Un perro quedó enterrado hasta el cuello, pero lo que intentaba salvar bajo el barro sorprendió a todos

Rayo levantó inmediatamente la oreja.

Una técnica abrió con cuidado la separación y permitió que Rayo se acercara.

Él avanzó arrastrándose hasta colocar el hocico junto a la cara de Toby.

La respiración del perro mayor comenzó a hacerse más tranquila.

Los veterinarios calculaban que habían pasado entre cuatro y seis días en aquella zona.

Las huellas alrededor de la presa nos ayudaron a reconstruir lo sucedido.

Toby había empezado a hundirse primero.

Su cadera débil probablemente le impidió salir cuando la superficie se rompió bajo sus patas.

Las huellas de Rayo continuaban hacia la orilla.

Llegaban casi hasta terreno seguro.

Después daban la vuelta.

Rayo había regresado.

Había cavado alrededor de la cara de Toby hasta abrir una entrada de aire.

Mientras cavaba, sus propias patas traseras comenzaron a hundirse.

Pero no paró.

El barro subió hasta su pecho.

Luego se secó.

Al final, solo quedaron fuera su cabeza y sus orejas.

Rayo no quedó atrapado por intentar escapar.

Quedó atrapado porque volvió por Toby.

Aquella idea me acompañó toda la noche.

Mi esposa, Lucía, trabajaba en un hospital y estaba acostumbrada a ver familias atravesar momentos difíciles.

Escuchó toda la historia en silencio.

—¿Sabes quién es el dueño?

—Tengo una dirección.

—¿Ya fuiste?

—Voy mañana.

Lucía miró las fotos que había tomado.

En una aparecía Toby con tubos de oxígeno.

En otra, Rayo estaba pegado a él.

—Daniel.

—¿Qué?

—Si esa casa está vacía, procura que no los separen.

A la mañana siguiente fui a la dirección grabada en los collares.

Era una pequeña casa de una planta en una colonia tranquila de Hermosillo.

Había un letrero de venta ya retirado y las ventanas estaban completamente vacías.

Toqué.

Nadie respondió.

Una mujer mayor me observaba desde la casa de enfrente.

Se llamaba Teresa.

Cuando le mostré las fotografías, se llevó una mano al pecho.

—Son Rayo y Toby.

—¿Conoce a Ernesto Salgado?

Su expresión cambió.

—Don Ernesto murió hace un mes.

Me quedé en silencio.

Teresa se sentó en una silla de plástico junto a su entrada y comenzó a contarme.

Ernesto había vivido allí durante casi cuarenta años.

Su esposa había fallecido ocho años antes.

Su hijo trabajaba lejos y solo podía visitarlo algunas veces al año.

Después de quedarse solo, Rayo y Toby se convirtieron en su rutina.

A las seis de la mañana salían a caminar.

Al mediodía, Rayo esperaba cerca del refrigerador mientras Toby dormía debajo de la mesa.

Por la tarde, los tres se sentaban frente a la casa.

Teresa podía saber aproximadamente qué hora era con solo mirar lo que estaban haciendo.

Un día, Ernesto sufrió un derrame cerebral.

Una ambulancia se lo llevó.

Nunca regresó.

Murió cuatro días después.

Un sobrino llegó para ocuparse de la casa y las pertenencias.

Teresa preguntó qué pasaría con los perros.

Le dijeron que alguien vendría a recogerlos.

Nadie llegó.

Durante varios días, Teresa les dio comida desde la reja.

Luego aparecieron trabajadores para vaciar la vivienda.

En algún momento dejaron abierta una salida.

Rayo y Toby desaparecieron.

Cada persona creyó que otra se había hecho cargo.

Nadie presentó un aviso de búsqueda.

Tres semanas después, la casa tenía nuevo propietario.

Teresa conservaba una grabación de la cámara de su entrada.

La vimos juntos.

A las 5:42 de una mañana aparecieron Rayo y Toby caminando por la calle.

Toby avanzaba despacio.

Rayo no se separaba de él.

Los perros tomaron rumbo al noreste.

—¿Hacia dónde está el cementerio donde enterraron a Ernesto? —pregunté.

Teresa me miró.

También quedaba al noreste.

Más allá de la presa.

Entonces recordó algo.

El día del funeral, el vehículo antiguo de Ernesto había pasado frente a la casa dentro de la pequeña caravana familiar.

Rayo corrió junto a la reja al escucharlo.

Quizá reconoció el motor.

Quizá reconoció el olor.

Nunca sabremos exactamente qué pasó por la mente de aquellos animales.

Pero semanas después, cuando la comida se terminó y la casa quedó vacía, siguieron la dirección por la que Ernesto había desaparecido.

No estaban buscando su antigua casa.

Estaban buscando al hombre que ya no estaba allí.

El camino más directo atravesaba la presa seca.

Toby nunca llegó al otro lado.

Rayo casi lo consiguió.

Y regresó.

Toby estuvo nueve días en estado delicado.

Sus riñones mejoraron poco a poco, pero la pata trasera quedó débil.

Rayo se recuperó antes.

Al tercer día podía ponerse de pie.

Al quinto ya caminaba.

Intentaron trasladarlo a un espacio más amplio.

Se negó.

Clavó las patas en el suelo y tiró hacia donde estaba Toby.

Al final, los dejaron juntos.

Rayo comía después de que Toby comenzaba a comer.

Dormía con el lomo apoyado contra él.

Durante las sesiones para que Toby volviera a caminar, Rayo avanzaba a su lado a la mitad de velocidad.

Teresa me entregó varias fotografías antiguas.

Una explicaba muchas cosas.

En ella aparecía un Rayo mucho más joven escondido debajo de una silla.

Toby estaba tumbado a su lado.

Ernesto había adoptado a Rayo cuando Toby ya tenía seis años.

El nuevo perro tenía miedo de las puertas, las escaleras y las personas desconocidas.

Toby le enseñó la casa.

Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. 

Scroll al inicio