Ahora comenzaba a comprender que el dinero no servía de mucho si quienes podían ayudar ni siquiera miraban a las personas que tenían enfrente.
Una tarde decidió conocer el barrio donde vivía Elena.
No llegó con regalos ni con empleados detrás.
Tampoco quiso aparecer de sorpresa en su puerta.
Le preguntó directamente.
—Elena, quiero conocer a Mateo.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿A mi hijo?
—Rogelio me contó que estudia mucho.
Elena sonrió inmediatamente.
Era la primera vez que Mauricio veía cómo se le iluminaba el rostro al hablar de algo personal.
—Le gusta mucho estudiar.
—Si no te incomoda, me gustaría saludarlo algún día.
Elena dudó.
Luego aceptó.
Dos días después, Mauricio condujo hasta una colonia popular en las afueras de Querétaro.
Las calles eran estrechas.
Había pequeños comercios, casas pegadas unas a otras, bicicletas apoyadas contra las paredes y vecinos conversando frente a sus puertas.
La vivienda de Elena era sencilla.
Dos habitaciones.
Una cocina pequeña.
Muebles usados pero perfectamente ordenados.
En una esquina del comedor había un ventilador viejo.
Sobre una mesa de madera, Mateo hacía tareas.
El niño se levantó en cuanto entró Mauricio.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes, Mateo.
—Mi mamá me dijo que usted iba a venir.
Elena apareció desde la cocina, claramente nerviosa por recibir a su empleador en su casa.
—¿Quiere agua?
—Claro, gracias.
Mauricio se sentó frente al niño.
Había cuadernos abiertos por toda la mesa.
—¿Te gusta estudiar?
Mateo asintió.
—Ciencias.
—¿Por qué?
El niño señaló varios dibujos pegados en la pared.
Mauricio los miró.
En uno aparecía una mujer con uniforme azul.
En otro, un edificio con una cruz dibujada sobre una puerta.
En otro había una persona con bata atendiendo a un paciente.
—Quiero ser médico —dijo Mateo.
Mauricio sonrió.
—¿Desde cuándo?
El niño miró a Elena.
—Desde pequeño.
—¿Y por qué médico?
Mateo respondió con una naturalidad que dejó a Mauricio sin palabras.
—Porque mi mamá siempre cuida a todos, pero cuando ella se siente mal casi nunca tiene tiempo para que alguien la cuide.
Elena bajó la cabeza.
—Mateo…
—Es verdad.
El niño sonrió.
—Yo quiero poder ayudarla cuando sea grande.
Mauricio miró los cuadernos.
Las páginas estaban llenas de notas cuidadosas.
En una esquina había un libro escolar reparado con cinta adhesiva.
—Mi maestro dice que si sigo estudiando puedo conseguir una beca algún día —añadió Mateo.
—Seguro que puedes.
—Eso espero.
Después de conversar unos minutos, Mauricio se levantó.
Elena lo acompañó hasta la puerta.
—Perdone que la casa sea pequeña —dijo ella.
Mauricio se detuvo.
—No vuelvas a disculparte por eso.
Elena pareció confundida.
Mauricio miró hacia dentro.
Mateo había vuelto a sentarse frente a sus cuadernos.
—Tienes una casa donde un niño estudia pensando en cómo ayudar a su madre. Hay gente con casas mucho más grandes que no tiene algo así.
Elena no dijo nada.
Mauricio regresó esa noche a su residencia y caminó solo por varias habitaciones.
Todo era amplio.
Perfectamente decorado.
Silencioso.
Miró el comedor donde podían sentarse más de veinte personas.
Recordó a Elena bajo el árbol con su pequeño recipiente de plástico.
Entró en su estudio y se sentó.
Sobre el escritorio había documentos relacionados con una nueva inversión.
Millones de pesos representados mediante cifras, porcentajes y proyecciones.
Por primera vez, aquellos números le parecieron extrañamente fríos.
Pensó en las torres que había ayudado a construir.
Las propiedades que había comprado.
Las reuniones que había considerado importantes.
Los viajes.
Los autos.
Las cenas.
También pensó en algo mucho más pequeño.
Una mujer mojándose mientras comía arroz bajo un árbol porque creyó que sentarse dentro podía avergonzarlo.
Mauricio cerró los documentos.
Al día siguiente pidió hablar con la persona responsable de administrar su patrimonio familiar.
Fue muy claro.
—Quiero crear un fondo privado para educación.
—¿Para quién?
—Para empezar, para el hijo de una trabajadora.
El administrador tomó notas.
—¿Hasta qué nivel?
Mauricio pensó en los dibujos de Mateo.
—Hasta donde su capacidad lo lleve.
Después pidió revisar los salarios y funciones del personal doméstico.
No quería entregar dinero al azar ni hacer favores que pudieran generar resentimientos.
Quería saber si las responsabilidades y pagos eran justos.
Al revisar los registros descubrió algo más.
Durante los últimos dos años, Elena había realizado tareas que correspondían a una supervisora.
Organizaba turnos cuando Rogelio no estaba.
Capacitaba al personal nuevo.
Revisaba inventarios.
Solucionaba problemas.
Pero seguía contratada como auxiliar de limpieza.
—¿Por qué nunca solicitó el puesto? —preguntó Mauricio.
La administradora respondió:
—Nunca quiso pedirlo.
Él casi sonrió con tristeza.
Claro que no.
Elena nunca pedía.
Esa misma tarde la llamó a su oficina.
Ella llegó cinco minutos antes.
Se quedó junto a la puerta con las manos juntas.
—¿Mandó llamarme, señor?
—Sí. Siéntate.
Elena obedeció lentamente.
Parecía preocupada.
—¿Ocurrió algo?
Mauricio abrió una carpeta.
—Sí.
El rostro de Elena cambió.
—¿Hice algo mal?
Mauricio sintió un golpe de culpa al escuchar la pregunta.
Incluso después de cuatro años de buen trabajo, su primera reacción era pensar que iban a despedirla.
—No. Todo lo contrario.
Le acercó una hoja.
Elena comenzó a leer.
Sus ojos se movieron lentamente de izquierda a derecha.
Luego volvió al principio.
—No entiendo.
—Es un cambio de puesto.
Elena levantó la mirada.
—¿Supervisora del equipo?
—Eso es lo que ya haces cuando hace falta. Solo que ahora vas a recibir el salario correspondiente.
Elena abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Mauricio sacó otro documento.
—Y esto es para Mateo.
Ella lo tomó.
Leyó las primeras líneas.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Señor Mauricio…
—Es un fondo educativo.
Elena siguió leyendo.
—Cubre sus estudios mientras mantenga un buen desempeño y quiera continuar estudiando.
Ella se llevó una mano a la boca.
—Yo no puedo aceptar esto.
—Sí puedes.
—Es demasiado.
—No es un regalo porque me dé lástima tu situación.
Elena lo miró.
Mauricio eligió cuidadosamente sus palabras.
—Tu hijo tiene capacidad. Tú has trabajado aquí durante años y has demostrado que puedes asumir más responsabilidad de la que figura en tu puesto. Estoy corrigiendo dos cosas que debí haber visto antes.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Elena.
—No sé qué decir.
Mauricio sonrió apenas.
—Entonces no digas nada.
Ella intentó secarse los ojos.
—Solo prométeme algo.
—Lo que sea.
Mauricio señaló hacia el jardín.
—No vuelvas a comer bajo ese árbol porque creas que tu presencia puede molestar a alguien.
Elena soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Se lo prometo.
Mauricio asintió.
—Y si alguna persona vuelve a decirte que no debes estar en un espacio destinado al personal, me lo dices.
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