Una desconocida me pidió fingir que la conocía en plena boda; minutos después entendí por qué no dejaba de mirar hacia la entrada.
—Por favor… haz como si me conocieras.
La mujer sentada a mi lado no me miró cuando lo dijo.
Seguía con los ojos clavados al frente, como si estuviera escuchando al juez que hablaba junto a los novios. Pero sus manos contaban otra historia. Tenía los dedos cerrados alrededor de su bolso con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
Yo tardé un par de segundos en reaccionar.
—¿Perdón?
Entonces giró apenas la cabeza.
—Solo finge que somos amigos.
Su voz era tan baja que apenas pude escucharla entre la música y el murmullo de los invitados.
No parecía una broma.
Parecía miedo.
Así que asentí.
Me incliné un poco hacia ella y dije cualquier cosa sobre la ceremonia, como si lleváramos años hablando.
—Andrés siempre fue terrible para elegir corbatas.
Ella me miró, confundida.
—¿Qué?
—Sígueme la corriente.
Por primera vez, su expresión cambió.
No llegó a sonreír, pero entendió.
—Siempre —respondió—. Nunca aprendió.
Y durante los siguientes minutos fingimos conocernos.
No sabía su nombre.
Ella tampoco sabía el mío.
Pero allí estábamos, sentados juntos en una boda a las afueras de Querétaro, comportándonos como dos viejos amigos que habían coincidido después de mucho tiempo.
Yo había estado a punto de no asistir.
Andrés y yo habíamos estudiado juntos muchos años atrás. Durante un par de semestres incluso compartimos departamento, cuando ambos teníamos poco dinero y demasiados planes.
Después terminamos la universidad y cada uno tomó su camino.
Él se quedó en Querétaro.
Yo acabé viviendo en Toluca por trabajo.
Al principio hablábamos seguido. Luego llegaron nuevas responsabilidades, cambios de empleo, relaciones, familias, problemas cotidianos.
La vida fue haciendo lo que suele hacer.
Nos fue separando sin que hubiera una pelea.
Terminamos reducidos a un mensaje de cumpleaños, alguna felicitación en diciembre y poco más.
Cuando llegó la invitación para su boda, pensé en rechazarla.
Finalmente acepté más por cariño a lo que habíamos sido que por la cercanía que teníamos en ese momento.
Conduje varias horas hasta una antigua hacienda adaptada para celebraciones.
Había familias enteras ocupando las mesas, niños corriendo entre los adultos, tías saludándose como si no se hubieran visto en décadas y amigos contando historias de los novios que yo desconocía por completo.
Todos parecían pertenecer a algún grupo.
Yo no.
Encontré una silla libre junto al pasillo central poco antes de comenzar la ceremonia.
Y allí estaba ella.
Tendría unos treinta y tantos años.
Llevaba un vestido azul sencillo y el cabello recogido de una manera discreta. Nada en ella llamaba particularmente la atención.
Excepto sus ojos.
No dejaban de buscar algo detrás de nosotros.
O a alguien.
Cada pocos segundos miraba hacia la entrada.
Al principio pensé que esperaba a un familiar.
Luego noté que cada vez que alguien aparecía, contenía la respiración.
Y entonces llegó aquel susurro.
“Haz como si me conocieras.”
Después de aceptar, empecé a observar con más cuidado.
Cerca del fondo del lugar había un hombre de unos cuarenta y tantos años.
Camisa clara.
Saco oscuro.
Una sonrisa pequeña cuando alguien cruzaba junto a él.
Podía haber sido cualquier invitado.
Pero no estaba mirando a los novios.
La estaba mirando a ella.
Cada vez que la mujer se movía, los ojos de aquel hombre la seguían.
Cuando ella se inclinaba hacia mí, él cambiaba ligeramente de posición.
Cuando yo hablaba con ella, él observaba.
En un momento nuestras miradas se cruzaron.
Esperé el gesto normal entre dos desconocidos.
Nada.
Su expresión se endureció durante un instante.
Luego volvió a sonreír.
Sentí una presión incómoda en el estómago.
La mujer debió notar algo porque me preguntó:
—¿Sigue ahí?
—Sí.
Cerró los ojos un segundo.
—Está bien.
Pero claramente no estaba bien.
—¿Quieres que llame a alguien?
Negó inmediatamente.
—Todavía no. Solo… quédate aquí.
No pregunté más.
Cuando los novios terminaron sus votos, todos se levantaron para aplaudir.
El hombre del fondo comenzó a avanzar.
La mujer junto a mí se quedó rígida.
—Mariana.
Escuché una voz llamarla desde otra fila.
Así descubrí su nombre.
Ella ni siquiera volteó.
El hombre siguió acercándose.
Pero la gente comenzó a ocupar el pasillo para felicitar a los recién casados. Varias familias se levantaron al mismo tiempo, algunos niños corrieron hacia sus padres y por unos segundos perdimos de vista al desconocido.
Mariana respiró profundamente.
Parecía una persona que acababa de salir de una habitación sin ventanas.
—Gracias —me dijo.
—No hice gran cosa.
—Sí hiciste.
Nos quedamos de pie mientras la gente empezaba a moverse hacia la zona de la recepción.
—Por cierto, soy Diego.
—Mariana.
Me extendió la mano.
Le temblaba.
—Encantado de conocerte oficialmente.
Eso consiguió una pequeña sonrisa.
—Igualmente.
—¿Quieres contarme qué está pasando?
La sonrisa desapareció.
—No aquí.
No insistí.
En ese momento escuché mi nombre.
Andrés venía hacia mí con los brazos abiertos.
—¡Diego!
Nos abrazamos como suelen abrazarse dos personas que alguna vez fueron inseparables y de pronto se dan cuenta de cuánto tiempo dejaron pasar.
—Pensé que al final no vendrías.
—Yo también.
Se rio.
Me presentó rápidamente a varios familiares y me pidió que no me fuera temprano.
Cuando volví la cabeza, Mariana ya no estaba.
Durante la siguiente hora intenté convencerme de que no era asunto mío.
Había ido a una boda.
Debía felicitar a mi antiguo amigo, comer algo, conversar con personas que no veía desde hacía años y regresar a casa.
Eso era todo.
Sin embargo, seguía buscándola.
Finalmente la encontré junto a una fuente en una zona más tranquila de la hacienda.
Tenía un vaso de agua entre las manos y observaba a varias familias que bailaban cerca de las mesas.
Me acerqué.
—Pensé que te habías ido.
—Lo pensé.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Mariana miró hacia donde estaba la novia riendo con su madre.
—Porque estoy cansada de irme de todos lados.
Aquella frase me dejó sin respuesta.
Me quedé junto a ella.
No pregunté nada.
Después de un rato habló sola.
—Ese hombre se llama Ricardo.
Esperé.
—Fue mi pareja.
Mariana bajó la mirada hacia su vaso.
—Cuando estábamos juntos, al principio todo parecía normal. Incluso bonito. Luego empezó a querer decidir con quién hablaba, a dónde iba, cuánto tiempo tardaba en regresar, por qué no contestaba inmediatamente.
Hizo una pausa.
—Nunca comenzó de golpe. Eso habría sido más fácil de entender. Fue poco a poco.
Yo permanecí callado.
—Primero eran comentarios. Después discusiones. Luego llamadas constantes. Revisiones, preguntas, acusaciones. Siempre había una explicación para todo. Siempre decía que era porque me quería.
Mariana apretó los labios.
—Hasta que un día me di cuenta de que ya no tomaba una sola decisión sin pensar antes cómo reaccionaría él.
Había terminado aquella relación casi un año antes.
Desde entonces había intentado reconstruir una vida que durante demasiado tiempo había sentido como si no fuera completamente suya.
Cambió varias rutinas.
Se apoyó en familiares.
Dejó claro que no quería mantener contacto con Ricardo.
Pero él seguía apareciendo de vez en cuando.
Nunca de una forma escandalosa.
Eso era precisamente lo que más la alteraba.
Una llamada desde un número diferente.
Una presencia inesperada en un lugar donde ella pensaba que estaría tranquila.
Un mensaje enviado a través de algún conocido.
Nada suficientemente dramático para que quienes estaban alrededor comprendieran de inmediato lo que significaba para ella.
Pero suficiente para recordarle que él todavía estaba pendiente.
—¿Cómo supo que estarías aquí?
—Tenemos conocidos en común.
—¿Está invitado?
—No.
Miré hacia la recepción.
—Entonces eso cambia las cosas.
Mariana negó.
—No quiero arruinar la boda de nadie.
—Pedir que te dejen tranquila no arruina ninguna boda.
Ella soltó una risa breve y triste.
—Suena muy sencillo cuando lo dices tú.
No contesté.
Entendía más de lo que ella imaginaba.
—Mi hermana pasó por algo parecido.
Mariana levantó la mirada.
Era la primera vez que hablaba de aquello con alguien que no conocía bien.
Mi hermana menor había tenido una relación que, desde fuera, parecía perfecta.
Su pareja era amable con nuestra familia.
Educado.
Atento.
De esos hombres de quienes todos decían:
“Qué buena persona.”
Nosotros también lo creíamos.
Mientras tanto, mi hermana se había ido apagando.
Dejó de ver a varias amigas.
Cada decisión parecía causarle ansiedad.
Pedía disculpas por cosas que antes jamás habría considerado un problema.
Empezó a medir sus palabras incluso cuando él no estaba presente.
Y nosotros no lo vimos.
O quizá vimos pequeñas señales, pero encontramos explicaciones cómodas.
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