—No ayudé a Sofía para que me pagaran.
—No estoy diciendo eso.
—Ya lo sé.
Valeria intentó mantener un tono amable.
—Pero hay cosas que no deberían convertirse en una transacción.
Andrés se quedó quieto.
Valeria señaló suavemente a Sofía.
—Si quiere agradecerme, pase tiempo con ella.
La niña miró a ambos.
Andrés no respondió.
Valeria continuó:
—Sofía habla de usted con muchísimo cariño. No me contó que quisiera juguetes ni cosas caras.
La expresión de Andrés cambió.
—Solo me dijo que hoy era su día con usted.
Sofía bajó la cabeza.
Valeria sintió que quizá había ido demasiado lejos, pero ya había empezado.
—También me dijo que le gustaría verlo más en sus actividades.
Andrés miró a su hija.
—Sofía…
—Está bien, papá.
—No. No está bien.
Se agachó frente a ella.
—¿De verdad sientes eso?
Sofía tardó unos segundos en responder.
—A veces.
Andrés pareció recibir aquellas dos palabras como un golpe.
—Yo pensé que…
Se detuvo.
—Trabajo para que tengas todo.
—Ya tengo muchas cosas.
La respuesta de Sofía fue sencilla.
—Quiero que vengas a verme tocar el piano.
Valeria apartó la mirada.
Aquella conversación ya pertenecía a ellos.
Andrés respiró hondo.
—Voy a ir.
Sofía lo miró.
—Siempre dices eso.
Él cerró los ojos un instante.
—Tienes razón.
Esta vez no prometió nada más.
Solo la abrazó.
Después guardó lentamente la cartera.
—Y usted también tenía razón —dijo a Valeria—. Intenté convertir su gesto en algo que podía pagar. Supongo que estoy demasiado acostumbrado a resolver problemas así.
Valeria sonrió un poco.
—Me imaginé.
Andrés soltó una pequeña risa, la primera desde que había aparecido.
—Pero hay una cosa que sí voy a insistir en hacer.
—¿Qué cosa?
—Comprarle algo de cenar.
Valeria empezó a negar.
—De verdad…
—Por favor.
Andrés señaló a Sofía.
—Mi hija se comió su comida. Lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que usted no llegue a casa con hambre.
Valeria estaba cansada.
Y, aunque había mentido antes, tenía muchísima hambre.
Además, faltaban varios días para cobrar y en su departamento apenas le quedaban huevos, arroz y algunas verduras.
—Hay un lugar de pizzas a dos cuadras —dijo finalmente.
Sofía sonrió.
—¡Pizza!
—Pensé que ya habías cenado —dijo Andrés.
—Comí una torta.
—Entonces puedes acompañarnos mientras nosotros cenamos.
—También quiero pizza.
Andrés miró a Valeria.
—Creo que hemos perdido la negociación.
Caminaron hasta un pequeño establecimiento familiar.
No era elegante.
Había mesas sencillas, servilletas de papel y un mostrador donde se veía el horno al fondo.
Andrés, con su traje oscuro, parecía completamente fuera de lugar.
A Sofía no parecía importarle.
Eligió una mesa y se sentó junto a Valeria.
Pidieron una pizza grande para compartir.
Mientras esperaban, Sofía comenzó a dibujar en una hoja que llevaba doblada dentro del bolsillo de su chamarra.
—Valeria quiere ser maestra —anunció de repente.
Andrés levantó la mirada.
—¿Maestra?
—Todavía no —respondió Valeria—. Estoy estudiando.
—¿Y trabaja tiempo completo en el restaurante?
—Sí.
—Eso debe ser complicado.
Valeria sonrió.
—Lo es.
Había llegado a Querétaro tres años antes con la intención de terminar rápidamente su formación para trabajar en primaria.
Las cosas no habían salido como esperaba.
La renta era más alta de lo que había calculado.
La colegiatura tampoco era barata.
Primero comenzó trabajando algunos días por semana.
Después cinco.
Luego aceptó turnos dobles.
Sus estudios avanzaban, pero lentamente.
—¿Cuánto le falta? —preguntó Andrés.
—Cuatro materias y después las prácticas.
—¿Un año?
—Más o menos año y medio si sigo a este ritmo.
Sofía dejó de dibujar.
—¿Por qué tardas tanto?
Valeria rio.
—Porque tengo que trabajar para pagar las clases.
Sofía miró a su padre como si él debiera resolver inmediatamente aquella injusticia.
Andrés sonrió.
—Así funciona la vida muchas veces.
—No me gusta.
—A mí tampoco —respondió Valeria.
Llegó la pizza.
Durante varios minutos hablaron de cosas más sencillas.
Sofía contó que estaba aprendiendo una pieza nueva en piano. Dijo que le daba miedo equivocarse cuando tocaba frente a otras personas.
Valeria le explicó que equivocarse era parte de aprender.
—Eso dice mi maestra.
—Entonces tu maestra sabe lo que hace.
Sofía sonrió.
Andrés apenas tocó su teléfono.
Cuando vibró por segunda vez, lo sacó del bolsillo.
Miró la pantalla.
Valeria vio cómo su expresión cambiaba.
Sofía también lo notó.
Durante unos segundos nadie habló.
Andrés presionó un botón y guardó el teléfono.
—¿No vas a contestar? —preguntó Sofía.
—No.
—¿Es del trabajo?
—Sí.
—¿Importante?
Andrés miró a su hija.
—Puede esperar.
Sofía no dijo nada.
Pero sonrió.
Después de cenar, Andrés volvió a preguntar sobre los estudios de Valeria.
—¿Quiere trabajar específicamente con niños pequeños?
—Primaria.
—¿Por qué?
Valeria pensó un momento.
—Porque todavía tienen curiosidad.
—¿Curiosidad?
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






