Alejandro comprendió.
—La cuidaste. Hiciste todo lo que pudiste.
Mateo miró sus zapatos.
—Tenía miedo de irme de la banca porque mamá dijo que esperara.
—Eras un niño obedeciendo a su madre.
—Pero casi le pasa algo a Sofía.
—Y cuando comprendiste que estaba en peligro, pediste ayuda.
Mateo permaneció callado.
—Eso es lo importante —dijo Alejandro.
Las noches eran más difíciles.
Mateo se despertaba convencido de que estaba otra vez en el parque.
A veces corría hasta donde dormía Sofía.
Otras veces se quedaba sentado en la cama, abrazándose las rodillas.
Alejandro empezó a dejar una pequeña luz encendida en el pasillo.
También revisaba su habitación antes de dormir.
Una madrugada encontró al niño despierto.
—¿Te vas a cansar de nosotros? —preguntó Mateo.
La pregunta tomó a Alejandro por sorpresa.
—¿Por qué dices eso?
—Porque damos mucho trabajo.
—Todos damos trabajo.
—Sofía llora.
—Es bebé.
—Yo tengo pesadillas.
—Eso puede pasar después de vivir algo que da mucho miedo.
Mateo lo observó.
—Tú tienes una hija.
—Sí. Se llama Valeria.
—Entonces ya tienes familia.
Alejandro se sentó en el borde de la cama.
—Tener familia no significa que ya no quede espacio para nadie más.
—¿Ella sabe que estamos aquí?
—Sí.
—¿Está enojada?
Alejandro pensó en la conversación que había tenido con Valeria.
Al principio la niña había quedado confundida.
Luego hizo muchas preguntas.
Al final solo quiso saber si Sofía estaba bien.
—No está enojada.
Mateo respiró más tranquilo.
—Duerme —dijo Alejandro—. Mañana tienes escuela.
—¿Vas a seguir aquí cuando despierte?
Aquella pregunta dolió más que cualquier otra.
—Sí.
—¿Seguro?
—Seguro.
Alejandro cumplió.
Poco a poco empezó a conocer al verdadero Mateo, no solo al niño asustado del parque.
Era curioso.
Le fascinaban los planetas.
Leía libros destinados a niños mayores.
Preguntaba cómo funcionaban los elevadores, los aviones, los semáforos y los satélites.
Una noche señaló la luna desde la ventana.
—¿Sabías que allá arriba nadie puede escuchar un grito?
—Sí.
—Porque no hay aire.
—Exactamente.
Mateo sonrió.
—Pensé que no lo sabías.
—Dirijo una empresa tecnológica.
—Pero pusiste el pañal de Sofía al revés.
Alejandro no pudo discutir aquel argumento.
Sofía también cambió.
Recuperó fuerzas.
Comenzó a sonreír.
Después a reír.
Y finalmente descubrió que lanzar una cuchara al suelo repetidamente provocaba que los adultos hicieran cosas muy interesantes.
El departamento perfectamente ordenado dejó de existir.
Había juguetes junto al sofá.
Biberones en la cocina.
Libros infantiles sobre la mesa.
Una pequeña mochila junto a la puerta.
Alejandro tropezó una mañana con un dinosaurio de plástico antes de una videollamada de trabajo.
Lo recogió y lo dejó sobre su escritorio.
Allí se quedó.
Tres semanas después, hubo una audiencia para revisar la situación.
Laura había comenzado un programa intensivo de tratamiento.
Los especialistas consideraban que todavía no estaba preparada para hacerse cargo de sus hijos.
La prioridad era mantener a Mateo y Sofía juntos en un entorno estable mientras continuaba el proceso.
La jueza revisó varios informes.
—Señor Ramírez, los menores parecen estar adaptándose bien a su casa.
—Sí.
—Mateo está asistiendo a la escuela y recibe apoyo especializado.
—Sí.
—Y Sofía se encuentra bien de salud.
Alejandro asintió.
La jueza lo observó durante unos segundos.
—Tengo una pregunta.
—Claro.
—¿Por qué hace esto?
Alejandro no entendió.
—¿A qué se refiere?
—Usted tiene una empresa que dirigir. Una hija que vive en otra ciudad. Una vida completamente independiente. Encontró a estos niños por casualidad. Podría haberse limitado a llamar a emergencias y continuar con su vida.
Alejandro miró hacia atrás.
Mateo estaba sentado sosteniendo uno de los juguetes de Sofía.
El niño levantó la vista.
—La primera noche ayudé porque cualquier persona debería ayudar a un niño en peligro —respondió Alejandro—. Pero después ocurrió otra cosa.
—¿Qué cosa?
Alejandro pensó unos segundos.
—Empezaron a importarme.
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