—¿Vas a volver, abuela Marta?
La pregunta le atravesó el pecho.
Su hijo Marcos había tenido esa misma sonrisa cuando era pequeño.
—Claro que voy a volver.
La noticia de la donación se extendió por el pueblo.
También se extendieron los rumores.
Algunos decían que Marta había recibido una fortuna. Otros aseguraban que los motociclistas escondían malas intenciones.
La mayoría hablaba sin conocer la verdad.
Uno de aquellos comentarios llegó hasta Tania.
Esa misma noche, se lo contó a Marcos.
—Tu madre tiene dinero —dijo, apoyada contra la encimera de su pequeño piso—. Esos motociclistas le dieron un sobre lleno.
Marcos estaba sentado frente a una botella.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Todo el pueblo lo sabe. También le arreglaron la casa.
—Es su casa.
—Por ahora.
Marcos levantó la mirada.
Tania se acercó.
—Mientras tú cuentas las monedas para pagar el alquiler, ella regala dinero a niños desconocidos.
—Puede hacer lo que quiera.
—¿De verdad piensas eso?
Marcos no respondió.
Tania sonrió con frialdad.
—Esa casa algún día será tuya. Lo que hay dentro también.
—Mi madre no me dejaría sin nada.
—Ya lo está haciendo.
Marcos bebió otro trago.
—No sabes de lo que hablas.
—Entonces ve y compruébalo.
Pasada la medianoche, Marta escuchó que alguien intentaba abrir la puerta.
Se levantó asustada y encendió la luz del pasillo.
—¿Quién está ahí?
La puerta se abrió.
Marcos entró seguido de Tania.
—¿Qué hacen aquí a estas horas?
—Venimos a hablar —dijo Marcos.
Su voz era pastosa.
—Has bebido.
—No cambies de tema.
Tania pasó junto a Marta sin pedir permiso.
—¿Dónde está el dinero?
Marta quedó inmóvil.
—¿Qué dinero?
—El que te dieron tus nuevos amigos.
—Ese dinero no es asunto tuyo.
Tania abrió un cajón del aparador.
Marta lo cerró de inmediato.
—No toques mis cosas.
Marcos entró en la sala.
—Soy tu hijo.
—Eso no te da derecho a registrar mi casa.
—Esta casa será mía algún día.
Marta sintió un dolor más profundo que el miedo.
—¿Para eso has venido? ¿Para recordarme que estás esperando a que muera?
Marcos apartó la mirada.
Tania tomó una caja de madera que estaba sobre el mueble.
—A lo mejor guarda algo aquí.
Marta se la quitó de las manos.
—Tu padre hizo esta caja.
—Siempre hablando de papá —murmuró Marcos.
—Porque él jamás habría entrado así en casa de su madre.
En el movimiento, Tania golpeó un marco con el codo. La fotografía de boda de Marta y Samuel cayó al suelo.
El cristal se rompió.
Marta se agachó.
—Ten cuidado.
Tania recogió la foto y la miró.
—Qué reliquia.
Antes de que Marta pudiera reaccionar, dobló el papel con brusquedad. La fotografía se rasgó por la mitad.
El sonido fue pequeño.
Pero para Marta resultó más fuerte que cualquier grito.
—Era nuestra única foto de boda.
Marcos contempló los dos pedazos.
Durante un instante, pareció avergonzado.
Después golpeó la puerta del aparador con el puño. La madera se astilló.
—¡Basta! —gritó Marta.
El silencio cayó sobre la habitación.
Marta recogió la fotografía y la apretó contra su pecho.
—Casi todo el dinero fue para la casa de acogida —dijo—. Guardé una pequeña parte para arreglar la calefacción y comprar leña.
Marcos soltó una risa amarga.
—Siempre queriendo salvar a todo el mundo.
—No quiero salvar al mundo. Solo intento no darle la espalda a quien necesita ayuda.
—¿Y yo? Soy tu hijo.
—Te he ayudado durante años.
—Nunca es suficiente.
Marta lo miró con tristeza.
—Porque lo que necesitas no cabe en un sobre.
Marcos se quedó callado.
—Necesitas recordar quién eras —continuó ella—. Aquel niño que me esperaba en la puerta de la escuela. El que cuidaba pájaros heridos y compartía su merienda.
—Ese niño ya no existe.
—Yo sigo esperando que vuelva.
Tania tomó a Marcos del brazo.
—Vámonos. Aquí no hay nada.
Antes de salir, Marcos se volvió.
—La casa me pertenece tanto como a ti.
—No, hijo. Esta casa perteneció a tu padre y ahora me pertenece a mí.
—Ya veremos.
La puerta quedó abierta cuando se marcharon.
Marta se sentó junto a la estufa con la fotografía rota entre las manos.
No lloró por el mueble.
Tampoco por el dinero.
Lloró por el hombre en quien se había convertido su hijo.
—Vendí mis joyas para que estudiaras —susurró—. Trabajé hasta enfermar para que no te faltara comida. ¿En qué momento dejaste de verme como tu madre?
A la mañana siguiente, Marta intentó arreglar la fotografía con cinta adhesiva.
Las dos mitades no encajaban bien.
Estaba preparando café cuando escuchó varias motocicletas frente a la casa.
Javier apareció con tres compañeros. Uno llevaba una caja de pan dulce y otro una cesta con fruta.
Marta abrió antes de que llamaran.
—Estábamos cerca —dijo Javier—. Pensamos que quizá necesitabas compañía.
Ella intentó sonreír.
Javier vio el mueble roto.
—¿Qué pasó?
—Nada que no pueda arreglarse.
Entonces se oyó un golpe en la habitación.
Marcos había regresado por la puerta trasera. Tania estaba con él, vaciando otro cajón.
Javier dejó la caja sobre la mesa.
—¿Quiénes son?
—Mi hijo y su pareja.
Tania se cruzó de brazos.
—Así que ustedes son los famosos motociclistas.
Javier miró a Marcos.
—Su madre les ha pedido que se marchen.
—Esta es una cuestión familiar —respondió Marcos.
—Entonces compórtate como familia.
Marcos dio un paso hacia él.
Javier no se movió.
—No voy a pelear contigo —dijo—. Pero tampoco voy a permitir que asustes a la mujer que salvó la vida de mi hija.
—No sabes nada de nosotros.
—Sé lo que estoy viendo.
Tania señaló el mueble.
—Solo buscamos algo que nos pertenece.
Marta alzó la voz.
—Nada de esta casa les pertenece.
Marcos tiró varios libros al suelo.
—¡Soy tu único hijo!
—Y yo sigo siendo tu madre, aunque hayas olvidado cómo tratarme.
Javier sacó su teléfono.
—Voy a llamar a las autoridades.
Marcos se acercó.
—No te metas.
Los tres compañeros de Javier entraron en la sala, pero ninguno amenazó ni levantó las manos.
Simplemente se colocaron junto a Marta.
—No necesitas más problemas —dijo uno de ellos—. Sal de la casa y habla cuando estés tranquilo.
Marcos miró a los hombres.
Después miró a su madre.
—¿Ahora ellos son tu familia?
La pregunta hizo daño.
Marta respiró hondo.
—Ahora mismo, ellos son quienes me están protegiendo de mi propio hijo.
Marcos bajó la cabeza.
Durante unos segundos nadie habló.
Tania volvió a abrir un cajón.
—Seguro que el sobre está aquí.
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