—Me llamaron.
—¿Quién?
—Una compañera tuya tenía mi número.
Mariana cerró los ojos.
—Voy a despedirla.
—Primero tendrás que levantarte.
La voz de Alejandro era tranquila, pero su mandíbula estaba tensa.
—Te deshidrataste. No habías comido.
—Estoy bien.
Alejandro se levantó.
—No estás bien.
Mariana abrió los ojos.
—No empieces.
—Trabajas demasiado. Tienes otro empleo algunos fines de semana. Duermes cinco horas. Comes cuando te acuerdas.
—No necesito que controles mi vida.
Alejandro se quedó inmóvil.
Aquellas palabras le afectaron más de lo que ella esperaba.
—No quiero controlarla.
—Pues parece que sí.
Hubo un largo silencio.
Alejandro se sentó otra vez.
—Tienes razón.
Mariana lo miró sorprendida.
—¿Así de fácil?
—No. Pero tienes razón.
Bajó la voz.
—Me asusté.
Aquello hizo que Mariana dejara de defenderse.
Alejandro miró sus propias manos.
—Cuando entré y te vi aquí, por un segundo volví a tener doce años.
Mariana comprendió.
Su madre.
—Alejandro…
—No quiero decidir nada por ti. Solo quiero que puedas pedirme ayuda sin sentir que me debes algo.
Los ojos de Mariana se llenaron de lágrimas.
—No sé hacer eso.
—¿Pedir ayuda?
Ella negó con la cabeza.
—Confiar en que alguien va a quedarse.
Alejandro levantó la mirada.
—Yo tampoco.
Los dos sonrieron con tristeza.
Y aquella tarde, por primera vez, dejaron de fingir que aquello era únicamente una amistad.
Mariana se recuperó.
Redujo algunas horas del segundo trabajo.
No porque Alejandro se lo pidiera, sino porque aquella caída la había obligado a reconocer que estaba agotada.
Pasó cada vez más tiempo en casa de él.
Primero dejaba un uniforme.
Después un cepillo de dientes.
Luego aparecieron sus tazas en la cocina y una manta en el sofá.
Una noche Alejandro la llevó hasta su antiguo departamento y Mariana se quedó mirando el edificio.
—Creo que ya casi no vivo aquí.
Alejandro tragó saliva.
—Puedes quedarte conmigo.
—¿Me lo estás pidiendo de verdad?
Él tardó demasiado en responder.
—Sí.
Mariana se mudó poco a poco.
Pero apareció un problema que ninguno supo solucionar.
Alejandro era bueno cuidando.
Era terrible expresando sentimientos.
Nunca decía que la extrañaba.
Le dejaba comida preparada.
Nunca decía que estaba preocupado.
Le escribía para saber si había llegado bien.
Nunca decía que la quería.
Simplemente hacía espacio para ella en cada parte de su vida.
Al principio Mariana lo entendía.
Después empezó a dolerle.
Vivían juntos.
Compartían desayunos.
Sabían cómo había sido la infancia del otro.
Mariana conocía los días en los que Alejandro extrañaba especialmente a su madre.
Alejandro sabía distinguir cuándo Mariana decía “estoy cansada” y cuándo en realidad quería decir “hoy fue demasiado”.
Pero existía una distancia invisible entre ellos.
Una noche Mariana lo encontró en su despacho.
Alejandro miraba una fotografía antigua.
Su madre aparecía con uniforme de enfermera y una sonrisa cansada.
Junto a ella había otra foto.
Mariana riéndose durante una caminata.
—Siempre miras esa foto cuando algo te preocupa —dijo ella.
Alejandro no respondió.
—¿Qué recuerdas cuando la ves?
—Que hubo personas buenas en mi vida.
Mariana se acercó.
—¿Y mi foto?
Él bajó los ojos.
—Me recuerda lo mismo.
Mariana sintió un nudo en la garganta.
—Alejandro, ¿qué estamos haciendo?
Por fin él la miró.
—¿A qué te refieres?
—Vivimos juntos. Compartimos todo. Pero a veces siento que todavía estoy parada afuera de una puerta que no quieres abrir.
—Quiero que estés aquí.
—Eso no es lo que te estoy preguntando.
Alejandro apretó la mandíbula.
Mariana continuó.
—Nunca dices lo que sientes.
—No soy bueno haciéndolo.
—Ya lo sé.
—Entonces…
—Pero yo tampoco puedo pasar años interpretando silencios.
Alejandro se quedó inmóvil.
Mariana respiró hondo.
—Te quiero.
Él levantó la cabeza.
—Mariana…
—Creo que te quiero desde hace tiempo.
Alejandro abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Cinco segundos.
Diez.
Quizá fueron menos.
Para Mariana parecieron eternos.
Sonrió con tristeza.
—Entiendo.
—No, no entiendes.
—Entonces dime algo.
Alejandro no pudo.
Mariana asintió lentamente.
—Eso pensaba.
Aquella noche preparó una maleta.
Alejandro permaneció en el pasillo.
Parecía un hombre dispuesto a enfrentarse a cualquier problema del mundo, excepto al único que realmente importaba.
—No tienes que irte —consiguió decir.
Mariana tomó el bolso.
—Eso tampoco es suficiente.
Alejandro quiso tocarle la mano.
No se atrevió.
La puerta se cerró.
Y el silencio regresó.
Solo que aquella vez ya no era el silencio tranquilo que él había conocido durante años.
Era insoportable.
Durante varios días Alejandro siguió mirando la manta de Mariana sobre el sofá.
Su taza permaneció en un armario.
Una sudadera olvidada seguía colgada detrás de una puerta.
Cada cosa parecía ocupar más espacio que cuando ella estaba allí.
Alejandro se refugió otra vez en el trabajo.
No funcionó.
Canceló reuniones.
Dejó documentos sin leer.
Una tarde observó la fotografía de Mariana durante casi una hora.
Entonces entendió algo que el dinero nunca le había enseñado.
No bastaba con sentir.
La otra persona necesitaba saberlo.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






