Una joven dijo que no tenía adónde ir en una terminal, y la respuesta de un desconocido lo cambió todo

—La madera no pensaba lo mismo hace tres días.

Le enseñé un pedazo de nogal sin lijar.

—Tócalo.

Lucía hizo una mueca.

—Está horrible.

—Exactamente.

Tomé otro pedazo de la misma tabla, ya trabajado.

—Ahora este.

Ella deslizó los dedos por la superficie.

—Parece otra cosa.

—Es la misma madera.

Lucía se quedó mirándola.

No dije nada más.

No hacía falta convertir aquello en una lección profunda.

Pero ella volvió al taller al día siguiente.

Y al otro.

Empezó barriendo serrín.

Luego quiso aprender a lijar.

Después a aplicar acabados.

Tenía paciencia.

Muchísima.

También tenía algo que yo no tenía.

Buen ojo para los pequeños detalles.

Una tarde encontró varios restos de madera que yo pensaba tirar.

—¿Puedo usar estos?

—Claro.

Hizo tres pequeñas figuras decorativas para colocar fotografías.

No eran perfectas.

Pero tenían personalidad.

Un cliente las vio sobre una repisa.

—¿Cuánto cuesta esa?

Lucía creyó que preguntaba por otra cosa.

—La figura —aclaró el hombre.

Ella me miró.

Yo me encogí de hombros.

—Tú la hiciste.

Lucía terminó vendiendo las tres.

Aquella noche dejó el dinero sobre la mesa.

—Es suyo.

—No.

—La madera era suya.

—Los diseños eran tuyos.

—Pero usé sus herramientas.

—Lucía.

Me miró.

—Guárdalo.

Dudó.

Finalmente tomó los billetes.

Creo que fue la primera vez en mucho tiempo que recibió dinero que nadie podía quitarle ni administrar por ella.

Después comenzaron a ocurrir cosas pequeñas.

Un cliente pidió otra pieza diseñada por Lucía.

Después otra persona encargó cuatro.

Una señora llevó una fotografía de su antigua casa y preguntó si podíamos crear una pequeña placa decorativa basada en la fachada.

Lucía hizo el dibujo.

Yo la ayudé a convertirlo en madera.

Quedó precioso.

En pocos meses, una esquina del taller pasó a ser su espacio.

Tenía lápices.

Reglas.

Papel.

Muestras de madera.

Y un cuaderno lleno de ideas.

El negocio también empezó a crecer.

No de manera espectacular.

No nos hicimos ricos.

Simplemente comenzaron a llegar más pedidos de pueblos cercanos.

Contratamos ayuda ocasional para algunas entregas.

Compré una herramienta que llevaba años posponiendo.

Pero el cambio más importante no apareció en ninguna cuenta.

Apareció durante el desayuno.

Lucía ya no preguntaba si podía tomar café.

Apareció durante las tardes.

Encendía música mientras trabajaba.

Apareció un martes cualquiera.

Quemó unas tortillas y comenzó a reírse tanto que terminó sentada en una silla, cubriéndose la cara.

Yo también me reí.

No recordaba cuándo había sido la última vez que alguien se había reído así dentro de aquella casa.

Sin embargo, algunas personas empezaron a hablar.

En los pueblos pequeños, las historias viajan rápido.

Un vecino me preguntó si estaba seguro de confiar en alguien que había conocido en una terminal.

Otra persona insinuó que Lucía podía estar esperando el momento adecuado para aprovecharse de mí.

No respondí.

Lucía sí escuchó algunos comentarios.

Una tarde llegó al taller más callada de lo normal.

—Quizá debería irme.

Dejé la lija sobre la mesa.

—¿Por qué?

—La gente habla.

—La gente siempre habla.

—No quiero causarle problemas.

—No me estás causando ninguno.

Lucía guardó silencio.

—Pero algún día sí tendrás que irte —añadí.

Sus ojos se abrieron.

—No porque molestas. Porque espero que algún día tengas un lugar propio, un trabajo que te guste y una vida que hayas elegido tú.

No respondió enseguida.

Después asintió.

—Eso sí me gustaría.

Pasaron varios meses.

Y entonces ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba.

Un automóvil se detuvo frente al taller.

De él bajó una mujer de unos sesenta años.

Entró sosteniendo una carpeta contra el pecho.

Cuando vio a Lucía, se quedó completamente inmóvil.

—¿Lucía Mendoza?

Lucía dejó el lápiz sobre la mesa.

—Sí.

La mujer comenzó a llorar.

—Soy Elena Robles.

Lucía parecía confundida.

—Fui tu maestra de primaria.

El rostro de Lucía cambió.

La reconoció.

No inmediatamente.

Pero la reconoció.

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