Me quedé mirando la pantalla.
Mi primer impulso fue responder enfadado.
Quería explicar todo.
Decir que Bruno no era peligroso.
Que nunca perseguía a nadie.
Que había sufrido varios cambios de hogar.
Pero volví a leer una frase.
Mi hijo tiene miedo.
Respiré.
Contesté:
“Lo siento. Estoy arreglando la puerta para asegurarme de que no vuelva a salir.”
A la mañana siguiente pedí unas horas libres.
Compré un nuevo sello para la puerta, una barrera interior y un cierre adicional colocado lo bastante alto para que Bruno no pudiera alcanzarlo.
Pasé parte de la tarde instalándolo todo.
Bruno observaba desde varios metros de distancia.
Cuando terminé, me senté en el piso.
—Bueno, amigo. Ahora ninguno de los dos puede equivocarse.
Bruno no se acercó.
Pero tampoco se fue.
Durante una semana no ocurrió nada.
Sin quejas.
Sin mensajes.
Sin visitas del encargado.
Pensé que el problema había terminado.
Después cometí mi segundo error.
No fue con Bruno.
Fue hablando de él.
Durante un descanso en el trabajo, Diana, una compañera, me preguntó cómo estaba mi gato.
—Mucho mejor.
—¿Ya se deja acariciar?
Sonreí.
—A veces. Pero no es eso. Creo que finalmente confía en mí.
—Qué bonito.
Quizá debería haber dejado la conversación allí.
Pero llevaba meses sintiéndome orgulloso de aquel pequeño progreso.
—Me ha enseñado bastante —añadí—. Sobre paciencia. Sobre respetar el espacio de otro.
Marco, otro compañero sentado cerca, escuchó la conversación.
—¿Todo eso por un gato?
Lo dijo riéndose.
Yo también intenté sonreír.
—Suena extraño cuando lo dices así.
—Mauricio, es un gato, no un maestro espiritual.
Algunos compañeros rieron.
Diana cambió de tema, incómoda.
Pero Marco continuó.
—Si ataca a la gente, es agresivo. No hace falta analizarlo tanto.
—No está atacando gente. Salió una vez y ya arreglé la puerta.
Marco se encogió de hombros.
—Entonces mejor. Pero yo no entiendo por qué alguien se queda con un animal complicado cuando hay tantos tranquilos.
La palabra complicado me molestó más de lo que quería admitir.
Porque Bruno sí podía ser complicado.
Y Marco tenía derecho a no querer vivir con un gato así.
Pero yo también recordaba aquella jaula.
El expediente.
Tres devoluciones.
—Porque no quiero devolverlo como si fuera un producto defectuoso.
El ambiente cambió.
Marco soltó una pequeña risa.
—Te lo tomas demasiado en serio.
Quizá tenía razón.
O quizá no.
Pero comprendí que discutir no iba a conseguir nada.
Me levanté.
—Puede ser.
Y regresé a mi escritorio.
Aquella noche Diana me escribió.
“No hagas caso. Marco opina de todo.”
Respondí:
“No pasa nada. Solo espero no convertirme en alguien que solamente quiere las cosas cuando son fáciles.”
Guardé el teléfono.
Cuando llegué a casa, Bruno estaba esperándome.
Parpadeó.
Yo también.
Por unos segundos, todo volvió a sentirse sencillo.
Entonces llamaron a la puerta.
Esta vez fue un golpe suave.
Miré por la mirilla.
Era una mujer de unos treinta y tantos años que vivía tres puertas más allá.
La reconocía del elevador.
Abrí solo lo necesario, manteniendo el cuerpo frente a la entrada.
—Hola —dijo—. Soy Adriana.
—Mauricio.
—Sé que tienes al gato gris.
Sentí otra vez aquella presión en el estómago.
—Sí.
Adriana sostuvo con fuerza una pequeña bolsa de basura.
—Mi hijo lo vio en el pasillo hace unos días.
—Lo siento. Ya arreglé la puerta.
—Lo sé. El encargado comentó que estabas solucionándolo.
Hizo una pausa.
—Mi hijo tiene seis años. Se llama Mateo. Cuando vio a tu gato, gritó.
Yo esperaba una acusación.
Pero Adriana continuó.
—No le pasó nada. El gato ni siquiera se acercó. El problema es que Mateo tuvo una mala experiencia con otro gato hace tiempo. Lo arañó y desde entonces les tiene miedo.
Bajó la mirada.
—Sé que puede parecer exagerado.
—No.
Me sorprendió mi propia respuesta.
—El miedo no siempre es lógico.
Los hombros de Adriana se relajaron.
—Estoy cansada —admitió—. Últimamente tengo que ocuparme de demasiadas cosas sola. Y cuando él se asusta por algo, siento que no estoy haciendo las cosas bien.
Aquello cambió por completo la conversación.
Ya no había una vecina contra el dueño de un gato.
Solo dos personas intentando cuidar algo que dependía de ellas.
—No estás exagerando —dije—. Y Bruno no debería haber salido.
Adriana miró hacia el interior.
Bruno estaba sentado detrás de la barrera.
No bufaba.
No intentaba acercarse.
Solo observaba.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Por qué te quedaste con él si es tan difícil?
Miré a Bruno.
Pensé durante unos segundos.
—Porque él no decidió ser difícil.
Adriana volvió a mirar al gato.
—Creo que aprendió que las manos significaban problemas —continué—. No sé exactamente qué le pasó antes. Pero cada vez que alguien intenta sujetarlo, entra en pánico. Yo no puedo borrar eso. Solo puedo evitar demostrarle que tiene razón en desconfiar.
Adriana guardó silencio.
Después asintió lentamente.
—Entiendo.
Retrocedió un paso.
—Gracias por escucharme.
—Gracias por venir a hablar conmigo.
Ya se marchaba cuando se volvió.
—Por cierto, yo no fui quien te mandó el mensaje.
Fruncí el ceño.
—¿Qué mensaje?
—El del gato. El que decía que mi hijo tenía miedo.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo sabes lo que decía?
—El encargado comentó que alguien había estado escribiéndote. Yo ni siquiera tengo tu número.
Adriana se despidió.
Cerré la puerta.
Entonces entendí.
Había otra persona molesta.
Alguien que tenía mi teléfono.
Alguien que conocía el problema.
Y yo no sabía quién era.
Bruno hizo un pequeño sonido desde detrás de la barrera.
Me agaché.
—Estamos bien.
Él parpadeó lentamente.
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