—¿Quién es? —preguntó Pablo.
—No lo sé —respondió Sergio—. Pero Vargas sí lo conoce.
Elena permanecía inmóvil.
Su expresión no mostraba alivio.
Mostraba tensión.
Rivas condujo al comandante hasta una pequeña oficina.
—El ejercicio final es mañana —explicó—. No permitimos observadores externos durante una evaluación.
—No necesito estar dentro. Me basta con permanecer junto al perímetro.
—La decisión prácticamente está tomada.
—Déjela realizar una prueba más.
—Eso ya estaba previsto.
Serrano negó con la cabeza.
—No como hasta ahora.
Rivas apoyó las manos en la mesa.
—¿Qué está ocultando, comandante?
Serrano eligió sus palabras con cuidado.
—Elena no ha perdido sus capacidades.
—La he visto fallar durante dos semanas.
—No está fallando.
—¿Entonces qué está haciendo?
—Conteniéndose.
Rivas frunció el ceño.
—No entiendo.
—No necesita entenderlo todo. Solo permita que mañana esté presente.
—¿Y eso cambiará algo?
—Cuando llegue el momento, le daré una orden.
—¿Qué clase de orden?
Por primera vez, Serrano pareció a punto de sonreír.
—Tres palabras.
—¿Solo tres?
—Será suficiente.
La evaluación comenzó a primera hora.
El ejercicio reproducía el rescate de varias personas retenidas dentro de tres edificios conectados.
Había actores interpretando a civiles y atacantes.
Los participantes llevaban munición de práctica y sensores que registraban cada impacto.
Tenían treinta minutos.
El equipo estaba formado por Salcedo, Rubén, Sergio, Pablo y Elena.
Antes de empezar, Salcedo se acercó a ella.
—Quédate atrás y sigue mis indicaciones.
—Entendido.
—No intentes improvisar.
—Entendido.
—Y no te bloquees.
Elena levantó la mirada.
Salcedo se dio la vuelta antes de que pudiera responder.
Serrano se colocó detrás de la zona marcada para observadores.
Rivas permaneció a su lado.
Los demás instructores no sabían por qué aquel comandante había viajado hasta allí para ver fracasar a una mujer que estaba a punto de ser expulsada.
Sonó la señal.
El equipo corrió hacia el primer edificio.
Elena ocupó la última posición.
Salcedo indicó la entrada.
Pablo cruzó la puerta primero.
Elena dudó.
Un objetivo apareció desde un lateral.
La alarma roja sonó en el sensor de Pablo.
—¡Estoy fuera! —gritó, levantando una mano.
Salcedo se volvió furioso.
—¡Vargas, tenías que cubrirlo!
Ella no respondió.
Continuaron.
En la segunda habitación, Elena volvió a moverse demasiado despacio.
Rubén recibió un impacto simulado en el brazo.
—¡Haz algo bien por una vez! —gritó él.
Desde la zona de observación, los instructores anotaban cada error.
Rivas miró al comandante Serrano.
—Está ocurriendo exactamente lo mismo.
—Espere.
—Ya han perdido a un hombre.
—Espere.
El equipo llegó al segundo edificio.
Era más estrecho que el primero.
Había un pequeño salón, una cocina, dos dormitorios y varias entradas laterales.
Elena miró hacia rincones que ya habían sido revisados.
Comprobó una ventana que no formaba parte del recorrido principal.
Salcedo interpretó aquello como otra distracción.
—¡Mira al frente!
Ella volvió a la formación.
Serrano seguía cada uno de sus movimientos.
No observaba sus errores.
Observaba dónde colocaba los pies.
El ángulo de sus hombros.
La posición de sus manos.
Las puertas que miraba antes de que los demás supieran que existían.
—No está perdida —murmuró.
Rivas lo oyó.
—Parece bastante perdida.
—Está esperando.
—¿Esperando qué?
Serrano dio un paso hacia delante.
Elena se encontraba en medio de un pasillo cuando apareció un objetivo detrás de una puerta.
Salcedo levantó el arma.
Era demasiado tarde.
La alarma del chaleco comenzó a parpadear.
—Teniente eliminado —anunció uno de los evaluadores.
Salcedo golpeó la pared con la mano.
—¡Esto es culpa tuya, Vargas!
Elena no contestó.
Serrano levantó la voz.
—¡Vargas!
Ella giró la cabeza.
Por primera vez desde el inicio del ejercicio, sus ojos se clavaron directamente en él.
El comandante pronunció las tres palabras.
—Sombra Uno, ejecuta.
El cambio fue inmediato.
Elena levantó el arma antes de que nadie pudiera preguntarle qué significaba aquello.
Su espalda dejó de parecer rígida.
Sus hombros bajaron.
Su respiración se volvió tranquila.
Dio dos pasos hacia un lateral y disparó contra un objetivo que todavía estaba terminando de salir de una puerta.
Dos impactos limpios.
Después giró.
Otro objetivo apareció detrás de una mesa.
Elena ya lo estaba apuntando.
La alarma verde confirmó el acierto.
Rubén se quedó mirándola.
—¿Qué demonios…?
—Cubre el pasillo —ordenó Elena.
Su voz había cambiado.
No era más fuerte, pero nadie pensó en discutir.
—Sergio, puerta izquierda.
—Sí.
—Pablo está fuera. Rubén, conmigo.
—Pero Salcedo dijo…
Elena se volvió hacia él.
—Salcedo está eliminado. Muévete.
Rubén obedeció.
Elena atravesó la siguiente habitación con una velocidad que no parecía precipitada.
Cada paso tenía un propósito.
Antes de entrar en un dormitorio, cambió el arma de un hombro al otro para poder cubrir mejor el ángulo.
Identificó a un civil.
No disparó.
Un atacante apareció a su derecha.
Lo neutralizó sin rozar la figura del rehén.
—Habitación segura —dijo.
Los instructores dejaron de escribir.
Uno de ellos miró el cronómetro.
Otro se acercó a la pantalla que registraba los impactos.
Elena continuó.
No se limitaba a reaccionar.
Parecía saber dónde aparecerían los objetivos antes de que los mecanismos se activaran.
Al llegar a una escalera, levantó una mano.
Rubén se detuvo justo antes de pisar un sensor que habría activado una trampa simulada.
—¿Cómo lo viste? —preguntó.
—No lo vi.
—Entonces…
—Escuché el mecanismo.
Siguieron avanzando.
En la planta superior encontraron dos caminos.
El mapa recomendado indicaba que debían seguir por la derecha.
Elena tomó la izquierda.
—Esa no es la ruta —dijo Sergio.
—La derecha nos deja expuestos desde dos puertas y una ventana.
—Pero el plano…
—El plano no dispara. Las personas sí.
Entró por la izquierda.
Segundos después, dos objetivos hostiles aparecieron en el corredor derecho.
Si hubieran seguido la ruta prevista, el equipo habría quedado atrapado entre ambos.
Sergio miró a Rubén.
Ninguno dijo nada.
En el tercer edificio los esperaba la parte más difícil.
Era una habitación grande con cuatro objetivos hostiles mezclados con tres rehenes.
La iluminación era baja.
Había humo artificial.
Los mecanismos activaban los blancos en un orden distinto para cada equipo.
Decenas de grupos habían fallado allí.
Elena se detuvo junto a la puerta.
Rivas contuvo la respiración.
Durante dos semanas, las puertas habían sido su mayor problema.
Elena miró la manija, el marco y el reflejo borroso de una ventana cercana.
No había miedo en su rostro.
Solo cálculo.
—Rubén, abre y retrocede.
—¿Tú no entras?
—Entraré antes que la puerta termine de moverse.
Rubén obedeció.
En cuanto la puerta se abrió, Elena pasó por el espacio.
El primer objetivo surgió detrás de un rehén.
Elena se agachó y disparó desde un ángulo bajo.
Impacto correcto.
El segundo apareció desde la izquierda.
Otro disparo.
El tercero estaba oculto tras una mesa.
Elena empujó una silla con el pie, obligando al actor que lo controlaba a moverse.
Lo neutralizó.
El cuarto objetivo no apareció.
Elena no bajó el arma.
—Todavía queda uno —dijo Sergio.
—Está detrás de nosotros.
Rubén giró.
Un objetivo se levantó junto a la entrada.
Elena disparó por encima del hombro de Rubén sin tocarlo.
La alarma verde llenó la habitación.
—Rehenes asegurados —anunció el sistema—. Ejercicio completado.
Durante varios segundos, nadie habló.
Después un instructor miró el cronómetro.
—Nueve minutos y cuarenta y siete segundos.
—Eso no puede ser —dijo otro.
—Revísalo.
Lo revisaron.
El resultado era correcto.
El récord anterior era de catorce minutos y doce segundos.
Elena no solo lo había superado.
Lo había destrozado.
Había completado el recorrido sin herir a un civil y sin perder a otro miembro del equipo después de recibir la orden de Serrano.
Salcedo se quitó el casco.
Seguía junto a la zona donde había sido eliminado.
—¿Qué ha sido eso?
Elena comenzó a revisar el arma.
—Una evaluación.
—No. Llevas dos semanas sin poder cruzar una puerta y ahora haces esto.
Ella no respondió.
—¿Estabas fingiendo?
Elena levantó la mirada.
—No.
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