Parecía sencilla.
Demasiado sencilla.
Ramiro sonrió.
—¿Eso es todo?
Lucía no respondió.
Entonces él avanzó.
Su primer ataque fue rápido.
Lucía se movió apenas lo necesario.
Ramiro pasó de largo.
Hubo un murmullo entre los alumnos.
—Suerte —dijo él.
Volvió a intentarlo.
Lucía evitó el segundo ataque sin retroceder más de unos centímetros.
Ramiro se quedó mirándola.
Ya no sonreía.
—Tus movimientos son demasiado grandes —dijo Lucía en voz baja—. Se nota lo que vas a hacer antes de hacerlo.
Diego abrió los ojos.
Nadie hablaba así con Ramiro.
Mucho menos una joven que había entrado con una mochila escolar.
La cara del instructor se puso roja.
Volvió a avanzar, ahora sin la calma de antes.
Lucía vio inmediatamente la diferencia.
Su abuelo siempre decía que la rabia hacía torpe incluso a alguien experimentado.
Ramiro lanzó otro movimiento con demasiada fuerza.
Esta vez Lucía no siguió retrocediendo.
Entró en su espacio, desvió el ataque y realizó un solo movimiento corto y controlado.
Ramiro se detuvo en seco.
El aire pareció desaparecer del salón.
Por varios segundos nadie comprendió qué acababa de ocurrir.
El instructor abrió los ojos, perdió el equilibrio y terminó de rodillas sobre el piso acolchado, tratando de recuperar el aliento.
Lucía retrocedió inmediatamente.
No continuó.
No intentó golpearlo otra vez.
Simplemente bajó las manos.
Toda la academia quedó en silencio.
Marta corrió hacia su hija.
—¿Qué hiciste?
Lucía comenzó a temblar.
Hasta ese momento había parecido completamente tranquila.
Ahora volvía a ser la hija de Marta.
—Lo que me enseñó el abuelo.
Diego se acercó lentamente.
—Eso no lo aprendiste aquí.
Lucía negó con la cabeza.
—Mi abuelo me enseñó.
Ramiro consiguió ponerse de pie.
Su cara reflejaba más vergüenza que dolor.
—Eso fue una trampa.
Diego negó con la cabeza.
—No. Usted la desafió. Todos lo vimos.
Ramiro miró alrededor buscando apoyo.
Nadie habló.
—¡Fuera! —gritó.
Señaló a Marta.
—Y tú estás despedida.
Marta cerró los ojos.
Aquella palabra era exactamente lo que había temido desde el principio.
Lucía recogió sus tenis y su mochila.
Antes de salir, Diego se acercó.
—Tu abuelo debía ser un hombre impresionante.
Por primera vez aquella noche, Lucía sonrió.
—Lo era.
Cuando madre e hija salieron, uno de los alumnos tomó su bolsa y también se marchó.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






