—Yo fui la primera que creyó que Javier me amaba.
Subieron a una pequeña sala utilizada por el personal. Clara le dio un vaso de agua y esperó hasta que Laura dejó de temblar.
—Conocí a Javier cuando tenía veinticuatro años —comenzó—. Yo trabajaba como auxiliar administrativa. Mis padres habían fallecido y solo tenía un pequeño apartamento que me dejó mi abuela.
Javier apareció en su vida como un hombre atento, divertido y seguro de sí mismo.
La llamaba todos los días. Le llevaba flores. Se interesaba por su trabajo y escuchaba sus problemas.
Cuatro meses después, le pidió matrimonio.
—Yo estaba sola y deseaba formar una familia —explicó Clara—. Cuando él me habló de su madre y de su negocio, pensé que por fin tendría un hogar.
Después de la boda, Mercedes comenzó a involucrarla en asuntos de la empresa.
Le dijo que quería darle una participación para que no se sintiera como una extraña. Le llevó una carpeta llena de documentos y la acompañó a una notaría.
—No leí todo —admitió Clara—. Javier estaba a mi lado. Me decía que eran trámites normales, que su madre nos estaba ayudando y que debíamos darnos prisa porque íbamos tarde al aeropuerto.
Entre los papeles había préstamos, garantías personales y una autorización relacionada con su vivienda.
Clara firmó.
Después viajó con Javier de luna de miel.
Al regresar descubrió que debía más de cien mil euros y que su apartamento respondía por parte de esa cantidad.
—Al principio pensé que había sido un error —dijo—. Javier juró que todo se solucionaría. Dos semanas después dejó de dormir en casa. Dos meses más tarde pidió el divorcio.
Clara buscó ayuda profesional, pero los documentos estaban firmados por ella.
Mercedes afirmaba que Clara conocía el negocio y había aceptado participar voluntariamente.
—Tuve que vender el apartamento. Aun así, no cubrí todo. Trabajo aquí durante el día y limpio unas oficinas por la noche.
—¿Sigues pagando?
—Sí. Todavía me quedan casi dos años.
Laura dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Por qué trabajas precisamente en este restaurante?
—Porque Mercedes viene aquí con frecuencia.
Clara se secó las manos en el delantal.
—Hace seis meses descubrí que utilizaba este lugar para reunirse con sus hijos y con algunas personas relacionadas con sus negocios. Conseguí trabajo aquí para observarla.
—¿Querías vengarte?
—Quería pruebas.
Clara había pasado meses escuchando fragmentos de conversaciones. Sabía que su caso no era el único, pero no conocía los nombres de las otras mujeres.
Cuando vio la reserva de boda a nombre de Daniel y supo que Laura llegaría una hora después de la cita de Mercedes, comprendió lo que estaba ocurriendo.
Buscó a Laura en redes sociales, reconoció a Daniel en las fotografías y decidió intervenir.
—Me salvaste —susurró Laura.
—No podía permitir que lo hicieran otra vez.
Por fin, Laura comenzó a llorar.
Clara la abrazó.
Durante varios minutos, ninguna pudo hablar.
Laura lloraba por el hombre que nunca había existido, por la boda que había preparado con tanta ilusión y por la vida que estuvo a punto de perder.
Cuando recuperó el aliento, preguntó:
—¿Qué hago ahora?
—No puedes enfrentarlos todavía.
—¿Quieres que vuelva a casa y finja que no sé nada?
—Solo durante unos días. Si descubren que los escuchaste, destruirán los documentos y buscarán a otra mujer.
Clara sacó su teléfono.
—Conozco a un abogado que me ayudó cuando ocurrió lo mío. No pudo ganar porque yo estaba sola y no teníamos pruebas suficientes, pero siempre creyó en mi historia.
—¿Qué propones?
—Encontrar a las demás víctimas y demostrar que no fueron casos aislados. También necesitamos que Mercedes vuelva a explicarte lo que supuestamente vas a firmar.
Laura se secó las lágrimas.
—Puedo hacerlo.
—Tendrás que mirar a Daniel como si todavía confiaras en él.
—Lo haré.
El miedo seguía allí, pero algo más fuerte comenzaba a crecer.
Era rabia.
Una rabia fría y ordenada.
Laura terminó la reunión con el encargado del restaurante como si nada hubiera ocurrido. Eligió platos, aprobó la distribución de las mesas y fingió preocuparse por el color de las servilletas.
Después condujo hasta el apartamento de Daniel.
Él la recibió con una sonrisa y un beso.
—Estaba preocupado. No contestabas.
—La reunión se alargó.
Laura se obligó a abrazarlo.
—El salón quedará precioso.
Daniel había pedido una pizza y preparado dos copas de vino. Durante la cena habló de su trabajo, de un cliente difícil y de los preparativos de la boda.
—Mi madre llamó —comentó—. Está muy pendiente de que todo salga bien.
Laura sostuvo su mirada.
—Es muy generosa. Tengo suerte de tener una suegra como ella.
Daniel apartó los ojos durante un segundo.
—Dice que eres como una hija.
Laura sonrió.
Esa noche, cuando él intentó acercarse, ella dijo que le dolía la cabeza.
Daniel le besó la frente y se durmió a su lado.
Laura permaneció despierta, escuchando su respiración.
A la mañana siguiente se reunió con el abogado, Andrés Molina, un hombre de cincuenta y dos años con cabello canoso y una forma tranquila de escuchar.
Laura relató todo.
Andrés tomó notas sin interrumpirla.
—La conversación que escuchaste es importante, pero no quedó grabada —explicó—. Ellos podrían negar cada palabra.
—Entonces no tenemos nada.
—Tenemos el testimonio de Clara, los antecedentes de un matrimonio muy corto y tu relato. Es un comienzo, pero necesitamos algo más sólido.
Andrés le indicó que no firmara ningún documento y que conservara todas las conversaciones y mensajes relacionados con el supuesto negocio.
También le explicó que debía actuar con prudencia y seguir las instrucciones de las autoridades si la situación avanzaba.
—Mercedes tendrá que darte los papeles en algún momento —dijo—. Cuando lo haga, pregúntale claramente qué son. No necesitas provocar nada. Solo deja que ella hable.
—¿Y las otras víctimas?
—Mi equipo revisará procedimientos antiguos relacionados con Javier. Quizá encontremos otro matrimonio breve o alguna demanda vinculada con deudas.
Dos días después apareció un nombre.
Rebeca Martín, treinta y seis años.
Había estado casada con Javier un año antes que Clara. El matrimonio duró cuatro meses. Después del divorcio, Rebeca intentó anular varias operaciones relacionadas con préstamos, pero perdió el proceso.
Clara y Laura se reunieron con ella en una cafetería tranquila.
Cuando escuchó el nombre de Mercedes, Rebeca se levantó.
—No quiero volver a hablar de esa familia.
Laura la sujetó con cuidado por la muñeca.
—Mi boda con Daniel es dentro de cinco días. Están preparando lo mismo para mí.
Rebeca se quedó inmóvil.
—¿Daniel?
—Me quiere hacer firmar préstamos utilizando mi apartamento como garantía.
Rebeca volvió a sentarse.
Durante varios segundos miró la mesa.
Después comenzó a contar su historia.
Era casi idéntica a la de Clara.
Javier la había conquistado con rapidez, se habían casado pocos meses después y Mercedes le había ofrecido una participación en el negocio familiar.
Rebeca firmó documentos que supuestamente eran trámites mercantiles. Al regresar del viaje de bodas descubrió una deuda enorme y varias garantías a su nombre.
—Perdí mi apartamento y todos mis ahorros —dijo—. Intenté demostrar que me habían engañado, pero estaba sola. Ellos tenían explicaciones preparadas para todo.
Clara tomó su mano.
—Ahora ya no estamos solas.
Rebeca accedió a entregar copias de sus antiguos documentos y a prestar declaración.
Las tres mujeres se reunieron de nuevo con Andrés. El abogado organizó la información, comparó fechas y encontró patrones casi idénticos en ambos matrimonios.
Mientras tanto, Laura continuó representando a la novia feliz.
Probó el vestido por última vez. Confirmó la asistencia de los invitados. Cenó con Mercedes y respondió con entusiasmo cuando Daniel hablaba del viaje.
Cada sonrisa le dolía.
Tres días antes de la ceremonia, Mercedes llegó al apartamento con un pastel y una carpeta.
Daniel estaba en la ducha.
—Laura, querida, quería hablar contigo de algo importante —dijo Mercedes.
Laura dejó su teléfono sobre la mesa con la función de grabación activada.
—Claro.
Mercedes le tomó la mano.
—Cuando te cases con Daniel, formarás parte de nuestra familia. Quiero darte una pequeña participación en el negocio.
—¿Una participación?
—Será una seguridad para tu futuro. Si algún día ocurre algo, tendrás una fuente de ingresos.
Mercedes abrió la carpeta.
—Ya he preparado los documentos. Son simples trámites de incorporación.
Laura hojeó las páginas.
Había muchas cláusulas, números y referencias a préstamos y garantías.
—Aquí aparecen palabras como “préstamo”, “garantía” y “vivienda”.
Mercedes sonrió sin perder la calma.
—Lenguaje técnico. No te preocupes. En este tipo de documentos siempre aparecen términos complicados.
—¿Mi apartamento tiene algo que ver?
Mercedes tardó un segundo en responder.
—Solo demuestra que eres una persona solvente. Es una formalidad.
—¿Estoy pidiendo dinero?
—No, cariño. Estás recibiendo una parte del negocio.
—Entonces ¿no tendré ninguna deuda?
—Ninguna. Daniel ya revisó todo.
Laura levantó la mirada.
—¿Y por qué debo firmar en una notaría?
—Para dejar constancia de que aceptas la participación. Iremos después de la boda. Lo terminaremos en una mañana.
Laura cerró la carpeta.
—De acuerdo. Si Daniel dice que todo está bien, firmaré.
Mercedes le dio unas palmaditas en la mano.
—Sabía que eras una chica sensata.
Mientras Mercedes recogía sus cosas, Laura fotografió varias páginas con el teléfono.
Cuando se quedó sola, envió las imágenes y el audio a Andrés.
El abogado la llamó poco después.
—Son contratos de préstamo por ciento cuarenta mil euros. Además, tu apartamento aparece como garantía y hay otra obligación vinculada a una empresa prácticamente vacía.
Laura se sentó en el borde de la cama.
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