Llevaba la misma chaqueta de cuero.
En la espalda podía verse el dibujo de un cuervo con las alas abiertas y las palabras Cuervos del Camino.
No era una organización conocida.
Era un pequeño club de motoristas formado por mecánicos, albañiles, conductores y trabajadores de varios pueblos.
Pero Marina todavía no lo sabía.
Solo veía hombres y mujeres tatuados bajando de las motos.
Algunos eran altos y corpulentos.
Otros tenían canas.
Una mujer con el cabello corto llevaba una caja de juguetes entre los brazos.
Raúl caminó hacia la entrada.
Doña Carmen agarró con más fuerza el paño.
—Quédate detrás de mí —murmuró Marina.
—Soy tu abuela, no una niña.
Raúl se detuvo a varios pasos de ellas.
Metió la mano en su chaqueta.
Doña Carmen levantó una ceja.
Él sacó el folleto arrugado de Casa Horizonte.
—Creo que esto es tuyo.
Marina lo reconoció de inmediato.
—No esperaba volver a verte.
—Yo tampoco esperaba encontrar un sitio así en Valdecruz.
Raúl miró el edificio.
Vio el tejado desigual, las ventanas antiguas y la rampa de madera que conducía hasta la puerta.
—¿De verdad viven aquí niños?
—Nueve.
—¿Y tú mantienes todo esto?
—Mi abuela y yo, con algunos voluntarios.
Raúl bajó la vista hacia el folleto.
—Hace tres días, nadie quiso ayudarme porque decidieron quién era antes de escucharme.
Marina no dijo nada.
—Tú sí escuchaste —continuó él—. Pagaste mi gasolina con dinero que claramente necesitabas.
—No tienes que devolvérmelo.
—No he venido a devolverte cuarenta euros.
Se volvió hacia las furgonetas.
—He venido a devolver el gesto.
Raúl levantó una mano.
Las puertas traseras de los vehículos se abrieron.
Dentro había cajas de alimentos, pañales, productos de higiene, mantas, material escolar, herramientas y juguetes.
Marina dejó escapar el aire lentamente.
Pensó que había entendido mal.
—¿Todo eso es para nosotros?
—Todo.
Una mujer motorista se acercó.
—También conseguimos dos sillas de ruedas en buen estado y una cama articulada. Un compañero trabaja reparando equipos y las revisó personalmente.
Otro hombre levantó una caja.
—Aquí hay leche, arroz, conservas y productos para varias semanas.
Un tercero señaló la camioneta.
—Y madera para arreglar la rampa.
Marina seguía inmóvil.
Doña Carmen fue la primera en reaccionar.
—¿Quiénes son ustedes?
Raúl sonrió.
—Gente a la que suelen juzgar antes de conocer.
La abuela lo estudió de arriba abajo.
—Eso no responde a mi pregunta.
Él soltó una risa breve.
—Trabajadores. Padres. Madres. Abuelos. Algunos tenemos talleres. Otros conducen camiones o trabajan en obras. Los fines de semana salimos en moto.
—¿Y han venido todos por un folleto?
—Por lo que hizo su nieta.
Marina sintió un nudo en la garganta.
—Solo pagué un poco de gasolina.
—No.
Raúl negó despacio.
—Te enfrentaste a un grupo entero de personas cuando habría sido más fácil mirar hacia otro lado. Eso vale más que el combustible.
Los niños comenzaron a salir.
El primero fue Pablo, un pequeño de nueve años que utilizaba silla de ruedas.
Se quedó mirando las motocicletas con la boca abierta.
—¿Podemos acercarnos? —preguntó.
Marina iba a responder, pero Raúl se agachó para quedar a su altura.
—Claro. Sin tocar las partes calientes.
Pablo señaló la moto negra de Raúl.
—¿Es muy rápida?
—Más de lo que debería.
—¿Y por qué tiene un cuervo?
—Porque los cuervos encuentran el camino incluso cuando todo parece oscuro.
Pablo pensó la respuesta.
—Entonces esta casa también debería tener uno.
Raúl sonrió.
—Quizá podamos pintarlo en algún lugar.
Los demás niños salieron detrás de Pablo.
La mujer del cabello corto repartió muñecas, coches de juguete y cuadernos.
Un motorista de barba blanca enseñó a un niño cómo sonaba el claxon de su moto.
Otro comenzó a descargar cajas con Doña Carmen.
En pocos minutos, el patio se llenó de voces.
Marina seguía junto a la puerta.
Tenía miedo de moverse.
Temía que todo desapareciera si parpadeaba.
Raúl se acercó a ella.
—¿Estás bien?
—No sé qué decir.
—No tienes que decir nada.
—La gente no hace esto.
—Algunas personas sí.
Marina miró las cajas.
—No conozco a ninguno de ustedes.
—Yo tampoco te conocía cuando pagaste.
Ella bajó la cabeza.
—Ese dinero era para imprimir folletos.
—Lo imaginé.
Raúl sacó un sobre del bolsillo interior de la chaqueta.
—Esto lo reunimos entre todos.
Marina lo abrió.
Dentro había billetes y una lista con nombres de pila y cantidades.
—No puedo aceptar tanto.
—Sí puedes.
—No sé cómo devolverlo.
—No queremos que lo devuelvas.
—Raúl…
—Compra la medicina que falta. Paga la electricidad. Llena la despensa.
Marina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Se volvió para que los niños no la vieran.
Raúl fingió no darse cuenta.
—Mi madre llegó al hospital a tiempo —dijo—. Está estable.
Marina lo miró.
—Me alegro.
—Cuando le conté lo ocurrido, me dio una orden.
—¿Qué orden?
—Dijo que una mujer capaz de ayudar a un desconocido seguramente llevaba demasiado tiempo sin recibir ayuda.
Doña Carmen, que pasaba con una caja, se detuvo.
—Tu madre parece una mujer inteligente.
—Y bastante mandona.
—Entonces me caería bien.
Aquella tarde, los motoristas no se limitaron a dejar las donaciones.
Repararon la barandilla.
Cambiararon dos tablas de la rampa.
Revisaron una tubería que llevaba semanas perdiendo agua.
Uno de ellos, electricista, comprobó los enchufes de las habitaciones.
Otra motorista, que trabajaba como auxiliar sanitaria, organizó los medicamentos y anotó cuáles estaban a punto de terminarse.
Cuando se marcharon, Raúl se quedó el último.
—Volveremos el sábado —anunció.
—Ya han hecho demasiado.
—El tejado sigue mal.
—No podéis repararlo entero en un día.
—Eso suena como un reto.
Raúl se puso el casco.
—Además, Pablo quiere pintar un cuervo.
Marina lo vio subir a la moto.
—Gracias.
Él encendió el motor.
—La gasolina ya está pagada.
La noticia de la llegada de los motoristas se extendió por Valdecruz antes de que terminara el día.
Algunas personas aseguraban que había ocurrido una pelea.
Otras decían que los motoristas querían quedarse con el refugio.
Alguien afirmó que Marina debía dinero y que habían ido a cobrar.
Nadie comprobó la verdad.
El encargado de la gasolinera fue uno de los primeros en escuchar los rumores.
—Yo sabía que ese hombre traería problemas —dijo.
Pero el sábado, los Cuervos del Camino regresaron.
Esta vez llegaron más de treinta.
No fueron directamente al bar ni a la plaza.
Atravesaron el pueblo en fila, acompañados por dos camionetas con escaleras, pintura, herramientas y materiales de construcción.
Las conversaciones se detuvieron a su paso.
Algunos vecinos salieron de las tiendas.
Otros observaron desde las ventanas.
Los motoristas continuaron hasta Casa Horizonte.
Cuando llegaron, Marina ya los esperaba en la entrada.
—Dijiste que volveríais —comentó.
—Intento cumplir mis amenazas.
Raúl se quitó los guantes.
—¿Por dónde empezamos?
Durante toda la mañana retiraron tejas rotas, reforzaron la rampa y limpiaron el patio.
Una mujer pintó las habitaciones con colores suaves.
Dos hombres repararon camas.
Otro grupo instaló estanterías en la despensa.
Los niños ayudaron entregando brochas, llevando botellas de agua y recogiendo tornillos bajo la supervisión de Doña Carmen.
Pablo recibió el encargo más importante.
En una tabla nueva, dibujó un cuervo negro junto a un sol amarillo.
Debajo escribió con letras desiguales:
Aquí nadie está solo.
A media mañana comenzaron a llegar curiosos.
Primero aparecieron dos hombres que solían pasar las horas jugando a las cartas en el bar.
Se quedaron junto a la valla.
Después llegó la mujer que se había reído de Raúl en la gasolinera.
Cruzó los brazos y observó en silencio.
También apareció el encargado.
—¿Qué buscan? —preguntó un vecino—. Nadie hace todo esto gratis.
—Seguro que quieren publicidad —respondió otro.
Raúl escuchó el comentario mientras reparaba una puerta.
No se volvió.
Marina sí.
—No están pidiendo nada.
—Todavía —dijo el encargado.
Doña Carmen salió al patio con una bandeja de bocadillos.
—Si habéis venido a mirar, podéis hacerlo desde más cerca.
Nadie se movió.
—Y si habéis venido a criticar —continuó—, al menos sostened una escalera mientras lo hacéis.
Uno de los hombres del bar soltó una carcajada.
Después cruzó la valla.
—Yo fui albañil —dijo—. Puedo revisar esa pared.
El otro lo siguió.
La mujer de la gasolinera permaneció quieta unos segundos más.
Finalmente abrió el maletero de su coche.
Sacó dos bolsas.
—Tengo ropa de mis nietos —explicó—. Está usada, pero limpia.
Marina recibió las bolsas.
—Gracias.
La mujer evitó mirarla directamente.
—No sabía que había tantos niños viviendo aquí.
—Nunca preguntaste.
Aquella frase le dolió.
Se notó en su rostro.
Sin embargo, no se marchó.
Entró en el edificio y comenzó a doblar ropa con Doña Carmen.
El encargado de la gasolinera fue el último en acercarse.
Raúl estaba descargando sacos cuando lo vio.
Los dos hombres se quedaron frente a frente.
El encargado tragó saliva.
—Veo que conseguiste llegar hasta tu madre.
—Sí.
—Tal vez aquel día exageré un poco.
Raúl no respondió.
—Pensé que intentabas engañarme.
—Eso dijiste.
—Aquí hemos tenido problemas antes.
—Todos hemos tenido problemas.
El encargado miró a Marina.
—Ella tampoco tenía por qué meterse.
—No.
Raúl dejó el saco en el suelo.
—Pero lo hizo.
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