Llamó a su asistente.
—Necesito una habitación amplia en un hotel cercano. Dos camas. Para esta noche y los próximos días.
Elena abrió mucho los ojos.
—No.
Arturo levantó una mano.
—Espere.
Continuó hablando.
—A nombre de Elena… ¿su apellido?
—Ramírez —respondió ella casi automáticamente.
—Elena Ramírez.
Terminó la llamada.
—Todo está listo.
Elena negó con la cabeza.
—Señor, agradezco mucho la cena, pero esto es demasiado.
—Arturo.
—¿Perdón?
—Me llamo Arturo.
Elena respiró hondo.
—Arturo, no puedo aceptar que un desconocido pague un hotel durante días.
—Entonces acepte una sola noche.
Ella lo miró.
—Mañana puede decidir qué hacer después. Pero esta noche Lucía duerme en una cama.
Lucía levantó la cabeza.
—¿De verdad?
Arturo sonrió.
—De verdad.
La expresión de la niña fue suficiente para terminar la discusión.
Elena miró a su hija y finalmente cedió.
—Una noche.
—Una noche —dijo Arturo.
Sabía que probablemente encontraría la forma de ayudar después.
Pero no necesitaba ganar todas las discusiones al mismo tiempo.
Antes de marcharse, Arturo hizo otra pregunta.
—¿En qué trabajaba?
—Comunicación y publicidad. Sobre todo contenido, coordinación de campañas y atención a clientes.
Arturo arqueó las cejas.
—¿Tiene experiencia?
Elena casi se rio.
—Ocho años.
—Mi empresa tiene un departamento de comunicación.
Ella se puso seria.
—No quiero un empleo regalado.
Aquella respuesta hizo sonreír a Arturo.
—Perfecto.
Sacó una tarjeta sencilla.
—Entonces no se lo voy a regalar.
La colocó sobre la mesa.
—Cuando terminen las fiestas, llame. Le conseguiré una entrevista. Después tendrá que ganarse el puesto como cualquiera.
Elena observó la tarjeta.
Entonces vio el cargo impreso debajo del nombre.
Sus ojos se abrieron.
—¿Usted es…?
Arturo asintió.
—Sí.
—Pensé que…
—¿Que era un señor raro cenando solo?
Lucía soltó una carcajada.
Elena también.
Por primera vez desde que habían entrado, su risa parecía completamente real.
—Algo así.
Cuando Arturo se levantó para despedirse, Lucía tiró suavemente de la manga de su madre.
—Mamá.
—¿Qué?
La niña miró a Arturo.
—Él también está solo.
Elena se quedó inmóvil.
Arturo sintió un nudo en la garganta.
Lucía continuó:
—Puede cenar con nosotras mañana.
—Cariño…
—Dijiste que la Navidad es para compartir.
Arturo miró a Elena.
Ella parecía avergonzada.
Después sonrió.
—Tiene razón.
Arturo no supo qué decir.
Había recibido invitaciones a fiestas enormes, cenas privadas y eventos exclusivos.
Había rechazado todos.
Pero aquella invitación, hecha por una niña de siete años que unas horas antes no tenía dónde dormir, era distinta.
—Me encantaría.
La mañana siguiente, Arturo llegó al hotel con demasiadas bolsas.
Elena abrió la puerta y se quedó mirándolo.
—Dijo que vendría a desayunar.
—Sí.
—Eso parece una mudanza.
Arturo miró las bolsas.
—Creo que perdí la práctica comprando regalos para niños.
Lucía apareció corriendo.
Había comprado una pequeña muñeca, libros, colores y un abrigo nuevo.
Nada extravagante.
Al menos eso creía él.
También llevaba adornos sencillos y un árbol pequeño que colocaron junto a la ventana.
Desayunaron juntos.
Después comieron tamales y otros platos sencillos que Arturo había conseguido.
Lucía insistió en colocar personalmente cada adorno del árbol.
Uno quedó casi tocando el suelo.
Otro quedó escondido detrás.
Arturo quiso moverlos.
Lucía lo prohibió.
—Así está perfecto.
Y por alguna razón, Arturo estuvo de acuerdo.
Por la tarde jugaron cartas.
Lucía hizo trampa.
Elena fingió no darse cuenta.
Arturo perdió seis partidas consecutivas.
Al anochecer, la niña terminó dormida con la cabeza sobre su hombro.
Arturo dejó de respirar durante unos segundos.
No quería despertarla.
Elena estaba sentada enfrente.
—Gracias —susurró.
—Ya me dio las gracias demasiadas veces.
—No por el hotel.
Arturo la miró.
—Entonces, ¿por qué?
—Por hacer que hoy pareciera Navidad.
Arturo observó a Lucía dormida.
—Creo que ella hizo eso por mí.
Elena guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Por qué estaba solo anoche?
Arturo tardó un momento.
—Mi esposa murió hace tres años.
Elena bajó la mirada.
—Lo siento.
—Nunca tuvimos hijos.
Arturo respiró profundamente.
—Pasé muchos años creyendo que siempre habría tiempo para hacer las cosas importantes después.
Miró alrededor.
El pequeño árbol torcido.
Los platos sobre la mesa.
Los dibujos de Lucía.
—Después descubrí que algunas veces no existe un después.
Elena asintió.
Entendía demasiado bien.
Dos días más tarde, Elena llamó al número de la tarjeta.
Tuvo una entrevista.
Después otra.
Arturo no participó.
De hecho, pidió expresamente que la evaluaran igual que al resto de candidatos.
Una semana después recibió una llamada.
Le habían ofrecido un puesto.
Cuando Elena se lo contó a Arturo, lo primero que dijo fue:
—Me lo gané.
—Eso esperaba.
—Creí que diría “te lo dije”.
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