Pensó en el tono de Ricardo.
Pensó en aquella frase.
“Viviste muy bien estos años.”
Nicolás se levantó.
—Mi avión sale hacia Ciudad de México en cuarenta minutos.
Valeria lo miró sorprendida.
—¿Ciudad de México?
—Mi equipo está allí.
—Pensé que iba al extranjero.
—No necesito cruzar un océano para revisar papeles mexicanos.
Aquello hizo que Valeria sonriera por primera vez.
Muy poco.
Pero sonrió.
—¿Y qué pasa si digo que no?
—Le consigo un automóvil, un teléfono y alguien la lleva donde quiera.
—¿Sin condiciones?
—Sin condiciones.
Valeria miró la carpeta.
Luego miró el sobre del divorcio.
Finalmente tomó ambos.
—Quiero escuchar a su equipo.
Nicolás asintió.
—Entonces vámonos.
Subir al avión negro no hizo que Valeria se sintiera poderosa.
Todavía estaba destrozada.
Todavía tenía las manos temblando.
Pero por primera vez desde que Ricardo había llegado a la pista con Camila, sentía que no estaba completamente indefensa.
Durante el vuelo corto, Nicolás trabajó mientras Valeria revisaba copias de los viejos documentos.
Había algo que reconoció inmediatamente.
Una secuencia matemática.
—Esto lo hacía mi padre.
Nicolás levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
Valeria señaló una serie de números.
—Utilizaba determinadas proporciones como firma personal. Decía que así podía reconocer sus propios modelos incluso años después.
Nicolás tomó la hoja.
—Nuestros técnicos encontraron la misma secuencia en versiones tempranas del sistema de Ricardo.
Valeria sintió un nudo en el estómago.
—Entonces sí utilizó el trabajo de mi padre.
—Eso nunca estuvo en duda.
—Lo que está en duda es si podía seguir utilizándolo.
—Exactamente.
Aquella misma noche se reunieron con especialistas técnicos y asesores corporativos.
Valeria no entendía todo.
Pero sí entendía suficiente.
Las fechas coincidían.
Los archivos antiguos coincidían.
Los primeros prototipos de Ricardo aparecían pocos meses después de que Arturo hubiera terminado su modelo.
Y no existía ningún documento definitivo donde Arturo cediera para siempre todos los derechos.
Durante dos días, Valeria casi no salió de una sala de reuniones.
Contó todo lo que recordaba.
Dónde trabajaba su padre.
Cuándo conoció a Ricardo.
Cuándo Ricardo empezó a utilizar su computadora.
Qué cuadernos tenía Arturo.
Qué conversaciones había escuchado.
Cada pequeño detalle llenaba una pieza del rompecabezas.
Mientras tanto, Ricardo seguía de viaje con Camila.
Publicó fotografías desde un hotel en Los Cabos.
Celebraba el cierre de una enorme ronda de inversión para su empresa.
En una de las imágenes levantaba una copa frente al mar.
Valeria vio la fotografía una sola vez.
Después bloqueó la pantalla.
—Está celebrando —dijo Nicolás.
—Siempre celebra antes de terminar las cosas.
Al tercer día, los asesores de Valeria notificaron formalmente a la empresa que existía una reclamación sobre la propiedad de la tecnología central.
No hubo amenazas.
No hubo gritos.
Solo documentos.
Preguntas.
Fechas.
Pruebas.
Pero el efecto fue inmediato.
Los nuevos inversionistas suspendieron temporalmente la operación mientras revisaban la situación.
El consejo directivo convocó una reunión urgente.
Y Ricardo llamó.
Valeria estaba sentada en la habitación de un hotel cuando apareció su nombre en el teléfono.
Lo dejó sonar tres veces.
Después respondió.
—¿Qué hiciste? —preguntó Ricardo sin saludar.
Valeria guardó silencio.
—Valeria, ¿qué hiciste?
—Estoy revisando los documentos de mi padre.
Del otro lado no se escuchó nada durante varios segundos.
Demasiados.
—¿Qué documentos?
Valeria entendió entonces que Ricardo sabía perfectamente a qué se refería.
—Los del modelo original.
—Eso está resuelto desde hace años.
—Parece que no.
—¿Quién te está metiendo estas ideas?
—Nadie.
—¿Herrera?
Otra pausa.
—Claro que es Herrera.
Ricardo comenzó a hablar más rápido.
—Ese hombre lleva años intentando quedarse con mi empresa. Te está utilizando.
Valeria miró a Nicolás, que estaba de pie al otro lado de la habitación revisando unos documentos.
—Él quiere algo —respondió Valeria—. Al menos nunca me dijo lo contrario.
—Valeria, escúchame.
Por primera vez el tono de Ricardo cambió.
Ya no sonaba arrogante.
Sonaba preocupado.
—Podemos solucionar esto.
Valeria casi se rió.
—Hace tres días me dejaste en una pista.
—Estaba enfadado.
—Me entregaste los papeles del divorcio.
—Las cosas entre nosotros llevaban tiempo mal.
—Desactivaste mis tarjetas.
—Eran cuentas de la empresa y familiares.
—Cancelaste mi línea telefónica.
Ricardo respiró profundamente.
—Podemos discutir eso después.
Aquella frase hizo que Valeria sintiera una calma inesperada.
—No, Ricardo.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
—Durante diez años todo lo mío podía esperar.
Mis planes podían esperar.
Mi trabajo podía esperar.
Mi padre podía esperar.
Nuestro matrimonio podía esperar.
—No hagas esto personal.
—Tú lo hiciste personal en el momento en que me dejaste allí.
Ricardo bajó la voz.
—¿Qué quieres?
Valeria cerró los ojos.
Hacía unos días habría respondido algo completamente distinto.
Habría dicho que quería que regresara.
Que quería una explicación.
Que quería saber por qué no había sido suficiente.
Ahora ya no.
—Quiero saber la verdad sobre el trabajo de mi padre.
—Valeria…
—Y quiero que la empresa reconozca lo que le corresponde.
Ricardo volvió a perder la paciencia.
—¡Yo construí esa empresa!
—Nunca dije que no.
—Trabajé quince años.
—Lo sé.
—Sacrifiqué todo.
—También lo sé.
Valeria miró los viejos cuadernos digitalizados de Arturo.
—Pero quizá no empezaste desde cero como siempre dijiste.
Ricardo no respondió.
Desde el fondo de la llamada se escuchó la voz de Camila.
—¿Cuánto falta? Tenemos una reserva.
Valeria cerró los ojos.
Durante años había imaginado que descubrir una infidelidad sería el peor momento de su vida.
Resultó que no.
Lo peor había sido sentirse invisible.
—Feliz aniversario, Ricardo.
Colgó.
Tres días después regresó a Ciudad de México.
La reunión se celebró en una sala enorme dentro de las oficinas de la empresa.
Había consejeros.
Inversionistas.
Asesores.
Directivos.
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