Un joven sin hogar cargó 16 kilómetros a una niña ciega… sin saber quién era su padre

Se acercó a la pantalla. El volumen estaba bajo, pero alcanzó a escuchar algunas palabras.

“Desaparecida desde el martes… siete años… discapacidad visual… vista por última vez en el Parque del Poniente…”

Uno de los adolescentes observó la foto y luego miró a la niña que Mateo cargaba.

—Oye… ¿no es ella?

El dueño tomó el control y subió el volumen.

La presentadora explicó que la familia ofrecía una recompensa y que la búsqueda se había extendido a varios distritos. También mostró durante unos segundos una imagen de la entrada de la casa.

Dos pilares de ladrillo.

Una puerta de hierro.

Una fuente junto al acceso.

—Es ella —dijo el dueño—. Tenemos que llamar a las autoridades.

Lucía se aferró al cuello de Mateo.

—No quiero ir con desconocidos.

Mateo dio un paso atrás.

—Yo la llevaré.

—Espera —respondió el hombre—. Muchacho, no puedes marcharte así.

Pero Mateo ya estaba en la calle.

Caminó rápido hasta llegar a un callejón detrás de una lavandería cerrada. Allí se agachó y dejó a Lucía en el suelo.

—La niña de la televisión eras tú.

Lucía se llevó una mano al pecho.

—¿Mi papá me está buscando?

—Sí.

—¿Estaba enojado?

—No lo vi. Solo mostraron una foto.

—Cuando tiene miedo, parece enojado.

Mateo se sentó a su lado.

—¿Reconociste el parque?

—Sí. Don Ernesto me llevó allí.

—Tu casa parece estar lejos. Quizá a unos dieciséis kilómetros.

Lucía bajó la cabeza.

—No podré caminar.

—No tendrás que hacerlo.

La niña alzó el rostro hacia su voz.

—Tú tampoco puedes cargarme tanto.

Mateo observó sus zapatillas rotas.

No tenía dinero para el autobús. Tampoco tenía documentos y sabía que ningún conductor permitiría subir a un adolescente empapado con una niña descalza sin hacer preguntas.

Podía buscar a un policía.

Era lo razonable.

Pero Lucía había confiado en él desde la noche anterior. Cada vez que escuchaba una sirena, su cuerpo se tensaba. Mateo decidió cumplir la promesa de llevarla personalmente hasta la puerta de su familia.

—Descansaremos cuando sea necesario —dijo—. Pero llegaremos.

En la lavandería, una mujer mayor escuchó parte de la conversación. Llevaba una canasta de ropa y un abrigo marrón.

—El Parque del Poniente está muy lejos —les advirtió—. ¿Por qué no llaman a alguien?

Mateo explicó lo mínimo.

La mujer miró los pies de Lucía y la ropa del muchacho. No hizo preguntas incómodas.

Sacó de su bolso dos botellas de agua, unas galletas y un mapa de papel que guardaba en el coche.

—La zona que buscan está aquí —dijo, marcando una ruta con el dedo—. Si siguen esta avenida y cruzan el puente, llegarán al barrio de las casas grandes.

Mateo memorizó las calles.

—Gracias.

—Esperen. Puedo llevarlos.

Pero un relámpago hizo temblar a Lucía. La niña apretó la mano de Mateo.

—No quiero subir a un coche.

La mujer comprendió.

—Entonces lleven esto.

Les entregó una bolsa de plástico grande para protegerse del agua y un par de calcetines limpios. También dio a Mateo unas monedas.

—Por si encuentran un autobús.

Mateo quiso rechazarlas, pero ella cerró su mano sobre las monedas.

—No es caridad. Es para que termines lo que empezaste.

Salieron poco después.

Las nubes volvieron a cubrir la ciudad y la lluvia aumentó antes de que alcanzaran el puente.

Mateo acomodó a Lucía en su espalda. Usó la bolsa de plástico como una capa para cubrirla y ató las esquinas alrededor de su cintura.

Él quedó completamente expuesto.

Al principio avanzaron con rapidez.

Lucía hablaba para mantenerse despierta. Le contó que le gustaba tocar el piano, que podía reconocer a su padre por la forma de cerrar las puertas y que su comida favorita eran las croquetas que preparaba una cocinera de la casa.

—¿Y la tuya? —preguntó.

Mateo pensó en los guisos que preparaba su madre.

—Arroz con pollo.

—¿Hace mucho que no comes?

—Comí pan ayer.

—Eso no cuenta.

—Sí cuenta si tienes suficiente hambre.

Lucía permaneció callada unos segundos.

Después sacó las galletas de la bolsa.

—Abre la boca.

—Guárdalas para ti.

—Abre la boca o las tiraré.

Mateo se rio.

—No harías eso.

—No puedes saberlo.

Él abrió la boca y Lucía le dio una galleta.

Compartieron el paquete mientras caminaban.

A los tres kilómetros, Mateo empezó a sentir dolor en los hombros. Se detuvo bajo el techo de una estación de servicio abandonada y dejó a Lucía sentada sobre una caja.

—¿Estamos cerca?

—Más cerca que antes.

—Eso no significa nada.

—Significa exactamente lo que dije.

Lucía sonrió.

—Hablas como mi papá.

Mateo tomó agua y revisó los pies de la niña. Los calcetines se habían mojado, pero protegían las heridas.

—¿Por qué vives en la calle? —preguntó Lucía.

—Es una historia larga.

—Tenemos un camino largo.

Mateo apoyó la espalda contra la pared.

—Mi mamá enfermó. Cuando murió, fui a vivir con varias familias. Algunas eran buenas, pero nunca duraba mucho. Después dejé de confiar.

—Mi papá dice que confiar da miedo.

—Tu papá tiene razón.

—También dice que a veces hay que hacerlo aunque dé miedo.

Mateo miró a la niña.

—Eso hiciste conmigo.

—Tu voz no sonaba mala.

—Hay gente mala con voz amable.

—Lo sé.

La manera tranquila en que lo dijo le dolió.

Mateo no preguntó qué había vivido. Solo volvió a agacharse para que subiera a su espalda.

La lluvia siguió cayendo durante horas.

Pasaron frente a pequeños comercios, edificios antiguos y calles que Mateo nunca había visto. Los coches levantaban agua al circular y algunas personas los observaban desde las ventanas.

Una mujer preguntó desde una parada:

—¿Dónde está la madre de esa niña?

Mateo no se detuvo.

Un hombre con paraguas le ofreció llamar a una ambulancia. Lucía se asustó al escuchar la palabra, así que Mateo respondió que ya estaban cerca.

No era verdad.

Todavía les quedaba más de la mitad del camino.

A los seis kilómetros, la suela derecha de Mateo terminó de abrirse. Cada paso dejaba entrar agua helada y pequeñas piedras.

A los ocho, las piernas comenzaron a temblarle.

A los diez, tuvo que apoyarse en una pared para no caer.

—Déjame caminar —pidió Lucía.

—Tus pies están heridos.

—Los tuyos también.

—Los míos ya estaban feos antes de conocerte.

—No hagas bromas.

Mateo respiró profundamente.

—No falta mucho.

—Siempre dices eso.

—Alguna vez tendrá que ser verdad.

Continuó.

Pensó en la fotografía de su madre guardada en la mochila. Ella solía decirle que una persona no se definía por lo que tenía, sino por lo que hacía cuando nadie estaba mirando.

Durante años, Mateo había creído que aquella frase era demasiado bonita para el mundo real.

Ahora la entendía.

Nadie lo estaba mirando.

Nadie sabía su nombre.

No había cámaras ni aplausos.

Solo existían la lluvia, el dolor y una niña que dependía de él.

Cuando llegaron al barrio del poniente, las calles cambiaron. Los edificios descuidados dieron paso a casas amplias, jardines podados y banquetas sin grietas.

Mateo se sintió fuera de lugar.

Su ropa goteaba. Tenía barro hasta las rodillas y tosía cada pocos minutos.

Lucía apenas hablaba.

—¿Sigues despierta? —preguntó.

—Sí.

—Dime algo.

—Tu corazón va muy rápido.

—Es porque estamos subiendo una cuesta.

—También estás temblando.

—Es el frío.

—Mateo…

—¿Qué?

—Si me dejas aquí, alguien me encontrará.

Él se detuvo.

—No voy a dejarte.

—Ya hiciste mucho.

—Te prometí llevarte a casa.

—No tienes que cumplir todas las promesas.

Mateo recordó a los adultos que alguna vez habían pensado así.

—Esta sí.

Siguió subiendo.

Al doblar la última esquina vio los dos pilares de ladrillo.

Entre ellos se levantaba una gran puerta de hierro. Detrás había una entrada larga, una fuente y una casa de tres plantas con las ventanas encendidas.

Era el lugar mostrado en las noticias.

Mateo sintió que las fuerzas lo abandonaban de golpe.

Caminó hasta el interfono y presionó el botón.

Nadie respondió.

Volvió a pulsarlo.

—¿Sí? —dijo finalmente una voz masculina.

Mateo acercó la boca al aparato.

—Tengo a Lucía.

Hubo un silencio.

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