Después otro.
Puso una pata dentro de la casa.
La retiró.
Miró hacia la carretera.
Finalmente cruzó.
Olfateó la silla.
Ernesto bajó la mano.
El perro caminó hasta él y apoyó la barbilla sobre su rodilla.
Ernesto tragó saliva.
—Creo que ya necesitas un nombre.
Martín miró las marcas en la cinta.
—Rastro.
Ernesto levantó una ceja.
—¿Rastro?
—Porque dejaste que lo siguiéramos hasta encontrarlo.
El perro movió una oreja.
—Rastro —repitió Ernesto.
Esta vez el animal no salió.
La puerta quedó abierta durante un rato.
Pero ya nadie esperaba que se marchara.
Regularizar la adopción llevó unas semanas.
Un veterinario lo revisó, atendió varios problemas menores y calculó que tenía alrededor de seis años.
No encontraron ninguna identificación que permitiera localizar a un dueño anterior.
Ernesto firmó los documentos con la mano izquierda porque todavía tenía el brazo derecho inmovilizado.
La firma salió torcida.
—¿Quiere intentarlo otra vez? —preguntó la recepcionista.
—No.
Ernesto miró al perro escondido parcialmente debajo de su silla.
—Así ocurrió todo. Un poco torcido.
La vida dentro de la casa también necesitó tiempo.
Rastro no quiso dormir en la cama para perros que Martín le llevó.
Prefería la alfombra junto a la silla.
Se escondía cuando una puerta se cerraba con fuerza.
Se asustaba si algo de metal caía al suelo.
Ernesto empezó a cerrar las puertas despacio.
Movió el plato de comida del patio a la cocina.
Cada tarde se sentaba junto a la misma ventana desde donde antes veía al perro esperar afuera.
Ahora Rastro estaba del otro lado del cristal.
El brazo de Ernesto tardó meses en recuperarse.
Durante ese tiempo recibía ayuda algunas veces por semana.
Cuando una terapeuta lo ayudaba a ponerse de pie, Rastro se colocaba junto a su lado más fuerte.
Nadie se lo había enseñado.
Simplemente parecía haber decidido que Ernesto no volvería a caer solo.
Martín también había notado que las caminatas cansaban el hombro del perro.
Entonces construyó una pequeña plataforma acolchada que podía sujetarse a la parte delantera de la silla.
La hizo baja, estable y con protecciones.
Rastro podría caminar una parte del trayecto y descansar cuando fuera necesario.
—No pienso pagarte por algo que no pedí —protestó Ernesto.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Porque no te lo voy a cobrar.
Rastro olfateó la plataforma durante varios minutos.
Después subió.
Ernesto avanzó lentamente.
El perro permaneció sentado al frente.
La primera ruta fue hasta la reja junto a la carretera.
El mismo camino del accidente.
Al llegar al punto donde el terreno había cedido, Rastro se detuvo.
Olfateó la cuneta.
Miró hacia abajo.
Después subió voluntariamente a la plataforma.
Ernesto apoyó una mano sobre su espalda.
—Hoy no tenemos que demostrar nada.
Continuaron.
Recogieron los sobres que habían dejado en la caja.
Regresaron.
Nadie cayó.
Nadie tuvo que arrastrar una silla.
Con los meses, los vecinos comenzaron a acostumbrarse a verlos.
Ernesto avanzaba despacio.
Rastro caminaba en las partes fáciles y viajaba al frente cuando se cansaba.
El accidente también había revelado algo que Ernesto llevaba años evitando reconocer.
Vivía demasiado aislado.
Un pariente comenzó a llamarlo cada mañana.
Algunos vecinos se turnaron para visitarlo.
Martín instaló un botón de emergencia en la silla y mejoró la iluminación de la entrada.
Otros motociclistas que conocían a Martín pasaban ocasionalmente para revisar la rampa o saludar.
Al principio Rastro se escondía al escuchar los motores.
Con el tiempo aprendió a reconocer el de Martín.
Y desarrolló una costumbre.
Ernesto había conservado la vieja cinta marcada por sus dientes.
Cada vez que Martín llegaba, Rastro la tomaba por el extremo menos dañado y la dejaba junto a sus botas.
Martín la levantaba.
Miraba las marcas.
—Mensaje recibido.
Entonces Rastro permitía que le acariciara la oreja.
Dos años después, el hocico del perro comenzó a llenarse de canas.
Su hombro se volvió más rígido.
Martín amplió el acolchado de la plataforma.
Ernesto protestó.
Rastro subió antes de que terminaran de instalarla.
—Traidor —murmuró el anciano.
Sus paseos continuaron.
Siempre la misma carretera.
Siempre la misma reja.
Siempre aquella cuneta a un costado.
Cinco años después del accidente, Martín llegó mientras Ernesto y Rastro regresaban a casa.
El cabello del anciano estaba completamente blanco.
El perro viajaba en la plataforma, con la cabeza levantada.
Martín detuvo la motocicleta.
—¿Necesitas una mano?
Ernesto miró a Rastro.
—Entre los dos tenemos suficientes.
Al llegar al árbol frente a la casa, el perro bajó y caminó el último tramo.
Su hombro rozaba la rodilla de Ernesto a cada pocos pasos.
En la rampa, el anciano extendió la mano.
Rastro metió la cabeza debajo de ella sin dudar.
Aquellos tres años en los que no permitía que nadie lo tocara parecían muy lejanos.
Esa tarde Martín ajustó un tornillo de la plataforma mientras Ernesto sostenía la vieja cinta sobre las piernas.
—Le di comida durante tres años —dijo Ernesto—. Y todo ese tiempo repetía que no era mi perro.
Martín siguió trabajando.
—¿Qué te hizo cambiar de opinión?
Ernesto sonrió.
—Caerme en una cuneta.
Martín soltó una pequeña risa.
—Eso suele aclarar algunas cosas.
Ernesto miró a Rastro.
—No podía sacarme de allí. Así que buscó mi silla. No pudo llevarme hasta alguien… y llevó algo mío hasta alguien.
Rastro apoyó la cabeza sobre la plataforma.
—Yo pensaba que venía todos los días porque tenía hambre —continuó Ernesto—. Pensaba que yo era quien lo dejaba quedarse cerca.
Guardó silencio unos segundos.
Después acarició la cabeza canosa del perro.
—Resulta que yo era su persona desde hacía mucho tiempo.
Martín levantó la vista.
Ernesto sonrió.
—Solo fui el último en enterarme.
Al día siguiente volvieron a recorrer la misma carretera.
La silla avanzó despacio.
Rastro viajó al frente.
Y, al pasar junto a la cuneta donde todo había cambiado, ninguno de los dos se detuvo.
Esta vez estaba vacía.






