Mariana atendió a una pareja, llevó café a tres clientes y pidió disculpas por el retraso de una cuenta que Ramiro había olvidado imprimir.
Cada vez que pasaba cerca de Sofía, se detenía unos segundos.
La niña empezó a hablar.
Le contó que tenía un gato al que su padre era alérgico, pero que aun así le permitía dormir en casa.
Le explicó que había girado su cuaderno de dibujo porque así le resultaba más fácil mover la mano izquierda.
También confesó que desde el accidente todos la trataban de manera diferente.
—Mi abuela me corta la comida aunque no se lo pida —dijo—. Mis amigas hablan despacio, como si me hubiera golpeado la cabeza.
—¿Te golpeaste la cabeza?
—No.
—Entonces pueden hablarte normal.
Sofía sonrió.
—Tú me hablas normal.
—Porque eres una niña con una lesión, no una lesión con una niña pegada.
Sofía se quedó callada.
Aquella frase pareció acomodarse dentro de ella.
Su padre bajó la mirada hacia la mesa.
Un músculo se tensó en su mandíbula.
Había llegado dispuesto a disculparse por el retraso. En cambio, permaneció en silencio viendo cómo su hija recuperaba partes de sí misma delante de una desconocida.
Mariana no sentía lástima por Sofía.
La escuchaba.
Eso era diferente.
—¡Mariana! —gritó Ramiro desde la barra—. Llevas diez minutos de retraso con las bebidas de la mesa nueve.
Varias personas se volvieron.
Mariana mantuvo el rostro sereno.
—Estoy atendiendo mi zona.
—Pues hazlo más rápido. Y deja de entretenerte con la niña del rincón. Esto es un restaurante, no una obra benéfica.
Sofía se quedó rígida.
Sus dedos se cerraron sobre la servilleta.
Mariana giró despacio.
—Se llama Sofía. No es una obra benéfica. Es una clienta.
Ramiro soltó una risa seca.
—Ocúpate de tus pedidos antes de que vuelvas a cometer otro error.
Se marchó hacia la barra.
Mariana respiró por la nariz.
Quería contestarle.
Quería recordarle que llevaba dos zonas completas porque Lucía se había marchado.
Quería preguntarle por qué su dignidad siempre parecía costar menos que la comodidad de los demás.
No dijo nada.
Cuando pasó de nuevo junto a Sofía, la niña la miró con preocupación.
—¿Siempre te habla así?
Mariana levantó una ceja.
—Solo los días que terminan en vocal.
Sofía tardó un segundo en entenderlo.
Luego volvió a reír.
Su padre no sonrió.
Se quedó mirando a Ramiro con una expresión nueva.
Ya no era preocupación.
Era decisión.
Poco antes del cierre, Mariana llevó a Sofía una hoja y una caja de lápices que guardaban para los niños.
La pequeña comenzó a dibujar con la izquierda.
Hizo un gato de cabeza enorme, patas desiguales y ojos de distinto tamaño.
—Creo que estás creando algo importante —dijo Mariana.
—Está feo.
—Tiene personalidad.
—Se cayó de un tejado.
—Entonces necesita un nombre.
Sofía pensó unos segundos.
—Choque.
—¿Choque?
—Porque se cae mucho.
Mariana rio.
—Choque, el gato que siempre vuelve a levantarse. Me gusta.
Sacó del delantal una pequeña caja de colores que había comprado días antes para el hijo de una vecina y la colocó sobre la mesa.
—Para que termines su historia.
—¿Me los regalas?
—Los dibujos importantes necesitan colores.
La sonrisa de Sofía fue tan grande que su padre tuvo que apartar la mirada.
Minutos después, el hombre se levantó y se acercó a la mesa.
—Perdóname por llegar tarde, cielo.
Sofía no parecía enfadada.
—Mariana me ayudó a comer. Y estamos haciendo un cómic.
—Lo he visto.
Mariana le entregó la cuenta.
—Espero que todo haya estado bien.
—Mucho mejor de lo que esperaba.
Pagó con una tarjeta y, al recibirla de vuelta, dobló varios billetes dentro de la mano de Mariana.
Ella los miró.
Era una propina enorme.
—No puedo aceptar tanto.
—Sí puede.
—Solo hice mi trabajo.
El hombre negó lentamente.
—Hizo mucho más.
Antes de que Mariana pudiera responder, Ramiro apareció con una carpeta.
—Mariana. Al despacho. Ahora.
Ella miró las mesas que todavía debía recoger.
—Estoy terminando con mis clientes.
—He dicho ahora.
El padre de Sofía observó a Ramiro.
—¿Estás bien un momento, hija?
—Sí. Estoy terminando a Choque.
El hombre miró a Mariana.
Había algo firme en sus ojos, como si quisiera decirle que no estaba sola.
Ella no lo conocía.
No sabía que se llamaba Alejandro Valdés.
Tampoco sabía que era propietario del restaurante y de otros seis locales de la ciudad.
Mariana siguió a Ramiro por el pasillo.
El despacho olía a aceite, papeles húmedos y una colonia demasiado fuerte.
Ramiro cerró la puerta.
—¿Quieres explicarme qué estabas haciendo?
—Ayudaba a una clienta que no podía usar bien los cubiertos.
—Pasaste demasiado tiempo en esa mesa.
—También estoy cubriendo la zona de Lucía.
—Tú aceptaste cubrirla.
—Acepté veinte minutos. Lleva más de dos horas fuera.
Ramiro sonrió de lado.
—Ella sabe tratar a los clientes.
—Yo también.
—Ella consigue mejores propinas.
—Porque le das las mesas grandes.
Ramiro se inclinó hacia delante.
—No conviertas esto en una discusión sobre justicia. Aquí necesito gente que haga girar las mesas, no asistentes sociales con historias tristes.
Mariana apretó los puños.
—No he contado ninguna historia triste.
—Siempre hablas de tu madre, de tus facturas, de tus estudios. Todos tenemos problemas.
—Tú acabas de preguntarme por qué necesito los turnos.
—Y ya he tomado una decisión.
Sacó un papel del cajón.
—La próxima semana tendrás un almuerzo y una cena.
Mariana sintió que el aire desaparecía.
—¿Dos turnos?
—Dos.
—Eso no cubre ni el transporte.
—Busca otro trabajo si no te conviene.
—Trabajo más horas que cualquiera.
—Pero los clientes prefieren a Lucía.
Mariana lo miró en silencio.
Sabía lo que él esperaba.
Que bajara la cabeza.
Que suplicara.
Que aceptara cualquier cosa por miedo.
—Mis turnos dependen de mi trabajo, no de caerle bien a usted.
El rostro de Ramiro se endureció.
—Ten cuidado con el tono.
Abrió otro cajón y sacó un sobre pequeño.
—Tus propinas de hoy. Ya se repartieron según la nueva política.
Mariana tomó el sobre.
Pesaba demasiado poco.
—Te espero el martes —dijo Ramiro, volviendo al ordenador—. Y procura no llegar tarde.
Cuando Mariana salió, la mesa quince estaba vacía.
Sofía y su padre se habían marchado.
Sobre el mantel había quedado el dibujo del gato, pero la niña había escrito algo debajo con letras torcidas:
“Para Mariana. Gracias por mirarme de verdad”.
Mariana dobló la hoja y la guardó en el bolso.
Después terminó de limpiar, apagó parte de las luces y salió al aparcamiento.
Abrió el sobre dentro de su viejo coche.
Había setecientos ochenta pesos.
Había trabajado más de diez horas.
Solo en propinas directas había recibido casi el triple, sin contar el dinero que le había dado el padre de Sofía.
Ramiro había vuelto a repartirlas sin mostrar cuentas.
Mariana apoyó la frente en el volante.
No lloró.
Llorar no repararía el calentador.
No pagaría las inyecciones de Carmen.
No impediría que cortaran la luz.
Arrancó el coche y condujo hasta el pequeño piso donde vivía con su madre.
Era pasada la medianoche cuando abrió la puerta.
La vecina del segundo piso había dejado una olla de lentejas en la cocina y una nota junto a los medicamentos.
“Carmen cenó bien. Se durmió a las once. Mañana vuelvo temprano.”
Mariana se asomó al dormitorio.
Su madre dormía con una manta hasta el pecho. Junto a la cama había una tabla con los horarios de cada pastilla.
Mariana corrigió la posición del vaso de agua, acomodó la manta y volvió a la cocina.
Colocó el sobre junto a las facturas.
Durante varios minutos permaneció sentada sin quitarse el uniforme.
Después abrió el viejo ordenador portátil.
Seguía teniendo guardada la página de acceso a la facultad.
La visitaba de vez en cuando, aunque casi nunca se atrevía a entrar.
Aquella noche vio una notificación.
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