Una madre soltera quiso huir de su cita a ciegas, pero su hija de cuatro años la obligó a entrar

—Yo algunas noches me quedo dormido mientras le leo a Mateo.

Mariana sonrió.

—Eso no significa que seas mal padre.

—Lo sé racionalmente.

—Pero no lo sientes.

—Exacto.

Mariana observó a Mateo.

—Estás ahí. Eso cuenta mucho.

Alejandro permaneció unos segundos en silencio.

—Tú también estás ahí.

Ella levantó la mirada.

—Incluso hoy. Podías haberte quedado en casa, pero apareciste.

—Casi no entro.

—Pero entraste.

Llegó un pastel de chocolate para compartir entre los niños.

Entonces comenzó una negociación extremadamente seria sobre quién recibiría la parte con más cobertura.

Mateo propuso dividirla con precisión.

Sofía dijo que eso era imposible porque una de las esquinas tenía más chocolate.

Alejandro intentó intervenir.

Mariana lo detuvo.

—No. Quiero ver cómo termina esto.

Dos minutos después habían llegado a un acuerdo.

Mateo tendría la esquina.

Sofía recibiría una decoración de chocolate que venía encima.

—Buenos negociadores —dijo Alejandro.

—Deberíamos preocuparnos.

Cuando terminaron la cena, los cuatro caminaron hacia la salida.

Sofía y Mateo iban unos pasos delante.

—La próxima vez voy a llevar mis colores —dijo ella.

—Pero no dibujes encima de mis trenes.

—Voy a poner mariposas alrededor.

—Eso sí.

Alejandro tocó suavemente el brazo de Mariana.

—Me gustó mucho esta noche.

—A mí también.

—Sé que no fue una primera cita precisamente tradicional.

Mariana miró a los niños.

—Creo que fue mejor.

Alejandro sonrió.

—Yo también.

Mariana dudó.

—Espero que Sofía no haya sido demasiado intensa.

Alejandro se detuvo.

—No digas eso.

—Es que habla muchísimo.

—Es curiosa, divertida y te quiere con toda el alma. No veo ningún problema ahí.

Mariana sintió algo cálido en el pecho.

Alejandro continuó:

—¿Te gustaría que nos viéramos otra vez?

Ella intentó no responder demasiado rápido.

—Sí.

—Podríamos hacer algo con los niños. Un parque, algún museo infantil, algo donde puedan moverse y nosotros no tengamos que preocuparnos por las copas.

—Sofía estaría encantada.

—Mateo también.

Alejandro miró a su hijo.

—Aunque probablemente jamás lo admita con entusiasmo.

Intercambiaron números y quedaron en hablar durante la semana.

Cuando Mariana y Sofía llegaron al estacionamiento, la niña no había dejado de hablar.

—Mateo dibuja trenes muy bien. Pero yo creo que necesita aprender mariposas. Y el pastel estaba rico. Y Alejandro es alto. Y el restaurante tenía muchísimas copas.

Mariana abrió el coche.

—Observaste bastante.

Sofía subió.

Luego preguntó:

—¿Te divertiste?

Mariana se quedó quieta.

—Sí.

—Te dije que entráramos.

—Sí, me lo dijiste.

Mariana le acomodó el cinturón.

—Gracias por insistir.

Sofía sonrió con la seguridad absoluta de una niña de cuatro años.

—Yo sabía que iba a estar bien.

Seis semanas después, Alejandro y Mateo ya habían dejado de ser «el señor de la cena y su hijo».

Formaban parte de los fines de semana de Mariana y Sofía.

Habían ido a un museo infantil.

A un parque de Coyoacán.

A comer a pequeños restaurantes donde nadie se preocupaba si Sofía hablaba demasiado fuerte.

También habían pasado tardes en el departamento de Mariana.

La primera vez que Alejandro fue, ella sintió vergüenza.

Su casa era pequeña.

Los muebles no combinaban.

La mesa del comedor tenía una marca que nunca había podido quitar.

Pero Alejandro no hizo ningún comentario.

Se sentó en el piso con los niños y ayudó a construir una ciudad con bloques de plástico.

Mateo diseñó una estación de tren.

Sofía puso mariposas en los edificios.

—Las ciudades no tienen mariposas gigantes —protestó Mateo.

—Esta sí.

Alejandro levantó la mano.

—Como adulto responsable de esta construcción, voto a favor de las mariposas gigantes.

—Traidor —dijo Mateo.

Mariana se quedó observándolos desde la cocina y tuvo una sensación extraña.

No era miedo.

Era esperanza.

Ella y Alejandro avanzaban despacio.

Mensajes después de que los niños se dormían.

Conversaciones mientras Sofía y Mateo jugaban.

Alguna caminata tomados de la mano.

Nada parecía forzado.

Alejandro entendía que Sofía siempre sería parte de cualquier relación con Mariana.

Mariana entendía que el recuerdo de la mamá de Mateo no era una amenaza que tuviera que borrar.

Era parte de su hijo.

Y parte de Alejandro.

Una tarde, mientras Mariana ayudaba a Sofía a elegir unos dibujos para llevar a una salida, su teléfono vibró.

Era Alejandro.

«Vamos cinco minutos tarde. Mateo insiste en llevar su tren favorito para enseñárselo a Sofía.»

Mariana sonrió.

Respondió que no había problema.

Luego se miró en el espejo.

Llevaba pantalones de mezclilla, un suéter sencillo y el cabello recogido.

Nada parecido al vestido beige de aquella primera noche.

Ya no sentía que debía demostrar nada.

—Mamá —gritó Sofía desde su habitación—. ¿Puedo llevar todas mis mariposas?

—¿Cuántas son todas?

—Diecinueve.

Mariana suspiró.

—Elige cinco.

—¿Siete?

—Cinco.

—Seis.

—Está bien. Seis.

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