Ella corregía un paso durante veinte minutos sin quejarse.
Cuando cometía un error, no buscaba excusas.
Cuando acertaba, tampoco celebraba.
—Otra vez —decía.
Y volvía a comenzar.
La historia de lo ocurrido con Diego comenzó a circular entre los alumnos.
Eso trajo un nuevo problema.
Algunos querían comprobarlo.
Verónica Castillo, una de las instructoras más experimentadas de la academia, fue la primera en hablar con Roberto.
—Tiene diez años.
—Lo sé.
—La gente está empezando a tratarla como si fuera una leyenda.
—Y eso es precisamente lo que no quiero.
Verónica miró a Camila.
—Déjame trabajar con ella.
La prueba fue completamente supervisada.
Verónica comenzó lentamente.
Camila no reaccionó de forma precipitada.
Esperó.
Observó.
Y cada vez que encontraba un espacio, simplemente marcaba el punto y retrocedía.
Después de unos minutos, Verónica se quitó los protectores.
Se agachó frente a ella.
—Ya entendí.
Camila ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Qué?
—No intentas ganar.
—No.
—¿Entonces qué haces?
Camila pensó unos segundos.
—Escucho.
Verónica sonrió.
—Eso pensé.
Diego no apareció durante varios días.
Su bolsa siguió en un rincón de la oficina porque había salido tan avergonzado que la olvidó.
Camila nunca preguntó por él.
Hasta que una tarde la puerta se abrió.
Diego entró.
Ya no caminaba como el hombre que necesitaba que todos lo miraran.
Se detuvo frente a las colchonetas.
Roberto cruzó los brazos.
—¿Vienes por tu bolsa?
—También.
Diego miró a Camila.
—Pero primero quiero disculparme.
La niña permaneció quieta.
—Me burlé de ti —continuó él— porque pensé que eras una niña asustada. Después me enfadé porque me hiciste quedar mal.
Tragó saliva.
—Y tardé varios días en entender que fui yo quien quedó mal desde el principio.
Camila lo observó.
—¿Por qué volviste?
Diego soltó una pequeña risa.
Esta vez no había arrogancia.
—Porque necesito preguntarte algo.
Se sentó al borde de las colchonetas.
—¿Cómo haces para mantenerte tranquila?
Camila miró a Arturo.
Después abrió su mochila y sacó el viejo cuaderno.
Buscó una página.
—Mi madre escribió que cuando todo se vuelve demasiado ruidoso, primero debes controlar lo único que todavía te pertenece.
—¿Qué cosa?
Camila tocó suavemente su propio pecho.
—Tu respiración.
Diego bajó la cabeza.
Después respiró lentamente.
Una vez.
Luego otra.
Ese día no entrenó.
Se quedó escuchando.
Y para Roberto, aquello fue más importante que cualquier cinturón.
Con el paso de las semanas, Diego regresó a las clases.
Cambió poco a poco.
Comenzó a ayudar a los alumnos nuevos.
Dejó de burlarse de quienes aprendían despacio.
Cuando alguien le preguntaba por la niña que lo había humillado, siempre corregía la frase.
—Ella no me humilló.
Y luego añadía:
—Yo llegué humillándome solo.
Camila, mientras tanto, siguió entrenando.
Una noche, Arturo llevó a la academia una caja que llevaba años guardando.
Dentro había cartas, fotografías y algunos objetos de Elena.
También había una pequeña placa metálica con su nombre.
Camila la sostuvo entre los dedos.
—Tu madre quería que esto fuera tuyo algún día —dijo Arturo.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






