Pero emocionalmente todavía seguía sujetando el otro extremo.
Tres semanas después, Gabriela dijo que Placa estaba suficientemente estable para salir de la clínica.
Todavía necesitaba ganar peso.
Todavía se cansaba rápido.
Pero podía comer con normalidad y caminar distancias cortas.
Una red local de voluntarios consiguió una casa temporal para él.
La persona que lo recibió era Teresa, una mujer jubilada de 66 años que llevaba tiempo cuidando perros en recuperación.
Era exactamente lo que Placa necesitaba.
Una casa tranquila.
Horarios.
Experiencia.
Teresa me enviaba fotografías.
Placa dormido sobre una manta.
Placa oliendo una pelota.
Placa mirando desconfiado su recipiente lleno de agua.
Placa acostado junto a unas pantuflas.
Se veía seguro.
Yo debería haberme sentido tranquilo.
Pero sentía que me faltaba algo.
Lo visité un par de veces.
Después decidí que debía dejar de hacerlo.
—Necesita acostumbrarse a su nueva vida —le dije a Raúl.
—Claro.
—Teresa sabe cuidarlo.
—Claro.
—Después encontrará una familia adecuada.
—Claro.
—Deja de decir “claro”.
Raúl soltó una carcajada.
Pasó casi una semana sin que volviera a verlo.
Hasta aquella mañana.
Yo estaba sentado en la recepción de la comisaría terminando un informe.
Raúl estaba intentando hacer funcionar una impresora que parecía haberse declarado en huelga.
Había varias personas esperando.
Una mujer preguntaba por unos documentos.
Un hombre hablaba con un agente.
Todo era completamente rutinario.
Entonces se abrió la puerta principal.
Durante unos segundos nadie entró.
Después apareció un perro café.
Delgado.
Con un collar azul.
Caminaba lentamente.
Un guardia de recepción dio un paso hacia él.
—¿De quién es este perro?
Yo levanté la vista.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Placa?
El perro se quedó quieto.
Giró la cabeza.
Me vio.
Y entonces ocurrió.
Su cola empezó a moverse.
No como aquella primera vez junto a la cerca.
No fue un movimiento pequeño.
Placa comenzó a mover todo el cuerpo.
Intentó correr hacia mí, aunque sus patas todavía no tenían toda la fuerza.
Resbaló ligeramente en el suelo.
Se recuperó.
Y siguió avanzando.
Mi silla golpeó la pared cuando me levanté.
Me arrodillé.
Placa llegó hasta mí y metió la cabeza debajo de mi brazo.
Todo el vestíbulo quedó en silencio.
Raúl abrió la boca.
—No puede ser.
Yo no podía decir nada.
Solo lo abrazaba.
Sentía cómo respiraba con fuerza por el esfuerzo del recorrido.
Diez minutos después apareció Teresa, completamente alterada.
—¡Perdón! Se escapó cuando abrieron la puerta. Salí detrás de él, pero corrió varias calles y lo perdí.
Miró a Placa.
Después me miró a mí.
—No entiendo cómo encontró este lugar.
Nosotros tampoco.
Quizá había reconocido alguna ruta.
Quizá había seguido olores familiares.
Quizá relacionaba los sonidos de las patrullas y los uniformes con seguridad.
Los perros perciben señales que nosotros ignoramos.
Pero una cosa estaba clara.
Placa había salido de aquella casa.
Había recorrido calles que no conocía bien.
Y había terminado frente a la comisaría donde yo trabajaba.
Raúl cruzó los brazos.
—Bueno, Herrera.
Lo miré.
—¿Qué?
Señaló al perro.
—Parece que vino a presentar una denuncia porque no lo visitas.
Algunas personas que estaban esperando comenzaron a reír.
Teresa se sentó en una silla y observó a Placa durante unos segundos.
Él seguía pegado a mi pierna.
—Diego —dijo finalmente—, creo que este perro acaba de elegir dónde quiere vivir.
Quise explicar otra vez que mi departamento era pequeño.
Que mis horarios eran complicados.
Que probablemente existía una familia mejor preparada.
Pero Placa apoyó la cabeza sobre mi rodilla y cerró los ojos.
Todos mis argumentos empezaron a parecer ridículos.
Esa noche llené la solicitud para adoptarlo.
Había procedimientos que respetar.
Entrevistas.
Una revisión del lugar donde viviría.
Preguntas sobre horarios, alimentación, atención veterinaria y qué haría si aparecían problemas derivados de todo lo que había pasado.
Me pareció correcto.
Una decisión emocional no debía convertirse después en otro abandono.
Raúl leyó una parte del formulario por encima de mi hombro.
—Motivo por el que desea adoptar al animal.
Tapé la hoja.
—No leas.
—Ya lo hice.
—¿Y?
—Escribiste: “Vino a buscarme a la comisaría”.
—Es la verdad.
—Podrías escribir algo más profundo.
—¿Como qué?
Raúl fingió pensar.
—“El perro me encontró emocionalmente vulnerable y aprovechó la situación”.
Le lancé una bola de papel.
La inspección del departamento fue unos días después.
Una voluntaria revisó dónde dormiría Placa, cuánto tiempo pasaría solo y cómo organizaría sus paseos.
También hablamos de sus posibles miedos.
Las cuerdas.
Los collares demasiado ajustados.
La comida.
El abandono.
Yo ya había pensado mucho en aquello.
Compré un arnés cómodo.
Organicé mis horarios con Raúl para que pudiera pasar a verlo en los días más largos.
Una vecina jubilada también se ofreció a sacarlo a caminar al mediodía.
Resultó que todos conocían ya al famoso perro que había entrado solo en la comisaría.
La adopción se aprobó.
Cuando fui a recogerlo, Placa llevaba su arnés azul.
Le pusimos una identificación nueva con mi teléfono.
Regresamos juntos al departamento.
Lo primero que hizo fue revisar cada rincón.
Olió las sillas.
La mesa.
Mis zapatos.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






