Un niño pidió a una desconocida que fuera su mamá por un día… y su respuesta cambió todo

Mariana miró a Alejandro.

—Suena bastante sensato.

Mateo respondió antes que él.

—Mi papá es bastante bueno.

Aquellas palabras dejaron a Alejandro sin respuesta.

Los tres comenzaron a caminar.

La situación seguía siendo extraña.

Mariana lo sabía.

Alejandro también.

Probablemente cualquier persona que hubiera escuchado cómo se conocieron habría pensado que todo aquello era absurdo.

Pero para Mateo parecía perfectamente lógico.

Había hecho una petición.

Habían negociado.

Y había conseguido una nueva amiga.

Primero fueron por un helado.

Mateo escogió uno enorme que comenzó a derretirse antes de que llegaran a una mesa.

—Te dije que era demasiado grande —dijo Alejandro.

—No es demasiado grande.

Una gota cayó sobre su sudadera.

—Está escapando —dijo Mariana.

Mateo intentó atraparla con la lengua.

Alejandro negó con la cabeza.

—Por favor, no hagas eso.

—¿Ves? —dijo Mateo mirando a Mariana—. Cosas de papá.

—Me parece una regla bastante razonable.

—Creí que estabas de mi lado.

—Nos conocemos desde hace cuarenta minutos. Todavía estoy evaluando.

Mateo aceptó aquella respuesta con seriedad.

Después subieron al pequeño tren que recorría una parte del parque.

Resultó que Mateo sabía una cantidad sorprendente de datos sobre trenes.

Habló durante casi todo el recorrido.

Explicó la diferencia entre varios tipos de locomotoras, contó cuál era su favorita y aseguró que algún día quería viajar por todo el país en tren.

Mariana hizo preguntas.

Mateo respondió cada una como si estuviera dando una conferencia.

Alejandro permaneció sentado frente a ellos.

Al principio parecía atento a todo.

Miraba alrededor.

Miraba a Mateo.

Miraba a Mariana.

Como si todavía esperara que algo saliera mal.

Pero poco a poco comenzó a relajarse.

No ocurrió ningún milagro.

Mateo no dejó de extrañar a su madre.

Alejandro no olvidó los últimos dos años.

Mariana no llenó ningún vacío.

Simplemente estaban juntos.

Y por una tarde, eso fue suficiente.

Después prepararon los sándwiches en una mesa del parque.

Alejandro había comprado más comida de la necesaria.

—Papá siempre compra demasiado pan —comentó Mateo.

—Porque luego dices que tienes hambre.

—A veces.

—Siempre.

—Casi siempre.

Mariana sonrió mientras ayudaba a repartir las servilletas.

Durante unos minutos hablaron de cosas pequeñas.

De la escuela.

De películas.

De una exposición que Mateo quería visitar.

De cómo Alejandro había aprendido a cocinar después de quedarse solo con su hijo.

—Al principio todo me salía mal —admitió.

—Una vez quemó una sopa —dijo Mateo.

Mariana lo miró.

—¿Cómo se quema una sopa?

—Todavía no lo sabemos.

Alejandro levantó las manos.

—Fue una época complicada.

Los tres rieron.

Y entonces ocurrió algo que sorprendió a Mariana.

Mateo también habló de su madre.

Pero no con tristeza.

Contó que ella cortaba los sándwiches en triángulos.

Que cantaba mal mientras limpiaba la casa.

Que siempre perdía las llaves.

Que una vez intentó reparar una lámpara y terminó dejando toda una habitación sin electricidad hasta que alguien fue a arreglarla.

Alejandro se rio.

—Eso fue completamente culpa mía. Yo le dije que parecía sencillo.

—Mamá dijo una palabra mala.

—Mateo.

—No voy a repetirla.

Mariana miró a padre e hijo.

Hasta ese momento había pensado que la ausencia de aquella mujer era como un silencio dentro de la familia.

Se dio cuenta de que estaba equivocada.

Ella seguía presente en cientos de pequeñas historias.

No necesitaban borrar ese lugar.

Necesitaban poder hablar de él sin miedo.

Más tarde, Mateo corrió unos metros hacia un montón de hojas secas junto al sendero.

Alejandro y Mariana quedaron caminando detrás.

—Gracias —dijo él.

Mariana miró al frente.

—No hice mucho.

—Hizo muchísimo.

—Comí un helado y escuché una explicación de veinte minutos sobre locomotoras.

—Exactamente.

Ella sonrió.

Alejandro tardó unos segundos en continuar.

—Hace mucho tiempo que no veo a Mateo así con alguien nuevo.

Mariana miró al niño, que estaba intentando encontrar la hoja más grande del suelo.

—Parece un buen chico.

—Lo es.

Alejandro se quedó callado.

—Y también es complicado.

—Todos lo somos.

—Desde que murió su mamá siento que tengo que saber siempre qué hacer.

Su voz bajó.

—Y casi nunca sé qué hacer.

Mariana entendía más de lo que podía explicar.

—Tal vez no siempre tiene que saberlo.

Alejandro la miró.

—Hoy, por ejemplo, yo tampoco sabía qué hacer cuando recibí esa nota.

—¿Pensó en irse?

—Por supuesto.

—No la habría culpado.

—Estuve a punto.

Mariana observó a Mateo.

—Pero después recordé lo que era tener su edad y sentir que faltaba una persona que el resto del mundo parecía tener.

Alejandro asintió.

—La persona que habla con él sobre su duelo me dice que no debo intentar arreglarlo todo.

—Probablemente porque hay cosas que no se pueden arreglar.

—Eso es lo que más cuesta aceptar.

Mariana lo entendía.

Cuando perdió a su madre, muchos adultos intentaron animarla demasiado rápido.

Le decían que fuera fuerte.

Que su madre querría verla feliz.

Que el tiempo curaba las heridas.

Ella había odiado aquellas frases.

No porque fueran malintencionadas.

Sino porque a los doce años no necesitaba una explicación.

Necesitaba que alguien pudiera sentarse a su lado mientras estaba triste sin intentar convertir inmediatamente esa tristeza en otra cosa.

Tal vez Mateo necesitaba algo parecido.

Cuando comenzó a acercarse la hora de irse, el niño se quedó más callado.

Mariana supo lo que ocurría antes de que él dijera nada.

—¿Volveré a verte?

Alejandro intervino enseguida.

—Mateo, no podemos exigir…

—No estoy exigiendo.

El niño miró a Mariana.

—Solo estoy preguntando.

Mariana pensó cuidadosamente su respuesta.

No quería prometer algo que no sabía si podría cumplir.

Tampoco quería desaparecer después de aquella tarde como si todo hubiera sido un juego.

—¿Qué te parecería si volvemos a hablar y quizá repetimos el paseo algún día?

Mateo miró a su padre.

Alejandro parecía sorprendido.

—A mí me parece bien —dijo finalmente.

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