Las siguientes semanas cambiaron el ritmo de la casa.
Clara organizó horarios.
Preparó algunas comidas.
Ayudó con las tareas.
Acompañó a los niños a actividades escolares.
Pero poco a poco dejó de sentirse como una empleada que cumplía una lista.
Empezó a conocerlos.
Sofía adoraba bailar, pero se ponía nerviosa frente a otras personas.
Mateo podía pasar horas dibujando, aunque escondía sus trabajos porque pensaba que no eran buenos.
Diego, con diez años, se comportaba como si tuviera veinte.
Siempre vigilaba a sus hermanos.
Siempre preguntaba si Javier necesitaba ayuda.
Siempre quería solucionar problemas que ningún niño debería considerar su responsabilidad.
Una tarde Clara se sentó con él.
—No tienes que cuidar de todo el mundo.
Diego siguió ordenando sus cuadernos.
—Papá tiene mucho trabajo.
—Tu papá es adulto.
—Pero desde que mamá murió…
Se quedó callado.
Clara comprendió.
—Puedes ayudar. Eso es bonito. Pero también tienes derecho a jugar, equivocarte y preocuparte por cosas de niño.
Diego la miró durante varios segundos.
Después preguntó:
—¿De verdad?
—De verdad.
Aquella misma tarde salió a jugar con Mateo.
Javier lo vio desde la ventana.
No dijo nada.
Pero cuando Clara pasó junto a él, murmuró:
—Gracias.
También Clara empezó a cambiar.
Una noche mencionó que quizá quería volver a estudiar.
Nunca había terminado su carrera.
Se había casado muy joven y, con el tiempo, Ricardo había convencido a ambos de que era mejor que ella se concentrara únicamente en la casa.
Ahora Clara descubría que quería algo propio.
—¿Qué le gustaría estudiar? —preguntó Javier.
—Educación infantil.
—Tiene sentido.
—¿Por qué?
Javier levantó una ceja.
—Porque es excelente con los niños.
Clara sonrió.
Pocas semanas después llenó la solicitud de una escuela local.
Cuando recibió la confirmación, Sofía saltó por toda la cocina.
Mateo dibujó un cartel que decía: “Clara va a estudiar”.
Diego simplemente le dio un abrazo.
Seis meses después de aquella noche en la parada, Clara casi no reconocía a la mujer que había sido.
Seguía viviendo en casa de Javier y trabajando con la familia, pero ahora también estudiaba.
Tenía ingresos propios.
Una cuenta bancaria que solo ella controlaba.
Planes.
Amistades nuevas.
Y algo que durante años había olvidado: confianza en sí misma.
Una noche estaba estudiando en la mesa de la cocina cuando Javier regresó de una reunión.
Dejó su maletín y se pasó una mano por el cabello.
—Eso parece cara de malas noticias —dijo Clara.
—No exactamente.
Javier se sentó.
—Un cliente importante quiere que supervise personalmente un proyecto en Monterrey durante seis meses.
—Eso suena bien.
—Profesionalmente, sí.
—¿Entonces?
Javier señaló hacia arriba.
—Tres razones dormidas en el segundo piso.
Clara cerró su cuaderno.
—¿Tendrías que mudarte?
—Sí.
—¿Durante seis meses?
—Sí.
—¿Y no puedes viajar algunos días?
—El proyecto requiere que esté allí casi todo el tiempo.
Javier apoyó los codos sobre la mesa.
—No puedo dejar a los niños durante medio año. Y tampoco quiero cambiarlos de escuela de repente.
Clara pensó unos segundos.
—Podríamos ir todos.
Javier levantó la mirada.
—¿Qué?
—Podrían estudiar a distancia durante un semestre. Yo seguiría con mis clases en línea. Podemos alquilar una casa allá y mantener una rutina parecida.
Javier la observó como si no hubiera entendido.
—¿Te mudarías temporalmente solo para ayudarme?
Clara sonrió.
—Tú llevaste a una desconocida a tu casa cuando no tenía nada.
—Eso fue diferente.
—Me diste un lugar donde dormir.
—Clara…
—Me diste trabajo cuando necesitaba reconstruir mi vida.
—Tú también nos has ayudado.
—Precisamente.
Clara cerró el libro.
—Somos un equipo.
Javier se quedó en silencio.
Y por primera vez desde que lo conocía, parecía nervioso.
—Hay algo que necesito decirte.
El corazón de Clara comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué pasa?
Javier miró la mesa.
Después la miró a ella.
—Me he enamorado de ti.
Clara no se movió.
—No quiero que esto te haga sentir incómoda —añadió rápidamente—. Tampoco quiero aprovechar que trabajas conmigo o que vives aquí. Si alguna vez quisiéramos explorar algo entre nosotros, primero tendríamos que cambiar nuestro acuerdo para que nunca sintieras presión.
Clara seguía sin hablar.
—No espero nada —continuó Javier—. Solo necesitaba ser sincero.
Respiró profundamente.
—Me enamoré de tu forma de tratar a los niños. De cómo escuchas. De cómo empezaste de nuevo cuando estabas convencida de que tu vida había terminado.
Clara sintió los ojos húmedos.
—Javier…
—Y no se trata de que necesite una persona que cuide mi casa.
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