La jueza tomó el documento.
—¿Qué significa exactamente para la empresa?
Tomás habló despacio.
—Que el préstamo completo puede exigirse de inmediato.
Ricardo se inclinó hacia delante.
—Puedo ponerme al corriente.
—No se trata de una mensualidad atrasada.
Tomás abrió la carpeta.
—Entre el capital pendiente, intereses y las penalizaciones contempladas en el acuerdo firmado por el señor Montero, la obligación supera ahora los mil millones de pesos.
Valeria miró a Ricardo.
—¿Tienes ese dinero?
Ricardo no respondió.
—Ricardo.
—No en efectivo.
Su voz había perdido toda seguridad.
—Gran parte está invertida en los proyectos.
Tomás asintió.
—Eso ya lo sabemos.
Ricardo lo miró.
Por primera vez parecía asustado.
—¿Qué quiere ella?
Elena se puso de pie otra vez.
Se acomodó una manga del abrigo y caminó apenas un paso hacia delante.
—No quiero la mitad de tu empresa.
Ricardo tragó saliva.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Que se cumpla el contrato.
Tomás completó la explicación.
—Horizonte Niebla Capital ha iniciado el proceso previsto en las garantías firmadas por el señor Montero. Eso implica tomar el control de su participación mayoritaria en Desarrollos Montero para cubrir la deuda.
Ricardo abrió los ojos.
—No.
—El ochenta por ciento de sus acciones estaba comprometido como garantía.
—No puedes hacerlo.
Elena lo miró sin levantar la voz.
—Tú firmaste.
Ricardo se levantó de golpe.
—¡Esa compañía es mía!
La jueza golpeó la mesa.
—Siéntese, señor Montero.
—¡Mi apellido está en todos nuestros proyectos!
—Siéntese.
Ricardo obedeció.
Tenía las manos temblando.
—La construí desde cero.
Elena tardó un momento en responder.
—Construiste una empresa importante.
Su voz no tenía burla.
—Pero tres años atrás estuvo a punto de desaparecer.
Ricardo la miró fijamente.
—Tú me prestaste ese dinero.
—Sí.
—¿Por qué?
Por primera vez, el rostro de Elena mostró algo parecido a tristeza.
—Porque eras mi esposo.
Ricardo no esperaba esa respuesta.
Ella continuó.
—Cuando los demás dejaron de confiar en tu proyecto, yo todavía confiaba en ti.
Valeria miraba alternativamente a ambos.
—Sabía que no aceptarías setecientos ochenta millones de pesos directamente de mí —dijo Elena—. En aquella época ya te molestaba que alguien pudiera pensar que necesitabas ayuda.
Ricardo bajó la mirada.
—Por eso utilicé una empresa de inversión separada. Todo se hizo mediante profesionales. Las condiciones eran claras y las firmaste libremente.
—Me engañaste.
—No.
Elena negó con la cabeza.
—Te financié.
—Sin decirme que eras tú.
—No preguntaste quién era el propietario final.
Ricardo apretó la mandíbula.
—Eso no cambia nada.
—Cambió todo para ti hace tres años.
Elena volvió a sentarse.
Tomás tomó la palabra.
—Además de las acciones de la empresa, el señor Montero firmó una garantía personal para cubrir cualquier cantidad que no pudiera recuperarse con los activos empresariales.
Arturo dejó escapar el aire lentamente.
Ya sabía lo que aquello significaba.
—¿Qué bienes personales están incluidos? —preguntó la jueza.
—Determinadas inversiones y propiedades especificadas en el contrato —respondió Tomás—. Lo suficiente para cubrir cualquier diferencia pendiente después de ejecutar las garantías principales.
Ricardo miró a Arturo.
—Haz algo.
El abogado no contestó inmediatamente.
—Arturo.
—Estoy leyendo.
—¡Pues encuentra algo!
Arturo cerró la carpeta.
—Tú firmaste esto.
—Me dijeron que era un préstamo normal.
—Era un préstamo respaldado por tu participación en la empresa.
—¡Entonces detén el proceso!
Arturo lo miró con cansancio.
—No puedo borrar una firma.
Ricardo giró hacia Elena.
—Planeaste todo esto.
Ella negó lentamente.
—No.
—Esperaste hasta el divorcio.
—Tampoco.
Ricardo señaló los documentos.
—¡Entonces explícame qué es esto!
Elena respiró antes de responder.
—Durante diez años cubrí riesgos que tú ni siquiera sabías que existían.
Ricardo guardó silencio.
—Cuando empezaste proyectos demasiado grandes, encontré maneras de apoyarte sin quitarte el mérito. Cuando una inversión salió mal, ayudé a evitar que el problema creciera. Cuando tu empresa necesitó liquidez, puse recursos a tu alcance.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
—Porque durante muchos años pensé que proteger tu orgullo también era una manera de proteger nuestro matrimonio.
Aquello hizo que Ricardo apartara la mirada.
—Luego conociste a Valeria —continuó Elena—. Y algo cambió.
Valeria se tensó.
Elena ni siquiera la miró.
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