Luego a Arturo.
La charola empezó a temblar.
Cayó.
El estruendo hizo que todos voltearan.
Platos y vasos terminaron en el suelo.
Valeria se quedó paralizada.
—¡Ramírez! —gritó el encargado desde el mostrador—. ¿Qué hiciste?
Ella cayó de rodillas y comenzó a recoger los pedazos.
—Lo siento. Lo voy a pagar.
—Claro que lo vas a pagar.
Arturo se levantó.
—Ya es suficiente.
El encargado lo miró.
—Señor, esto no es asunto suyo.
—La muchacha se cortará si sigue recogiendo vidrio con las manos.
Arturo pagó el consumo y dejó dinero suficiente para cubrir los objetos rotos.
Después se agachó frente a Valeria.
—Levántate.
—No puedo irme. Necesito este trabajo.
—Valeria.
Ella finalmente levantó la mirada.
Estaba llorando.
No de miedo.
De vergüenza.
—Necesito el dinero para mi mamá.
Arturo extendió la mano.
—Levántate.
Valeria la tomó.
Dentro del auto no habló durante varios minutos.
Arturo notó una pequeña cortada en su palma y sacó un botiquín del compartimento delantero.
—Dame la mano.
—Es solo un rasguño.
—Dámela.
Valeria obedeció.
Mientras Arturo limpiaba la herida, ella comenzó a llorar otra vez.
—Usted no entiende.
—Entonces explícame.
—No podía seguir estudiando como si nada.
Valeria tomó aire.
—¿Qué quería que hiciera? ¿Sentarme a leer libros mientras mi mamá no podía levantarse de la cama?
Le contó todo.
El dolor.
Las cuentas.
Los medicamentos.
El miedo a perder el departamento.
El temor de que Arturo despidiera a Elena si descubría que ya no podía trabajar con normalidad.
—Empecé cubriendo algunas cosas de mi mamá —dijo—. Luego encontré este trabajo. Si aguantaba unas semanas más podía juntar para el siguiente tratamiento.
—¿Y tu beca?
Valeria apretó los labios.
—Mi mamá vale más que una beca.
—Nadie está diciendo lo contrario.
—Entonces no me diga que estoy arruinando mi vida.
Arturo guardó silencio.
—Nunca pensé que fuera fácil —continuó ella—. Pero no iba a abandonarla.
Arturo arrancó el auto.
—En eso tienes razón.
Valeria lo miró sorprendida.
—Pero también estás equivocada en algo.
—¿En qué?
—Creíste que solo existían dos opciones: salvar a tu madre o salvar tu futuro.
El auto se detuvo frente al edificio.
—Vamos a hablar con ella.
Cuando entraron, Elena estaba sentada esperando.
Al ver el uniforme sucio de su hija y la venda en su mano, empezó a llorar.
—¿Qué pasó?
—Estoy bien, mamá.
Entonces vio a Arturo.
—Señor Mendoza, por favor. No la castigue. Todo esto es culpa mía.
—No vine a castigar a nadie.
Arturo se sentó frente a las dos.
—Vine porque ustedes tienen un problema con pedir ayuda.
Madre e hija guardaron silencio.
—Mañana iremos con un especialista. Tu tratamiento y los gastos médicos necesarios estarán cubiertos durante esta etapa, Elena.
Ella abrió los ojos.
—No podemos aceptar eso.
—Todavía no termino.
Miró a Valeria.
—Y tú regresarás a la preparatoria.
—Ya perdí demasiado.
—Eso todavía no lo sabemos.
Arturo explicó que Manuel se pondría en contacto con la escuela junto con Elena, respetando todos los procedimientos necesarios.
Documentarían la emergencia familiar.
Preguntarían qué opciones había para presentar los exámenes pendientes.
También hablarían con la universidad que le había concedido la beca para explicar la situación.
—No puedo prometer que aceptarán —dijo Arturo—. Pero sí puedo prometer que preguntaremos antes de rendirnos.
Elena seguía llorando.
—¿Por qué hace esto?
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