Miraba constantemente el teléfono, respondía mensajes y hablaba de asuntos pendientes en la ciudad.
Verónica se quejaba de la falta de señal, del frío del baño, del ruido de la estufa y de lo lejos que estaba todo.
—No entiendo cómo puede vivir alguien aquí —dijo la primera noche.
Teresa fingió no escucharla.
Al día siguiente, Paula y Mateo llegaron con una bolsa de galletas para Chispa.
—¡Doña Teresa! —gritó el niño desde la puerta—. Le hice otro dibujo.
Teresa se levantó con una sonrisa.
Antes de que pudiera abrir, Verónica se adelantó.
—¿Qué quieren?
Paula retrocedió un paso.
—Venimos a ver a la señora Teresa. Y a Chispa.
—Está descansando.
—Solo será un momento.
—Esto no es un lugar para que entren y salgan niños.
Mateo apretó el dibujo contra el pecho.
—Pero ella dijo que podíamos venir.
—Pues hoy no pueden.
Verónica cerró la puerta.
Teresa estaba de pie en el pasillo.
—No tenías que hacer eso.
—Necesitas tranquilidad.
—Ellos no me molestan.
—Tal vez no te das cuenta porque estás acostumbrada a que cualquiera invada tu casa.
Teresa miró la puerta cerrada.
A través de la ventana vio a Paula tomar la mano de su hermano y regresar con él al otro lado de la calle.
Esa misma tarde, Elena dejó una cazuela de comida en el porche.
Verónica la encontró y la tiró sin probarla.
—No sabemos cómo cocina esa gente.
—He comido en su casa muchas veces.
—Precisamente. Ya no necesitas depender de vecinos.
Las visitas cesaron.
El silencio regresó, pero ahora era diferente.
Antes había sido una ausencia.
Ahora parecía una prohibición.
Daniel se marchaba durante horas para hablar por teléfono desde un lugar con mejor señal. Verónica caminaba por la casa como si todo le resultara desagradable.
Quitó la capa de Chispa y la arrojó a un armario.
Movió fotografías de la repisa.
Guardó la cesta de tejido porque, según ella, hacía que el salón pareciera desordenado.
Teresa volvió a colocar cada cosa en su sitio cuando nadie la miraba.
—Mamá —dijo Daniel al encontrarla levantando una caja—, no deberías hacer esfuerzos.
—Entonces dile a tu esposa que no cambie mis cosas.
Él suspiró.
—Verónica solo intenta ayudar.
—No sabe cómo.
Daniel se frotó la frente.
—Tengo demasiados problemas en el trabajo. No puedo estar entre las dos todo el día.
Teresa lo miró en silencio.
No quería causarle más dificultades.
Por eso empezó a callarse.
La tos empeoró.
Una mañana, después de perder el equilibrio, Daniel consiguió una silla de ruedas prestada para que pudiera moverse sin riesgo.
Verónica la empujaba con brusquedad y la dejaba en lugares donde Teresa no alcanzaba sus cosas.
Chispa permanecía cerca de la anciana, como si comprendiera que algo estaba mal.
Cuando el perro se acercaba demasiado, Verónica lo apartaba con el pie.
—Ese animal estorba.
—Chispa estaba aquí antes que tú —respondió Teresa.
La nuera sonrió sin humor.
—Eso explica muchas cosas.
Una tarde, Daniel anunció que debía regresar unas horas a la ciudad para resolver un asunto urgente.
—Volveré antes de la cena —prometió.
Teresa quiso pedirle que no la dejara sola con Verónica.
Las palabras no salieron.
—Ten cuidado en la carretera —dijo solamente.
Cuando el vehículo desapareció, la casa quedó en silencio.
Teresa estaba junto a la ventana, envuelta en una manta. Miraba a Mateo jugar detrás de los cristales de la casa vecina.
Verónica entró en el salón comiendo una manzana.
—Por fin podemos hablar sin que Daniel nos interrumpa.
Teresa no respondió.
—Esta no era la vida que él y yo habíamos planeado —continuó la mujer—. Teníamos proyectos importantes. Íbamos a viajar, a comprar una casa más grande y a crecer profesionalmente.
Cortó otro pedazo de manzana.
—Y de repente llamaron para decir que estabas enferma.
—Yo no pedí que vinieran.
—No hacía falta. Sabías que vendría corriendo.
—Es mi hijo.
—También es mi marido.
Teresa giró la silla de ruedas para mirarla.
—¿Qué quieres decirme?
Verónica se apoyó contra una mesa.
—Que llevas años viviendo en el pasado. Esta casa, esa estufa, las fotos de tu marido… Todo gira alrededor de una persona que ya no está.
Teresa sintió que algo se endurecía dentro de su pecho.
—No hables así de Rafael.
—¿Por qué no? Todos tenemos pérdidas. La diferencia es que algunos seguimos adelante.
—Yo he seguido adelante.
—¿En serio? Estás sola, rodeada de muebles viejos, esperando que Daniel abandone su vida para venir a rescatarte.
—Nunca le pedí eso.
—No con palabras.
Verónica se acercó.
—Pero sabes muy bien cómo hacerlo sentir culpable.
Teresa intentó mover la silla hacia atrás.
Una de las ruedas pasó sobre un charco pequeño formado por nieve derretida. La silla resbaló y chocó contra una mesa.
La anciana perdió el equilibrio.
Cayó de lado, golpeándose el hombro y la cadera contra el suelo.
Chispa comenzó a ladrar.
Teresa trató de incorporarse, pero el dolor le cortó la respiración.
—Ayúdame —susurró.
Verónica permaneció inmóvil.
—¿Ves? Este es el problema. Siempre alguien tiene que levantarte.
—Por favor…
—Daniel no puede pasarse la vida cuidándote.
Teresa volvió a intentarlo.
Sus brazos no tenían fuerza.
Chispa ladró con mayor desesperación y corrió hacia la puerta.
Verónica lo apartó.
—Cállate.
En ese instante, la puerta se abrió.
Jorge y Elena entraron apresurados.
Habían escuchado los ladridos desde su casa y habían visto a Teresa caer a través de la ventana.
—¡Doña Teresa! —gritó Elena.
Jorge se arrodilló junto a la anciana.
—No la mueva —dijo Verónica con indiferencia—. Se cae con facilidad.
Jorge levantó la mirada.
—¿Cuánto tiempo lleva en el suelo?
—Unos minutos.
—¿Y no pensaba ayudarla?
Verónica se cruzó de brazos.
—No soy enfermera.
Elena apartó con cuidado el cabello de Teresa.
—Vamos a llevarla a nuestra casa hasta que vuelva Daniel.
—No pueden sacarla de aquí —protestó Verónica—. Es responsabilidad nuestra.
—Entonces compórtese como si lo fuera —contestó Elena.
Jorge ayudó a Teresa a incorporarse. Ella hizo una mueca de dolor, pero consiguió sentarse de nuevo.
—Chispa —murmuró.
Paula apareció en la puerta y tomó al perro en brazos.
—Yo lo llevo.
Verónica observó cómo cruzaban la calle con Teresa, Chispa y la silla de ruedas.
No intentó detenerlos.
En casa de los Navarro, Elena acomodó a Teresa en el sofá y la cubrió con dos mantas.
La anciana estaba pálida.
—No quiero causar problemas —repetía.
—Usted nos abrió su puerta cuando nuestro hijo estaba enfermo —dijo Jorge—. Ahora nos toca a nosotros.
—Daniel se enfadará.
—Daniel necesita saber la verdad.
Teresa cerró los ojos.
—No quiero que mi hijo pierda su matrimonio por mi culpa.
Elena le acarició la mano.
—Lo que haga su esposa no es culpa de usted.
Al otro lado de la calle, Verónica encendió el televisor y se sentó con el teléfono.
La estufa de Teresa se fue apagando lentamente.
Daniel regresó antes de lo previsto.
Al ver la casa vacía, llamó a Verónica.
Ella salió al porche con los ojos húmedos y una expresión cuidadosamente preparada.
—Se llevaron a tu madre.
—¿Quiénes?
—Los vecinos. Entraron sin permiso y la sacaron. Intenté detenerlos, pero se pusieron agresivos.
Daniel cruzó la calle sin quitarse el abrigo.
Verónica caminó detrás de él.
Jorge abrió la puerta.
—¿Dónde está mi madre? —preguntó Daniel.
—Descansando.
—Mi esposa dice que entraron en la casa y se la llevaron.
—Encontramos a tu madre en el suelo mientras Verónica la miraba sin ayudarla.
—Eso es mentira —intervino ella—. Se cayó justo cuando llegaron. Llevan días vigilándonos.
Daniel miró a uno y a otro.
—No entiendo nada.
Paula apareció desde el pasillo.
Llevaba una pequeña cámara en la mano.
Mateo la acompañaba, abrazado a Chispa.
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