—Yo pensaba ver una.
Era mentira.
No recordaba la última vez que había visto una película navideña completa.
Una hora después estaba sentado en el sofá junto a dos personas que aquella misma tarde ni siquiera sabía que existían.
Mateo estaba entre los dos, envuelto en una manta, tomando chocolate caliente.
Comentaba cada escena.
Hacía preguntas.
Se reía antes que los personajes.
Y finalmente se quedó dormido apoyado sobre el brazo de su madre.
Mariana bajó el volumen.
Durante unos minutos nadie habló.
Luego Alejandro vio una lágrima rodando por la mejilla de ella.
—Perdón —susurró Mariana.
—¿Por qué?
—Porque llevo días intentando no hacer esto.
—¿Llorar?
Ella asintió.
—Si empiezo, siento que no voy a poder parar.
Alejandro miró a Mateo dormido.
—Has perdido el trabajo y tu casa en pocos días. No creo que nadie pueda exigir que actúes como si no hubiera pasado nada.
—Yo sí puedo exigírmelo.
—¿Por qué?
Mariana acarició el cabello de su hijo.
—Porque soy todo lo que él tiene.
Le contó entonces lo que antes había resumido.
El padre de Mateo había desaparecido de sus vidas antes de que el niño naciera. Sus padres ya no estaban. No tenía una red familiar capaz de recibirlos de inmediato.
Durante años se había acostumbrado a resolver cada problema sola.
Si Mateo enfermaba, ella encontraba la forma.
Si faltaba dinero, recortaba algo.
Si se rompía un electrodoméstico, esperaba al siguiente mes.
—Siempre había conseguido mantenernos de pie —dijo—. Hasta ahora.
Alejandro se quedó mirando sus manos.
—Yo he despedido gente.
Mariana levantó la vista.
—¿Qué?
—En mi empresa. A lo largo de los años.
No estaba orgulloso de admitirlo.
Había tomado decisiones basándose en números, presupuestos y resultados. Algunas habían sido necesarias.
Pero aquella noche pensó en todas las personas que habían salido de su oficina después de escuchar que su puesto desaparecía.
Nunca había preguntado qué tenían esperándolos en casa.
—Cuando diriges una empresa, empiezas a hablar de “puestos”, “costos” y “estructuras” —dijo—. Es fácil olvidar que cada número vuelve a una casa después del trabajo.
Mariana no respondió.
—No estoy diciendo que todas las decisiones puedan evitarse —continuó—. Pero creo que yo podría haber tratado algunas de manera más humana.
—Al menos lo reconoces.
—Esta noche.
—¿Solo esta noche?
Alejandro sonrió ligeramente.
—Tal vez necesitaba que un niño de cinco años me preguntara si podía avisarle a Santa que se había mudado.
Mariana lo estudió durante unos segundos.
—¿Por qué estabas trabajando hoy?
—Porque había cosas que terminar.
Ella levantó una ceja.
—Eso no es verdad.
Alejandro soltó aire.
—Porque no tenía nada mejor que hacer.
—¿No tienes familia?
—Sí. Solo que no está aquí.
—¿Amigos?
Alejandro tardó demasiado en responder.
Mariana entendió.
—Estás solo.
—Vivo solo.
—No dije eso.
Alejandro la miró.
Ella bajó los ojos hacia su hijo.
—Yo llevo años viviendo sin pareja. Pero no me siento sola cuando Mateo está conmigo.
Después señaló discretamente alrededor.
—Tú tienes un departamento enorme, una empresa, dinero, espacio…
—Y demasiado silencio.
Mariana asintió.
—Eso.
Alejandro no discutió.
Por primera vez en muchos años, decirlo en voz alta no le produjo vergüenza.
Le produjo alivio.
Entre ambos llevaron a Mateo hasta la habitación.
El niño apenas despertó.
—Santa… —murmuró medio dormido.
Mariana le acomodó la manta.
—Aquí estamos, cariño.
Mateo abrió un ojo.
—¿Pero sabrá dónde?
Alejandro estaba en la puerta.
—Estoy casi seguro.
Mateo pareció satisfecho y volvió a dormir.
Cuando Mariana salió de la habitación, Alejandro seguía allí.
—Todavía cree que pueden pasar cosas buenas —dijo ella.
—Eso no es malo.
—Me da miedo no poder seguir haciéndole creer eso.
Alejandro miró hacia la sala vacía.
—Quizá no tengas que hacerlo sola.
Mariana levantó la mirada.
—No me refiero a que dependas de mí —aclaró él—. Solo digo que mañana puedo ayudarte a revisar opciones. Tú decides cuáles aceptar.
—¿Y qué ganas tú?
Alejandro pensó en la pregunta.
—Tal vez recordar cómo se siente una casa cuando hay gente dentro.
Esa madrugada, después de que Mariana y Mateo se durmieron, Alejandro se quedó sentado frente al árbol.
Había tres paquetes decorativos debajo que él mismo había comprado semanas antes para compromisos de trabajo.
No servían para un niño.
Tomó su teléfono.
Encontró un pequeño servicio local que todavía hacía entregas y encargó tres cosas sencillas: una chamarra infantil, varios libros ilustrados y un reno de peluche.
Pidió que los envolvieran.
Luego dejó el teléfono y miró alrededor.
Su departamento nunca había parecido tan grande.
Ni tan vacío.
A la mañana siguiente despertó escuchando risas.
Salió de su habitación con ropa cómoda y encontró a Mateo frente al árbol.
—¡Mamá!
El niño señalaba los paquetes.
—¡Te dije que nos iba a encontrar!
Mariana estaba junto a la cocina, mirando a Alejandro.
Él levantó discretamente las manos como si no supiera nada.
—Parece que Santa actualizó la dirección.
Mateo abrió primero la chamarra.
Después los libros.
Cuando encontró el pequeño reno, corrió a buscar su viejo oso y puso ambos juguetes juntos.
—Ahora no va a estar solo.
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