
Pero no recordaba la última vez que me había sentido en paz.
Al tercer día me informaron que, si todo seguía bien, podría marcharme a la mañana siguiente.
La noticia debería haberme alegrado.
En cambio, me sorprendí sintiendo algo parecido a decepción.
Cuando Elena entró esa tarde, debió notarlo.
—¿Qué ocurre?
—Me dan de alta mañana.
—Eso es bueno.
—Lo sé.
—No pareces muy convencido.
Sonreí.
—Tal vez me estaba acostumbrando a la comida del hospital.
—Ahora sí sé que el golpe te afectó la cabeza.
Nos reímos.
Luego Elena se quedó en silencio.
Parecía querer decir algo.
Pero finalmente solo comentó:
—Mañana pasaré antes de que te vayas.
A la mañana siguiente estaba sentado al borde de la cama intentando ponerme una camisa con una sola mano cuando apareció.
—Vas a tardar una hora si sigues así.
—Estoy protegiendo mi dignidad.
—Tu dignidad casi se cae de la motocicleta hace cuatro días.
Me ayudó con cuidado a acomodar la manga sin tocar la zona lesionada.
Después dejó una pequeña bolsa transparente sobre la cama.
—Tus cosas.
Dentro estaban mi cartera, llaves y reloj.
El cristal del reloj seguía agrietado, aunque alguien había limpiado la sangre seca que tenía en la correa.
Lo sostuve unos segundos.
—Pensé que lo había perdido.
—Lo encontraron con tus pertenencias.
Guardé el reloj.
Cuando levanté la mirada, Elena seguía allí.
No parecía tener prisa.
—Mauricio —dijo—, hay algo que nunca te conté.
Mi estómago se cerró.
—¿Qué?
Se sentó en la silla junto a la cama.
—La carta.
Por un instante pensé que había escuchado mal.
—¿Qué carta?
Ella levantó las cejas.
—Sabes perfectamente cuál.
Sentí que el rostro se me calentaba.
—¿La leíste?
—Toda.
Me quedé completamente quieto.
Veinticinco años.
Durante veinticinco años había supuesto que aquella carta había desaparecido, que ella quizá ni siquiera la había encontrado.
—Pero nunca dijiste nada.
Elena respiró hondo.
—La encontré tarde.
Me explicó que el último día de clases había salido antes porque su padre se sintió mal.
Regresó a la escuela al día siguiente para recoger unas cosas.
La mayoría de los estudiantes ya se habían ido.
Fue entonces cuando abrió su casillero y encontró el sobre.
—Reconocí tu letra —dijo.
—Qué vergüenza.
—¿Por qué?
—Escribí tres páginas.
—Tres páginas y media.
Me tapé la cara con la mano buena.
Elena se rio.
—Todavía recuerdo algunas partes.
—Eso empeora todo.
—A mí me pareció bonito.
La miré.
Su expresión ya no era divertida.
Era seria.
—Mauricio, yo también sentía algo por ti.
Creo que durante varios segundos olvidé respirar.
—¿Qué?
—Me gustabas.
—No.
—Sí.
—Nunca lo parecías.
—Tú tampoco.
—Yo era bastante evidente.
—Te sentabas lejos y apenas podías mirarme cuando hablábamos.
Pensándolo bien, tenía razón.
—¿Por qué no me buscaste?
—Lo intenté.
Después de leer la carta, Elena preguntó a varios compañeros por mí.
Alguien le dijo que mi familia ya se había mudado.
El teléfono de nuestra antigua casa dejó de funcionar poco después.
No teníamos amigos cercanos en común.
Pasaron las semanas.
Después los meses.
Ella estaba ocupada con la enfermedad de su padre y sus estudios.
Yo estaba empezando mi nueva vida en otra ciudad.
Dos personas que habían querido decirse algo terminaron separadas simplemente porque ninguna llegó a tiempo.
—Guardé la carta durante años —confesó Elena.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
Ella sonrió con un poco de tristeza.
—Porque fue la primera vez que alguien escribió algo así para mí.
No supe qué responder.
Miré mis zapatos.
Después el vendaje.
Después la bolsa con mis pertenencias.
Cualquier cosa menos sus ojos.
—Pasé años pensando que la habías leído y no habías respondido porque no querías saber nada de mí.
—Y yo pasé años pensando que probablemente ya me habías olvidado.
—Supongo que los dos éramos bastante malos comunicándonos.
—Éramos jóvenes.
—Eso no es una buena defensa.
—No, pero es verdad.
Nos quedamos en silencio.
Por el pasillo pasaron dos personas conversando.
Sonó un teléfono a lo lejos.
Una puerta se cerró.
La vida del hospital siguió moviéndose alrededor de nosotros.
Yo pensé en lo extraño que era todo.
Cuatro días antes, mi mayor preocupación había sido llegar a tiempo a casa para responder unos correos.
Luego mi motocicleta salió disparada sobre una carretera mojada.
Ahora estaba sentado frente a una mujer que había ocupado un rincón de mi memoria durante un cuarto de siglo.
Todo por un accidente que podría haber terminado de una forma completamente distinta.
—Tengo que preguntarte algo —dije.
—Dime.
—Cuando me reconociste el primer día… ¿lo supiste inmediatamente?
Elena sonrió.
—Casi.
—¿Casi?
—Tenías el rostro hinchado.
—Gracias.
—Pero los ojos eran los mismos.
Esa respuesta me acompañó mientras caminaba lentamente hacia la salida.
Cada paso me dolía.
Una persona del hospital me acompañaba por seguridad.
Elena caminó con nosotros una parte del trayecto antes de tener que regresar a su área.
Nos detuvimos cerca de un pasillo.
De repente no sabía qué hacer.
¿Le daba la mano?
¿La abrazaba?
¿Le decía adiós después de haber tardado veinticinco años en volver a verla?
No quería repetir la historia.
—Elena.
—¿Sí?
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