Un multimillonario quedó varado bajo la lluvia, pero tres adolescentes cambiaron algo mucho más importante que su rueda

Era un pueblo pequeño, con casas modestas, una plaza, varios comercios familiares y una cafetería junto a la carretera.

Frente a ella vio tres bicicletas apoyadas contra la pared.

Diego, Mateo e Iván estaban sentados en un banco, compartiendo pan dulce y hablando al mismo tiempo.

Diego fue el primero en reconocerlo.

—¡Es el señor de la rueda!

Los otros dos se giraron.

—¿El coche está bien? —preguntó Mateo.

Alejandro estacionó y cruzó la calle.

—Está perfectamente, gracias a ustedes.

—Le dijimos que funcionaría —respondió Iván.

—¿Puedo sentarme?

Los tres hicieron espacio en el banco.

Alejandro se acomodó junto a ellos. Durante unos segundos no supo cómo empezar.

Estaba acostumbrado a hablar ante salas llenas, pero nunca se había sentido tan fuera de lugar como frente a aquellos adolescentes.

—Ayer llegué a tiempo a mi reunión —dijo finalmente—. El acuerdo se firmó.

—Qué bueno —contestó Diego.

—Debía de ser muy importante —añadió Mateo.

—Lo era. Aunque ocurrió algo extraño.

Los tres lo miraron.

—Pasé meses pensando en ese negocio. Creía que, cuando lo cerrara, sería uno de los mejores días de mi vida. Pero cuando terminé, no podía dejar de pensar en ustedes.

Mateo frunció el ceño.

—¿Hicimos algo mal con la rueda?

Alejandro soltó una carcajada.

—No. Hicieron todo bien.

Los muchachos se relajaron.

—No estoy acostumbrado a que alguien me ayude sin pedir nada a cambio —continuó—. Ayer intenté darles dinero porque era la única manera que conocía de devolver un favor.

—No fue un favor tan grande —dijo Iván.

—Para mí sí lo fue.

Alejandro sacó una pequeña libreta del bolsillo.

—Quiero hacer algo por ustedes. No como pago. Solo como agradecimiento.

Diego miró a sus amigos.

—No necesitamos nada.

—Tal vez podrían reparar sus bicicletas.

—Todavía funcionan.

—O comprar material para la escuela.

—Nuestras familias se ocupan de eso —respondió Mateo.

Alejandro apoyó los codos sobre las rodillas.

—Tiene que haber algo que necesiten.

Los tres permanecieron callados.

Diego observó la acera.

Mateo miró a Iván.

Finalmente, Iván habló.

—Hay algo, pero no es para nosotros.

—Los escucho.

Diego respiró hondo.

—El centro vecinal que mencionamos ayer está bastante mal. Muchos niños van allí después de clase porque sus padres trabajan hasta tarde.

—También hacen actividades para las personas mayores —añadió Mateo—. Mi abuela participa en un grupo de lectura.

—Y ayudan con las tareas —dijo Iván—. Pero el techo tiene goteras, algunos baños no funcionan y el patio está cerrado porque los juegos son demasiado viejos.

Alejandro anotó cada detalle.

—¿Quién lo administra?

—La señora Elena —respondió Diego—. Lleva años intentando reunir dinero para repararlo.

—Hacen ventas de comida, rifas y pequeñas colectas —explicó Mateo—, pero apenas alcanza para pagar las facturas.

—¿Y ustedes quieren que ayude al centro en vez de comprarles algo?

Los tres asintieron.

Alejandro los observó con detenimiento.

El día anterior habían rechazado dinero.

Ahora, teniendo la oportunidad de pedir cualquier cosa, pensaban en los niños del pueblo y en sus vecinos.

—Llévenme allí —dijo.

El centro vecinal estaba a pocas calles.

Era un edificio de una sola planta que en otro tiempo había sido blanco. La pintura se desprendía en varias zonas y una parte del tejado estaba cubierta con láminas provisionales.

En la entrada había un cartel hecho a mano:

“Cada pequeña ayuda cuenta”.

Dentro, varias mesas antiguas ocupaban una sala grande. En un rincón había cajas con libros usados. En otro, algunos juguetes reparados con cinta adhesiva.

Una mujer de unos cincuenta años salió de una oficina cargando carpetas.

—Chicos, creía que iban a terminar el cartel para la colecta.

Entonces vio a Alejandro.

—Buenos días. ¿Puedo ayudarlo?

—Usted debe de ser Elena.

La mujer miró a los adolescentes.

—Eso parece. ¿Y usted es…?

—Alejandro Rivas. Estos jóvenes me hablaron del centro.

Elena dejó las carpetas sobre una mesa.

—Espero que no le hayan dicho que esto está a punto de derrumbarse. Ellos exageran un poco.

En ese momento cayó una gota desde el techo dentro de un cubo.

Mateo miró a Diego.

—Dos goteras y media.

Elena suspiró.

—De acuerdo. Quizá no exageran tanto.

Alejandro recorrió el edificio.

Vio una sala con manchas de humedad, ventanas que no cerraban bien y enchufes cubiertos para evitar que los niños se acercaran.

Los baños necesitaban reparaciones.

El patio trasero estaba rodeado por una cinta. Había un columpio oxidado, un pequeño tobogán agrietado y una cancha con el suelo levantado.

—¿Cuántas personas utilizan este lugar? —preguntó.

—Depende del día —respondió Elena—. Unos cuarenta niños vienen durante la semana. También organizamos talleres para adultos, apoyo escolar y actividades para mayores.

—¿Cuánto necesitan para repararlo?

Elena soltó una risa cansada.

—Más de lo que podemos reunir.

—Necesito una cifra aproximada.

La mujer estudió su rostro.

—¿Está pensando hacer una donación?

—Estoy pensando en arreglarlo.

Elena quedó en silencio.

—Perdone, no estoy segura de haber entendido.

—Un techo nuevo. Instalaciones seguras. Baños en condiciones. Pintura, mobiliario y un patio donde los niños puedan jugar sin peligro.

Diego abrió mucho los ojos.

Mateo dejó caer la mochila al suelo.

Iván miró a Alejandro como si tratara de descubrir si estaba bromeando.

Elena tardó varios segundos en responder.

—Señor Rivas, agradezco la intención, pero eso costaría muchísimo.

—Puedo asumirlo.

—¿Todo?

—Todo lo necesario.

La mujer negó lentamente.

—La gente no llega un miércoles cualquiera y ofrece renovar un edificio entero.

Alejandro señaló a los tres jóvenes.

—Tampoco es habitual que tres adolescentes se detengan bajo la lluvia para ayudar a un desconocido.

Elena los miró.

Diego se encogió de hombros.

—Solo cambiamos una rueda.

—Eso es lo que ustedes creen —respondió Alejandro.

Durante las siguientes horas, Elena le mostró documentos, presupuestos antiguos y una lista de reparaciones pendientes.

Alejandro tomó fotografías, hizo anotaciones y prometió regresar en pocos días con un plan.

Antes de marcharse, reunió a los muchachos junto a la entrada.

—No quiero que anuncien nada todavía.

—¿Por qué? —preguntó Mateo.

—Primero debo asegurarme de que todo pueda hacerse correctamente.

—¿De verdad va a volver? —preguntó Diego.

Alejandro extendió la mano.

—Les doy mi palabra.

Diego se la estrechó.

—Entonces lo esperamos.

Durante la semana siguiente, Alejandro cambió varias reuniones para concentrarse en el proyecto.

Su equipo no entendía por qué dedicaba tantas horas a un centro vecinal de un pueblo pequeño.

—Podemos enviar una cantidad y dejar que ellos decidan —le sugirió uno de sus asesores.

—No.

—Sería más sencillo.

—Precisamente por eso no quiero hacerlo así.

Alejandro contactó con arquitectos, técnicos y constructores. No utilizó el nombre de ninguna de sus empresas para buscar publicidad.

Solo pidió un proyecto seguro, útil y discreto.

El centro no necesitaba paredes lujosas.

Necesitaba un techo que no goteara.

Baños que funcionaran.

Mesas resistentes.

Buena iluminación.

Un patio seguro.

También insistió en que se contratara a trabajadores de la zona siempre que fuera posible.

Una semana después regresó a Santa Lucía del Valle.

Diego, Mateo e Iván estaban en el centro preparando carteles para una venta de comida.

—Pensamos que quizá se había olvidado —confesó Mateo.

—No olvido fácilmente una promesa.

Alejandro colocó varios planos sobre la mesa.

Elena se acercó.

—¿Qué es todo esto?

—El proyecto de renovación.

Extendió el primer dibujo.

—Comenzaremos por el tejado y las instalaciones. Después repararemos las salas, cambiaremos las ventanas y renovaremos los baños.

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